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Opinión

Católicos y Científicos: «Javier Gorosterratzu Jaunarena», por Alfonso V. Carrascosa

Javier Gorosterratzu Jaunarena (Urroz de Santesteban, Navarra, 28 de agosto de 1877 – Cuenca, 10 de agosto de 1936) fue un sacerdote católico e historiador español. Se trata de otro científico asesinado por los padres ideológicos de los actuales progres.

Wikipedia dice de él que nació en el seno de una familia de agricultores vascuences, no obstante lo cual y es de suponer que con no pocas resistencias familiares ingresó a los 16 años en los Redentoristas, habiendo ingresado a los 14 años, en contra del parecer de su padre en el colegio de los Capuchinos de Lecároz. Había sido pastor en su adolescencia, y en los Redentoristas comenzó como carpintero. Hizo el postulantado en Astorga y el noviciado en Nava del Rey, y fue ordenado sacerdote en 1893. Estudió teología en Astorga, donde llegaría a ser con posteriodridad profesor de filosofía y ciencias. Trasladado en 1913 a Pamplona, en 1927 a Madrid, en 1930 nuevamente a Pamplona y en 1933 a Cuenca, murió asesinado por las milicias del Frente Popular durante los inicios de la guerra civil.

Aunque no muy abundante, produjo cierta obra historiográfica. La más importante fue ‘Don Rodrigo Jiménez de Rada, gran estadista, escritor y prelado’ (Pamplona, 1925), que es una  exhaustiva biografía del arzobispo de Toledo, por escribir la cual recibió en 1926 el Premio al Talento de la Real Academia de la Historia.​También dejó escrita una Reseña biográfica de Sor Josefa de San Alfonso, publicada en Zaragoza en 1922, y tradujo al castellano la Notitia utriusque Vasconiæ, tum ibericæ, tum aquitanicæ [Historia de las dos Vasconias, ibérica y aquitana] de Arnaud Oihenart. También escribió un manual de filosofía inédito.

Santiago Mata en ‘La Catedral de los mártires’ también habló de él, dando de talles de su martirio,en 2017:

‘Pidió a Dios que retrasara su martirio para poder terminar un libro

… Tras diversos destinos, recaló en 1933 en Cuenca, donde estaba escribiendo una obra sobre el cardenal Carranza cuando estalló la revolución. Se refugió, con su material para escribir, en la casa de Elpidio Miranzo. A finales de julio de 1936 quisieron los milicianos registrar la casa, pero Elpidio les pudo convencer de que no tenía a nadie. El 28 de julio pidió al obispo ser recibido en el seminario, que custodiaba la Guardia Civil. Pero el día 29 la Guardia Civil cedía su puesto a las milicias populares, quedando el seminario y sus moradores a su merced.

Conocida la muerte de los padres Goñi y Olarte, y la del obispo, y que el seminario era una cárcel, al padre Javier le entró una crisis de ansiedad, según los testimonios recogidos por Antonio M. Quesada. El ambiente martirial que comenzó a vivirse en el seminario le facilitó el asumir su muerte. Uno de los superiores del seminario de Cuenca (Camilo de Lelis Fernández -en la documentación suele aparecer como si de Lelis fuera su segundo apellido-), refugiado con él hasta el día 6 de agosto en que se fue, manifestó: «Todos tratábamos de prepararnos espiritualmente, puesto que creíamos que eran inminentes esos momentos en que podrían darnos la muerte. Puedo concretamente referir, en cuanto al P. Gorosterratzu, cómo en una de estas reuniones en que comentábamos la probabilidad ya de nuestra muerte él manifestaba piadosa e ingenuamente que terminaba de hablar con Jesús en la capilla y le había dicho que él estaba dispuesto a sufrir el martirio pero que si podría ser más adelante le agradaría poder terminar la historia que estaba escribiendo. Su nerviosismo temperamental se revestía en aquellos momentos trágicos, se manifestaba, con impresiones más vehementes, más fuertes; su conformidad con la voluntad de Dios —de la que yo creo haber hablado— paliaba o templaba estos sus mismos nerviosismos y excitaciones». A las dos de la madrugada del día 10 de agosto de 1936 se abrieron las puertas del seminario y bajaron por las calles cuatro personas. Sor Escolástica Nuin Gorosterratzu pudo ver que sacaban a su tío, el padre Javier, junto con los otros, con las manos atadas atrás. Entre los milicianos iba Elías Moya, el que había asesinado al obispo, arreando a los sacerdotes, haciéndolos adelantar mediante empujones. El cadáver del padre Javier fue recogido a la mañana siguiente en el camino del cementerio de Cuenca, con varios disparos en la cabeza. Se encuentra en la actualidad en el santuario madrileño del Perpetuo Socorro’.



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