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Opinión

Católicos y Científicos: «Elio Antonio de Nebrija», por Alfonso V. Carrascosa

Elio Antonio de Cala y Jarana, conocido como Elio Antonio de Nebrija (¿1444?—1522) fue un muy importante filólogo y humanista español, autor de la primera Gramática de la Lengua Castellana. Este año 2022 se conmemora el 500 Aniversario de su fallecimiento.

En su villa natal, Lebrija (Sevilla), realizó sus primeros estudios «debajo de bachilleres y maestros de gramática y lógica». Luego, pasó cinco años en la Universidad de Salamanca, fundada por la Iglesia Católica. A los diecinueve, se fue a estudiar a Italia, donde disfrutó una beca del Real Colegio de España o de San Clemente de los Españoles, en la Universidad de Bolonia, donde estuvo diez años aprendiendo todo lo que pudo de los grandes maestros del Humanismo: tanto la universidad como el colegio habían sido fundados por la Iglesia Católica. Al regresar a España, lo llamó Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, con quien pasó tres años estudiando, preparándose para enseñar la lengua latina y ser también preceptor del sobrino del arzobispo, Juan Rodríguez de Fonseca, quien llego a ser obispo de Badajoz, Córdoba, Palencia y Burgos, sucesivamente. Siendo los preceptores y formadores obispos, la filología habría de avanzar como disciplina científica dedicada a la lengua española.

Se casó con la salmantina Isabel Montesino de Solís, y tuvieron seis hijos: familia numerosa católica. Tras casarse conoció al obispo de Ávila, fray Hernando de Talavera, que tanto le ayudó en su carrera: otro obispo promocionando a un erudito intelectual científico experto en filología española y otros temas. A través de él Nebrija supo del deseo de la reina Isabel de que editase sus Introductiones latinae que escribió siendo catedrático de Prima de Gramática en la Universidad de Salamanca, fundada por la Iglesia Católica, añadiendo una traducción en español. El motivo de hacer esta traducción fue que  «a lo menos se seguirá aquel conocido provecho que de parte de vuestra Real Majestad me dixo el muy Reverendo Padre y Señor, el Obispo de Ávila: que no por otra causa me mandava hazer esta obra en latín y romance, sino porque las mugeres religiosas y vírgenes dedicadas a Dios, sin participación de varones pudiessen conocer algo de la lengua latina».

Su estado de ánimo y convicción de la utilidad de la labor emprendida queda referido con claridad en la dedicatoria del Diccionario latino-español: «Por qué hablando sin soberbia fue aquella mi doctrina tan notable que aun por testimonio de los envidiosos y confesión de mis enemigos todo aquello se me otorga, que io fuieel primero que abrí tienda de la lengua latina, y osé poner pendón para nuevos preceptos […]. que ia casi del todo punto desarraigué de toda España los Doctrinales […] y otros no sé qué apostizos y contrahechos grammáticos no merecedores de ser nombrados. Y que si cerca de los hombres de nuestra nación alguna cosa se halla de latín, todo aquello se ha de referir a mí”.

Otro eclesiástico que le ayudó muchísimo fue Juan de Zúñiga, maestre de la Orden de Alcántara y luego cardenal arzobispo de Sevilla, que había sido discípulo de Nebrija. Dejó su cátedra de Salamanca y entró a su servicio, al final del curso del año 1487, después de doce años de ejercicio. Así pudo superar sus limitaciones económicas y llegar a influir a más gente que a los pocos estudiantes a los que daba clase. En la casa de Zúñiga escribiría y publicaría la Gramática de la lengua castellana, el Diccionario latino-español, el Vocabulario español-latino, la Muestra de Antigüedades, la Tabla de la diversidad de los días, etc. Se sabe que enseñó en la misma casa de Juan de Zúñiga y públicamente en Santa María de Granada, y aún le sobraba tiempo para componer en latín el Epitalamio que él mismo leyó en la boda del príncipe Alonso de Portugal, con la infanta Isabel, primogénita de los Reyes Católicos.

Luego se vinculó a la madrileña Universidad de Alcalá de Cisneros y trabajó en su Biblia políglota. Acabaría dejando el trabajo por no conseguir que a la Biblia latina se le aplicase el criterio filológico que él quería, un criterio científico. Ganó la cátedra de Retórica de la Universidad de Salamanca donde siguió publicando obras y criticando la ignorancia de sus colegas en el profesorado  llegando a escribir en la dedicatoria de las Introducciones latinas a la reina Isabel: «A todos los maestros que tienen hábito y profesión de letras, los provoco y desafío, y desde agora les denuncio guerra a sangre y fuego, porque entre tanto se aperciban de razones y argumentos contra mí». Tras diversos avatares y desencuentros Nebrija abandonó Salamanca, y se presentó al cardenal Cisneros, quien le concedió la cátedra de Retórica de la nueva Universidad de Alcalá de Henares, con el privilegio de que «leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese; y que esto no lo mandaba dar porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España», muriendo Alcalá de Henares el día 2 de julio de 1522.

Su inquietud científica le llevó a estudiar y publicar trabajos en el campo de la Historia, de la Pedagogía, de las Matemáticas, de la Cosmografía, del Derecho, de la Medicina, pero la fama de filólogo eclipsó sus otras actividades científicas, cuyas aportaciones poco a poco se van poniendo de manifiesto. Un polifacético científico que se abrió camino en una España católica siendo él también católico ferviente sin perder su fe.

Esta breve nota de mi autoría es absolutamente deudora de la de Antonio Quilis (1933-2003) en el Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia, respecto a la cual es un breve resumen.



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