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Católicos y científicos: Día de la Biodiversidad, por Alfonso V. Carrascosa, científico del CSIC

Católicos y científicos: Día de la Biodiversidad, por Alfonso V. Carrascosa, científico del CSIC

El 22 de mayo, por decisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, es el Día Internacional de la Biodiversidad. Este día fue creado para “informar y concienciar a la población y a los Estados sobre las cuestiones relativas a la biodiversidad”, y se hizo coincidir con el aniversario de la aprobación del Convenio sobre la Diversidad Biológica, firmado el 22 de mayo de 1992, que pretende ser el instrumento internacional para «la conservación de la diversidad biológica, la utilización sostenible de sus componentes y la participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de la utilización de los recursos genéticos», que ha sido ratificado por 196 países.

Este 2018 se cumplen 25 años del Convenio sobre la Diversidad Biológica, y esa es la principal conmemoración que se celebra. Han sido múltiples los actos celebrados, pero me fijaré en uno que ha tenido lugar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en el que se ha hecho memoria de John Muir (1838-1914).

Inventor, naturalista, explorador y escritor de origen escocés, John Muir emigró a los Estados Unidos, donde es conocido como “padre de los Parques Nacionales”. Figura fundamental en el desarrollo del conservacionismo norteamericano y mundial y fundador en 1892 del Sierra Club, la organización ambiental con mayor apoyo en Estados Unidos, es una de las personalidades que configuraron el ecologismo moderno mediante sus escritos y actos. Y vamos precisamente a ellos.

Desde su primer artículo, publicado el 5 de diciembre de 1871 en el “New York Tribune”, el principal periódico de su época, titulado “Glaciares de Yosemite”, los lectores supieron que se trataba de un modo de hablar de la naturaleza muy especial y novedoso. Escribió más de 300, y por encima de una docena de libros, donde su lenguaje cautivó a una sociedad al igual que lo hiciera Félix Rodríguez de la Fuente, a quien se ha comparado en un diario de gran tirada en España: la prosa de Muir sirvió para despertar al público ante el despilfarro irreflexivo y la explotación desenfrenada que estaban destruyendo la belleza natural de los Estados Unidos.

Muir recibió religión en la escuela, y se crió en un ambiente cristiano protestante, entre campbelitas, precursores de los actuales Discípulos de Cristo e Iglesias de Cristo. Su padre fue pastor de estas iglesias. En la Universidad de Wisconsin sus profesores, educados en Nueva Inglaterra, habían sido estudiantes de Emerson y Louis Agassiz, el geólogo que primero formuló la hipótesis de la Edad de Hielo. El Dr. Ezra Slocum Carr le enseñó ciencias. La fascinación de Muir por la glaciación se remonta a la introducción de Carr de las obras de Agassiz. Su maestro de clásicos hizo que Muir leyera Wordsworth, Thoreau y Emerson, y lo familiarizara con la consideración trascendentalista de la naturaleza.

El pensamiento de Muir combinó el protestantismo evangélico, la ciencia, el romanticismo y el trascendentalismo, de una manera única y, a través de sus escritos, ampliamente influyente.

Sus estudios le llevaron pronto a abandonar el literalismo bíblico protestante todavía hoy cultivado en Estados Unidos por las sectas creacionistas, y le condujo a una postura conciliadora ciencia y fe que, junto con la lectura del pensamiento de William Ellery Channing que le sugirió la esposa de Carr, le presentó la visión positiva de un Dios amoroso, siendo estos dos aspectos de su vida muy cercanos a los que hoy pueden encontrarse en la Iglesia Católica. No obstante, la empanada que se le organizó en la cabeza por la mezcla del protestantismo evangélico, la ciencia, el romanticismo y el trascendentalismo, hizo de Muir un hombre de fe peculiar, pero altamente influyente. Muir aceptó la evolución pero rechazó la selección natural de Darwin como fuerza ciega de la misma, abogando siempre por una quía divina. Cuando estalló la Guerra Civil, bajó al campamento militar recién establecido y dio charlas morales a los soldados. En 1863 fue elegido presidente de la Asociación Cristiana de Hombres Jóvenes local, en ese momento un club donde los hombres jóvenes se reunían para estudiar la Biblia y poner en práctica la creencia cristiana. Siempre llevó consigo libros de Humboldt, quien influyó poderosamente en el pensamiento de Muir, como modelo de vida y como teórico de la unidad cósmica en medio de la complejidad de los fenómenos.

Inventó multitud de dispositivos mecánicos. Trabajando en una importante tienda de máquinas, Muir aumentó la eficiencia y la productividad de tal manera que los propietarios impresionados estuvieron a punto de convertirlo en socio. Lamentablemente sufrió un accidente que perforó el ojo derecho de Muir. Su vista desapareció rápidamente de un ojo, y el otro entró en una ceguera temporal.

Este fue el evento central y fundamental en la vida de Muir. Sumido en la desesperación, la depresión y la oscuridad literal, convaleciente en la cama con un folleto en el valle de Yosemite en su regazo, reflexionó Muir y experimentó su particular conversión a medida que su vista regresaba lentamente. Salió del accidente decidido a cambiar de vida radicalmente. Dijo “Ahora que me levanté de la tumba –

cuando los dueños de las tiendas vinieron a ofrecerle asociarse a la empresa, se negó- . Dios tiene que casi matarnos a veces, para enseñarnos lecciones. Tan pronto como salí a la luz del cielo comencé otra larga excursión, apresurándome con todo mi corazón a guardar mi mente con la belleza del Señor y así estar preparado para cualquier destino, claro o oscuro. Y fue a partir de este momento que puede decirse que mis largas andanzas continuas han comenzado. Me he despedido de todos mis inventos mecánicos, decidido a dedicar el resto de mi vida al estudio de los inventos de Dios “.

Muir dejó Wisconsin antes de terminar sus estudios y vivió en Canadá. Muir se comenzó a referir a Dios y a la naturaleza en términos de luz. Las principales influencias intelectuales de su vida aparecieron en sus diarios y publicaciones a partir de entonces: desde la universidad adquirió una apreciación científica por el funcionamiento y las maravillas de la naturaleza; de Humboldt un sentido de la interconexión ecológica de las cosas; de los trascendentalistas y románticos las creencias en la conexión de la naturaleza con impulsos y poderes superiores, y en una inmanencia panteísta cercana; desde el cristianismo, un sentimiento de un Dios de amor benigno; y un deseo de predicar la salvación a las naciones. Muir inició una campaña para asegurar la conservación de Yosemite. Reclamaba para la Sierra el estatus de parque nacional como el creado en Yellowstone en 1872, algo que sucedió finalmente en octubre de 1890. En 1892 fundó el Sierra Club, y más tarde se hizo amigo de los presidentes Roosevelt y Taft. Para cuando murió de neumonía doble en 1914, se había convertido en un tesoro nacional.

A Muir le gustaba describirse a sí mismo en términos bíblicos, un Juan el Bautista predicando el evangelio del desierto. La visión de Muir, la barba larga que fluye en la brisa, al descender de las Sierras, hizo que sus seguidores recordaran imágenes de profetas que regresaban del desierto. Dicen sus estudiosos que John Muir desarrolló una concepción del valor en sí misma de toda la Creación y la interconexión ecológica de todas las cosas. Dios hizo la naturaleza para el uso del hombre, sí, pero también para su espíritu, algo que hoy predica el Papa Francisco y la Iglesia Católica. Así se entiende su afición por los paseos por el desierto como una experiencia religiosa, porque allí uno se sumerge en la gloria de la obra inmaculada de Dios. El estudio de la naturaleza también fue una actividad religiosa, ya que allí el científico leía los manuscritos de Dios tan seguramente como los leía en la Biblia. Muir convenció a centenares de miles de americanos de que merecía la pena mantener espacios naturales libres de explotación a cambio de la belleza, la paz interior y el vigor espiritual que podían obtenerse visitándolos.

También en España el padre de los parques nacionales fue un gran creyente y ferviente católico: Pedro Pidal https://www.revistaecclesia.com/catolicos-y-cientificos-pedro-pidal-por-alfonso-v-carrascosa-cientifico-del-csic/ https://www.religionenlibertad.com/sabias-que-cientificos-catolicos-crearon-los-parques-nacionales-promovieron–59798.htm.

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Sobre el autor Alfonso V. Carrascosa Santiago

Alfonso V. Carrascosa es Doctor en Ciencias Biológicas y científico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), dedicado a la investigación en Historia y Documentación de las Ciencias Naturales en España (HISTORNAT). Coordina el Grupo de “Historia de la Microbiología Española” de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), y realiza difusión de la cultura científica. “Como es obvio, lo manifestado en sus artículos no tiene por qué coincidir con el posicionamiento, ni reflejar los puntos de vista de las instituciones en las que desarrolla su actividad”.

Alfonso V. Carrascosa Santiago

Alfonso V. Carrascosa es Doctor en Ciencias Biológicas y científico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), dedicado a la investigación en Historia y Documentación de las Ciencias Naturales en España (HISTORNAT). Coordina el Grupo de “Historia de la Microbiología Española” de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), y realiza difusión de la cultura científica. “Como es obvio, lo manifestado en sus artículos no tiene por qué coincidir con el posicionamiento, ni reflejar los puntos de vista de las instituciones en las que desarrolla su actividad”.

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