Opinión

Católicos y científicos: Carlos Finlay, por Alfonso V. Carrascosa

La relación de los católicos con las enfermedades infecciosas da para mucho, ahora que sufrimos la pandemia de COVID 19. Dadas las circunstancias, confinamiento incluído, no parece mala idea presentar ejemplos de conciliación ciencia-fe. Es el caso de Juan Carlos Finlay Barres (1833 –1915), médico epidemiólogo y microbiólogo cubano,  que descubrió el modo de transmisión de la fiebre amarilla sin abandonar sus profundas convicciones católicas.

En 1855 se graduó por el Jefferson Medical College (Filadelfia, Estados Unidos), donde fue discípulo del famoso médico estadounidense Silas Weir Mitchell, convalidando en 1857 su título en la Universidad de La Habana. También estudió en Francia y en Alemania.

Desde 1868 llevó a cabo importantes estudios sobre la propagación del cólera en La Habana. Años después, estudió el muermo y describió el primer caso de filaria en sangre observado en América (1882). Incursionó ocasionalmente en cuestiones científicas de un carácter más teórico y siguió practicando la oftalmología. Las epidemias de fiebre amarilla no se entendían, sobre todo en los fundamentos de los aspectos de su propagación.

 Cuentan que cierta noche Finlay debió atender a un padre carmelita gravemente enfermo de fiebre amarilla. Al irse a acostar recordó no haber rezado el Rosario y se puso a ello, como religioso y buen católico que era. “Demasiado cansado para arrodillarse, se sentó en su sillón. Era una noche calurosa: respiraba incómodamente: estaba deprimido y con ansiedad por sus enfermos graves y moribundos; y para colmo de males, un mosquito, comenzó a rondarle. Este molesto insecto se mantuvo revoloteando  tratando de hundir la proboscis en su frente”.  Se le ocurrío de repente si no sería un mosquito el transmisor de la enfermedad, algo a lo que ya le daba vueltas desde hacía tiempo. El 14 de agosto de 1881, Finlay presentó ante la Real Academia habanera su trabajo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla”. En esta memoria indicaba correctamente que el agente transmisor era la hembra de la especie de mosquito que hoy se conoce como Aëdes aegypti. Este trabajo se publicó en ese mismo año en los Anales de la Academia.

Finlay y su único colaborador, el médico español Claudio Delgado Amestoy, realizaron, desde el propio año 1881, una serie de inoculaciones experimentales para tratar de verificar la transmisión por mosquitos. Finlay y Delgado realizaron ciento cuatro inoculaciones experimentales entre 1881 y 1900, provocando al menos dieciséis casos de fiebre amarilla benigna o moderada (entre ellos, uno muy “típico”) y otros estados febriles, algunos no descartables como de fiebre amarilla, pero de diagnóstico impreciso. De sus muchos estudios  dedujo Finlay que las picaduras (inoculaciones naturales) por mosquitos portadores del germen podían provocar formas benignas de fiebre amarilla, quizás no diagnosticadas como tales, en la temprana infancia o incluso in útero entre los residentes en el país, y que ello explicaba la mayor resistencia de los criollos a la enfermedad. Esta tesis sólo vino a comprobarse en los años treinta del siglo XX, mediante estudios realizados en África occidental.

En 1893, 1894 y 1898, Finlay formuló y divulgó (incluso internacionalmente) las principales medidas que se debían tomar para evitar las epidemias de fiebre amarilla. Tenían que ver con la destrucción de las larvas de los mosquitos transmisores en sus propios criaderos, y fueron, en esencia, las mismas medidas que luego se aplicaron con éxito en Cuba, Panamá y otros países donde la enfermedad era considerada endémica. Se desarrollaron también estudios por la administración estadounidense dado el elevado número de soldados de dicho origen que padecía la enfermedad en Cuba, por vivir en la isla tras la finalización de la guerra contra España, en los que se sirvieron de mosquitos para la vacunación de personas, pero no fueron concluyentes.

Finalmente la teoría del mosquito quedó demostrada convincentemente sólo con la eliminación de la fiebre amarilla en La Habana en 1901, después de ser destruidos los principales criaderos de A. aegypti. El éxito de esta campaña, dirigida por el médico militar estadounidense William Gorgas, pero basada en las recomendaciones de Finlay, sirvió también como comprobación definitiva de la teoría del investigador cubano. En 1902, al proclamarse la independencia de Cuba, Carlos J. Finlay fue nombrado jefe superior de Sanidad.Entre 1905 y 1915, varios eminentes investigadores europeos propusieron oficialmente la candidatura de Finlay al Premio Nobel. Tal fue el caso, entre otros, del investigador inglés Ronald Ross (Premio Nobel en 1902), quien propuso a Finlay en 1905, y del francés Alphonse Laveran (Premio Nobel en 1907), quien lo propuso en 1913, 1914 y 1915. Finlay nunca recibió ese galardón, pero sí varias condecoraciones inglesas, francesas y cubanas.

Finlay es un hecho concreto más de conciliación ciencia-fe.

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