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Católicos y científicos: Benito Arias Montano, por Alfonso V. Carrascosa

El extremeño Benito Arias Montano (1527–1598) fue un importante hebraísta y biblista. Destacado humanista de la Contrarreforma, supervisó la edición de Biblia Políglota de Amberes. Comenzó sus estudios en Sevilla, y los terminó en la Universidad de Alcalá. Llegó a dominar 10 lenguas, el hebreo entre ellas por su puesto.

En dicha universidad aprendió el método de estudio bíblico de los maestros del Colegio Trilingüe y conoció al también alumno fray Luis de León, iniciándose así una amistad que duraría toda la vida, durante los últimos años del reinado de Carlos V. Arias Montano comenzó a escribir poesía. Por su dominio de las lenguas hebrea, caldea y siríaca fue llamado el Jerónimo español. Volvió a Sevilla en 1556 a estudiar medicina y botánica. Con treinta y tres años (1560) fue ordenado sacerdote de la Orden de Santiago y admitido en el monasterio de San Marcos de León. Formó parte de la delegación española presente en el Concilio de Trento (1545- 1563), donde tuvo una meritoria intervención con dos discursos sobre el divorcio y sobre la comunión bajo las dos especies. De regreso a España fue nombrado capellán del Rey, y recibió el encargo de ser el supervisor real de la nueva Biblia Políglota en cinco lenguas, la Biblia Regia o Biblia de Amberes, algo que en esta ciudad realizaban expertos franceses y flamencos. La obra se publicó en 1571, y contó con ocho volúmenes.

Regresó a España en 1576 para ser Bibliotecario Real.

Y es que Felipe II quiso recopilar todo el saber humano. El monarca le encargó la dirección de una biblioteca donde se empezaba a recopilar todo el saber conocido hasta el momento, la famosísima Biblioteca Laurentina, en el Monasterio de El Escorial, una de las mayores del mundo, probablemente en la época la segunda de la Cristiandad después de la del Vaticano, que llegó a albergar cerca de 14000 volúmenes y fue concebida como gabinete científico y centro de investigación, por lo que el acceso a ella no sólo se permitía a los religiosos, sino a los eruditos y sabios de la época. Entonces, para investigar en lo que hoy se denominan ciencias humanas, el empleo de libros era imprescindible, ya que no existían las revistas especializadas como en la actualidad. Disponer de una biblioteca de estas características era la antesala para poder aportar conocimiento novedoso, tomando el relevo de los que habían estudiado antes tal o cual tema. Por ello, no resulta extraño que en El Escorial escribiese Arias Montano algunas de sus obras, pero lo más importante, que su trabajo de erudición se viese acompañado por la formación de nuevos científicos que le llevaron a reunir en torno a sí a un conjunto de discípulos, o sea, a hacer escuela, escuela científica en un convento. Además la biblioteca fue sede de múltiples objetos astronómicos y científicos que completaban de manera magistral la actividad investigadora del lugar, siendo todavía hoy posible contemplar algunos de ellos. El incendio de 1671 dejó menos de 5000 volúmenes, que sobrevivieron a la ocupación francesa gracias a su traslado al Convento de la Trinidad de Madrid, volviendo finalmente al monasterio, donde hoy se pueden disfrutar y estudiar gracias a los Padres Agustinos. Como bibliotecario inventarió los libros, compró libros nuevos fue profesor de hebreo. María Fuencisla García Casar recoge en el Diccionario Biográfico Español gran parte de lo hasta aquí dicho, toda la obra de Arias Montano, y una abundante bibliografía sobre dicho personaje.

Hace ochenta años el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) fundó un Instituto de investigación que llevó su nombre, consagrado a los estudios hebraicos y judíos, y su emblemática revista Sefarad, que todavía se publica. Los artífices de este hito histórico fueron los científicos hebraístas católicos Francisco Cantera Burgos y José María Millás Vallicrosa.



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