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Opinión

Católicas y científicas: Blanca Catalán de Ocón y Gayola, por Alfonso V. Carrascosa

Blanca Catalán de Ocón y Gayolá (Calatayud, Zaragoza, 1860-Vitoria-Gasteiz, 1904) es considerada la primera mujer española dedicada a la botánica. Su hermana Clotilde fue entomóloga. Vivieron en Monreal del Campo (Teruel), y disfrutaron de la naturaleza en la casa familiar de “La Campana” en Valdecabriel, en la sierra de Albarracín, casa que en su planta baja tenía una capilla en la que se casaría por la Iglesia Católica Blanca, con el magistrado Enrique Daniel Ruiz del Castillo, y donde el cura de Frías de Albarracín acudía todos los domingos y fiestas para celebrar la misa. Capilla y biblioteca fueron destruidas durante la persecución religiosa en 1936. Años más tarde su marido le dedicaría un libro de poesía, arte que también Blanca y Clotilde practicarían, “Pensamientos a una Santa”, en el que decía:

“Fue Monreal tu hogar resplandeciente
donde te vi feliz la vez primera,
quedando a tu mirada refulgente
encendida de amor mi alma entera.
Aquel fue de mi sol el bello oriente
y de mi vida la hermosa primavera:
¡Bendito Monreal, iris de amores,
recoge de mi alma los dolores!”

¿Y quién le enseñó botánica a esta dulce criatura? Pues el canónigo de Albarracín, el botánico Bernardo Zapater: un cura católico experto en plantas que no hizo exclusión por sexo. Tan fue así que la puso en contacto con lo más granado de la botánica del momento, con sus colegas Heinrich Moritz Willkomm, botánico alemán que preparaba su gran Prodromus Florae Hispanicae y que inscribió el nombre de Blanca junto a los principales recolectores de plantas en su obra sobre la flora española. También la relacionó con el botánico aragonés Francisco Loscos Bernal, que introdujo como primera mujer a Catalán de Ocón en la nomenclatura científica universal. Los hallazgos científicos que le atribuían los naturalistas de finales del siglo XIX eran fruto de sus estudios y de sus conocimientos acerca de la ciencia de las plantas, algo trazable considerando el archivo familiar conservado por sus nietos Ruiz del Castillo y de Navascués.
Su biblioteca personal fue fiel reflejo de sus inquietudes culturales, religiosas o científicas. Sus conocimientos naturalísticos fueron en parte fomentados por su madre, y en parte autodidactas, pero en su práctica totalidad dirigidos por el canónigo albarracinense Bernardo Zapater, sin que eso le privara de ser novia, de esposa y de madre. De su obra poética siquiera mencionar algún verso:

EL JAZMÍN
“Queriendo Dios embalsamar al mundo
con un perfume que exhalara el cielo
y que ligase a la pureza el alma,
con la atracción de un vínculo secreto,
una noche, a los rayos de la luna
mientras velaba del amor el genio
formó una flor y entre sus leves hojas
dejó la esencia de su puro aliento.
Hizo el rocío de su blanco cáliz
del tierno canto del querul más bello
y dio blancura a su corola hermosa
con la pureza de sus castos sueños.
De amor temblando, silenciosa estrella
le envió en sus rayos el calor de un beso
y al recibirlo en sus fragantes labios,
con tenue luz se iluminó su seno.
Dios, al mirarla, calentó su talle
con suave efluvio de celeste fuego,
y bajo el sol de sus divinos ojos
abrió el jazmín sus nacarados pétalos”.

Un ambiente según algunos ‘absolutamente enrarecido, por no decir contrario a la promoción del saber’ como el de una familia católica practicante, resulta que fue el que permitió que echara a andar la primer a botánica española, gracias a la ayuda de un cura experto en dicha disciplina científica. ¡Que no nos sigan engañando el 8-M de 2021!



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