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Catequesis y mensaje, artículo de José-Román Flecha Andrés en “Diario de Léon” (28-7- 2012)

En otros tiempos, la catequesis era vista como la hermana menor de las actividades pastorales. En muchos lugares la impartía el párroco o uno de sus vicarios, durante la cuaresma o bien durante la mañana del domingo. Cuando los niños eran muchos, cualquier persona valía como catequista. O, al menos, eso pensaban algunos.

En ocasiones la catequesis quedaba relegada a la preparación para la primera comunión. Y ni aun eso. Muchos pensaban que se podía prescindir sencillamente de ella. Decían que para celebrar la primera comunión bastaba saber distinguir entre el pan común y el pan eucarístico.

Estas alusiones a los niños ya son significativas. Muchos de nosotros no recibimos una catequesis antes de la celebración de la Confirmación. Ni se pensaba en la catequesis para los jóvenes. Y mucho menos se imaginaba una catequesis prematrimonial. Lo de la catequesis para adultos tal vez quedaba suplido por la predicación de las novenas populares.

El Concilio Vaticano II nos ayudó a descubrir la importancia de la catequesis. El papa Pablo VI la ejerció con cuidado en las audiencias semanales. Y posteriormente, en  la exhortación “Catechesi tradendae”, Juan Pablo II nos resumió la riqueza de observaciones y reflexiones que los Padres Sinodales habían aportado a la misión catequética de la Iglesia.

¡La misión! De eso se trata precisamente. La catequesis forma parte de la misión profética de la Iglesia. Es una forma privilegiada e imprescindible de la Evangelización. La Iglesia no puede prescindir de la catequesis. Ha de promoverla, cuidarla y revisarla en cada tiempo y lugar de su peregrinación.

En este momento, la evaluación de la catequesis varía ampliamente de un país a otro, de una diócesis a otra y hasta de una parroquia a otra. En algunos lugares es lamentable la metodología que se emplea, Y en otros, lo que falla es el contenido mismo que apenas parece ya  cristiano. Pero hay que dar muchas gracias a Dios porque en otros muchos lugares se le dedica una atención cuidadosa y muy eficaz.

Es cierto que la catequesis comienza ya en el seno de la familia cristiana. Los padres son los primeros llamados a enseñar a sus hijos a orar. Son los indicados para introducirlos en el campo de los símbolos de la fe que profesamos, de la vida divina que celebramos y del comportamiento que nos define como cristianos.

La catequesis ha de ir descubriendo a los catecúmenos el corazón de la fe cristiana. Su objeto es Jesucristo, su vida y su mensaje. Hay que transmitir su mensaje sobre Dios y sobre el hombre. Hay que comunicar su vida, recordada y proclamada con fe, celebrada con ardiente esperanza e imitada  y servida con entrega y caridad.

Pero nada se puede improvisar. Los catequistas han de prepararse continuamente para hacer suyos esos contenidos, para vivirlos coherentemente y para transmitirlos con claridad y fidelidad. El mensajero ha de ser fiel al mensaje. Porque el mensaje trasciende al mensajero que recibe este don y asume esta tarea.

Jose-Roman Flecha Andres

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