Santa Sede

Catequesis íntegra en español del Papa Francisco, miércoles 15-4-2015

Catequesis íntegra en español del Papa Francisco, miércoles 15-4-2015

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

La catequesis de hoy está dedicada a un aspecto central del tema de la familia: el del gran don que Dios hizo a la humanidad con la creación del hombre y de la mujer y con el sacramento del matrimonio. Esta catequesis y la próxima  atañen a la diferencia y a la complementariedad entre el hombre y la mujer, que ocupan la cumbre de la creación divina; las dos que les seguirán versarán sobre otros temas relacionados con el matrimonio.

Iniciamos con un breve comentario del primer relato de la creación, en el Libro del Génesis. En él leemos que Dios, tras crear el universo y todos los seres vivos, creó su obra maestra, es decir el ser humano, al que hizo a su propia imagen: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gen 1, 27); así dice el Libro del Génesis.

Y, como todos sabemos, la diferencia sexual está presente en tantas formas de vida, en la larga escala de los seres vivos. Pero solo en el hombre y en la mujer dicha diferencia lleva consigo la imagen y la semejanza de Dios: el texto bíblico lo repite hasta tres veces en dos versículos (26-27): hombre y mujer son imagen y semejanza de Dios. Esto nos dice que no solo el hombre, considerado en sí mismo, es imagen de Dios; que no solo la mujer, considerada en sí misma, es imagen de Dios; sino que también el hombre y la mujer, como pareja, son imagen de Dios. La diferencia entre hombre y mujer no tiene como fin la contraposición ni la subordinación, sino la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios.

La experiencia nos enseña que, para conocerse a fondo y para crecer armónicamente, el ser humano necesita la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no sucede, las consecuencias resultan patentes. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que, sin el enriquecimiento recíproco a través de esta relación —en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, y también en la fe—, los dos tampoco pueden entender cabalmente lo que significa ser hombre y mujer.
La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para el enriquecimiento de la comprensión de esta diferencia. Pero ha introducido también muchas dudas y mucho escepticismo. Por ejemplo, yo me pregunto si la denominada teoría del género no es también expresión de una frustración y de una resignación que tienen como objetivo eliminar la diferencia porque no saben ya confrontarse con ella. Sí: corremos el peligro de dar un paso hacia atrás. Y es que la remoción de la diferencia es el problema, no la solución. Para resolver sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben, por el contrario, hablarse más, escucharse más, conocerse más, quererse más. Deben tratarse con respeto y cooperar amistosamente. Con estas bases humanas, sustentadas por la gracia de Dios, es posible proyectar la unión matrimonial y familiar para toda la vida. El vínculo familiar y matrimonial es una cosa seria, y lo es para todos, no solo para los creyentes.  Quisiera exhortar a los intelectuales a no desatender este tema como si se hubiera vuelto secundario con vistas al compromiso por una sociedad más libre y más justa.

Dios encomendó la tierra a la alianza entre el hombre y la mujer: su fracaso agosta el mundo de los afectos y ensombrece el cielo de la esperanza. Las señales de ello resultan ya preocupantes, y a la vista están. Quisiera indicar, entre muchos otros, dos puntos que creo deben ocuparnos con mayor urgencia. El primero: Indudablemente, debemos hacer mucho más a favor de la mujer, si queremos volver a dar más fuerza a la reciprocidad entre hombres y mujeres. Es necesario, en efecto, no solo que la mujer sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, una autoridad reconocida, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Dígalo, si no, la manera misma con que Jesús consideró a la mujer —en un contexto menos favorable que el nuestro, porque en aquellos tiempos la mujer estaba en segundo lugar—; y es que Jesús la consideró de una manera que arroja una luz poderosa, que alumbra un camino que lleva lejos, y del que solo hemos recorrido un pequeño tramo. Aún no hemos comprendido en profundidad cuáles son las cosas que el genio femenino puede darnos, las cosas que la mujer puede dar a la sociedad y a nosotros también: la mujer sabe ver las cosas con otros ojos, que completan el pensamiento de los hombres. Se trata de un camino que hemos de recorrer con más creatividad y audacia.

Una segunda reflexión concierne al tema del hombre y de la mujer creados a imagen de Dios. Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios —que tanto daño nos hace, que nos lleva a enfermar de resignación ante la incredulidad y el cinismo— no guarda relación también con la crisis de la alianza entre hombre y mujer. Y es que el relato bíblico, con su gran escena simbólica acerca del paraíso terrenal y del pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana, y que la pérdida de la confianza en el Padre celestial engendra división y conflicto entre hombre y mujer.
De ahí la gran responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, con vistas al redescubrimiento de la belleza del designio creador, que inscribe la imagen de Dios también en la alianza entre hombre y mujer. La tierra se llena de armonía y de confianza cuando la alianza entre el hombre y la mujer se vive en el bien. Y si el hombre y la mujer la buscan juntos uno con otro y con Dios, sin duda la encontrarán. Jesús nos anima de forma explícita al testimonio de esa belleza que es la imagen de Dios.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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