Papa Francisco

Catequesis del Papa en la audiencia general: “No se puede amar sólo cuando conviene”

Catequesis del Papa Francisco en la audiencia general del miércoles 24 de octubre de 2018: “No se puede amar sólo cuando conviene”

Al reflexionar en su catequesis sobre el sexto mandamiento, que dice: “No cometerás adulterio”, Francisco explicó que para recibir el Sacramento del Matrimonio se necesita una preparación esmerada

También este miércoles, a partir de las 10.00 de la mañana, el Papa ingresó en la Plaza de San Pedro a bordo de la jeep blanca donde lo esperaban casi veinte mil fieles y peregrinos de los cinco continentes.

Catequesis completa:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

En nuestro itinerario de catequesis sobre los Mandamientos, llegamos hoy a la sexta palabra, al sexto mandamiento, que se refiere a la dimensión afectiva y sexual, y cuyo enunciado reza: «No cometerás adulterio».

El reclamo inmediato es a la fidelidad, y, en efecto, ninguna relación humana es auténtica sin fidelidad y sin lealtad.

No se puede amar solo aquello que nos conviene; el amor se manifiesta justamente más allá de las propias conveniencias y ventajas: cuando se dona totalmente y sin reserva. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 1646, «El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero». La fidelidad es la característica de la relación humana libre, madura, responsable. También un amigo se demuestra auténtico porque permanece en tal o en cual eventualidad, pues de lo contrario no sería un amigo. Cristo revela el amor auténtico, Él que vive del amor confiado al Padre y en virtud de este amor es el Amigo fiel que nos acoge también cuando nos equivocamos y quiere siempre nuestro bien también cuando no nos lo merecemos.

El ser humano tiene necesidad de ser amado sin condiciones y quien no recibe esta acogida queda de alguna manera incompleto, incluso frecuentemente sin él saberlo. El corazón humano busca de reencontrar este vacío con sustitutivos, aceptando compromisos y mediocridades que del amor solo tienen un vago sabor. El riesgo es llamar amor a relaciones inmaduras, con la ilusión de encontrar luz de vida, que en el mejor de los casos es solo un reflejo.

De este modo, se llega a sobrevalorar, por ejemplo, la atracción física que en sí misma es un don de Dios, pero que está dirigida a preparar el camino a una relación auténtica y fiel con la otra persona. Como decía san Juan Pablo II «el ser humano está llamado a la plena y madura espontaneidad de relaciones», que «es el gradual fruto del discernimiento de los impulsos del propio corazón». Y cualquier cosa que conquista, desde el momento en que es ser humano, «debe con perseverancia y coherencia aprender lo que significa el cuerpo» (catequesis de la audiencia general del miércoles 12 de noviembre de 1980).

La llamada a la vida conyugal requiere, por tanto, de un cuidado discernimiento sobre la cualidad de la relación y un tiempo de compromiso para verificarla. Los novios deben madurar la certeza de que en su unión está la mano de Dios que la precede y la acompaña y les permitirá decir «con la gracia de Dios, prometo ser fiel siempre». No pueden prometerse fidelidad «en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad» y amarse y respetarse todos los días de su vida, solo sobre la base de la buena voluntad y de la esperanza de que las cosas funcionarán. Tienen necesidad de basarse sobre el terreno sólido del amor fiel de Dios. Y por esto, antes de recibir el sacramento del matrimonio, se requiere una cuidadosa preparación, diría que un catecumenado, porque se juega toda la vida en el amor y con el amor no se deben hacer bromas.

No se pueden considerar una buena preparación al matrimonio tres o cuatro conferencias en una parroquia; no, esto no es una preparación: esta es una preparación falsa. Y la responsabilidad de quien hace esto recae sobre sí mismo: sobre el párroco, sobre el obispo que permite estas cosas. La preparación debe ser madura y requiere tiempo. El matrimonio no es un acto formal: es un sacramento. Pero se debe preparar con un verdadero catecumenado.

La fidelidad, en fin, es un modo de ser, un estilo de vida. Se trabaja con lealtad, se habla con sinceridad, se permanece fiel a la verdad en los propios pensamientos y en las propias acciones. Una vida entretejida de fidelidad se expresa en todas las dimensiones y lleva al hombre y a la mujer a ser fieles y de plena confianza en toda circunstancia. Pero para llegar a una vida así de bella, no basta con la naturaleza humana, es necesario que la fidelidad de Dios entre en nuestra existencia y se nos contagie. Esta sexta palabra, este sexto mandamiento, nos llama a dirigir la mirada a Cristo, que con su fidelidad puede borrar de nosotros un corazón adúltero y darnos un corazón fiel. En Él, y solo en Él, se encuentra el amor sin reserva y sin replanteamientos, la donación completa sin paréntesis y la tenacidad de acogida hasta el fondo.

De su muerte y resurrección deriva nuestra fidelidad, de su amor incondicional deriva la constancia en las relaciones. De la comunión con Él, con el Padre y con el Espíritu deriva y brota la comunión entre nosotros y el saber vivir con fidelidad nuestros compromisos.

 

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