Catedral de Sevilla, por Antonio Burgos, en ABC
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Catedral de Sevilla, por Antonio Burgos, en ABC

Como aquí se escribe sin trampa ni cartón, he de confesar que cada día me cae mejor el arzobispo, monseñor Juan José Asenjo Pelegrina.

— ¿A pesar de que usted dice que tiene nombre de árbitro? –

Precisamente por eso, señora. Como árbitro, ha enseñado tarjeta roja y decretado expulsión entre el capilliteo rampante. Me da la impresión de que desde que monseñor Asenjo está en la isidoriana sede, las cofradías están dejando de ser en Sevilla un grupo de presión, un poder fáctico, un lobby lamentable. Ha tenido el valor de poner a los cofrades en su sitio.

Y admiro a Asenjo porque la otra mañana centró el juego como un buen arbitro, en el acto del Alcázar (donde pasamos todo el frío del mundo) para celebrar el XXV aniversario de la declaración del Mejor Cahíz como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El alcalde dio un gran discurso. Divido los discursos de los políticos en dos grandes grupos: aquellos que te preguntas quién habrá sido el que se lo ha escrito tan bien y aquellos otros que te preguntas quién habrá sido el indocumentado que se lo hizo. El de Zoido fue del primer grupo.

Pero Asenjo Pelegrina, en su discurso, centró el juego. Y le enseñó tarjeta roja a los nuevos mercaderes del templo, que ya no están en el relieve de la Puerta del Perdón, sino más bien dentro de la Magna Hispalensis. Hizo monseñor Asenjo una hermosa exposición de la búsqueda de Dios como supremo concepto de los universales, del Bien y de la Verdad a través de la Belleza. La belleza de los templos, del culto, de la liturgia. La grandiosidad de los esplendores de la Catedral, legado de devoción de generaciones de sevillanos.

La Catedral como templo, subrayó el arzobispo. Sin eso tan espantoso de la “puesta en valor” de las iglesias, la puesta en regadío económico, turístico y comercial de la Casa de Dios y hasta de Dios mismo. Se celebraban en el Alcázar los 25 años de la Catedral como Patrimonio de la Humanidad y Asenjo echó un jarro de agua fría, a pesar del frío que estábamos pasando. No hay nada que celebrar cuando otros hicieron de la Catedral un museo, un parque temático, una atracción turística. La Catedral, antes que nada, debe ser lugar de oración, y no un “ninot indultat” de la Expo del 92. La Catedral es el único Pabellón de la Expo que sigue abierto y con colas de turistas que pagan para entrar donde antes los sevillanos íbamos gratis a rezar, a cualquier hora del día, a pedir la protección, por ejemplo, de la Virgen de la Antigua, a percibir la cercanía de la Majestad de Dios, como hacíamos doble genuflexión al pasar ante la horrorosa Capilla Sacramental del Sagrado Corazón que hizo el cardenal Segura cargándose la Capilla de San Andrés.
Lo de Asenjo fue una hermosa elegía por la Catedral como Patrimonio de los Sevillanos, qué leches de la Humanidad ni la Humanidad… Antes del proceso de museificación que empezó con la primera restauración del Giraldillo y culminó con esto de la Unesco y con la Magna Hispalensis del 92, entrabas en la Catedral y sabias que allí estaba Dios. Ahora entras y sabes que allí están Viajes Halcón y Viajes Ecuador. La Catedral estaba antes abierta a los sevillanos. La Casa de Dios era la de los sevillanos, que cruzaban de Alemanes a Mateos Gago por el Patio de los Naranjos, que entraban por la Puerta de San Miguel y desde la del Baptisterio abierta se veía la solanera tras la Puerta de los Palos. El “Dios está aquí” que un mármol pregona en la adoración perpetua del Santísimo en la capilla de San Onofre, te lo decía antes la Catedral con su penumbra, con su misterio de lo sagrado, su cercanía de lo sobrenatural. Y sin pasar por taquilla y por los tornos. Gracias, monseñor Asenjo, por recordarnos que la Catedral debe ser antes que nada patrimonio de fe de los sevillanos. Su mismo nombre lo dice: “Catedral de Sevilla”. No del turismo.

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