Adriano Ciocca, obispo prelado de São Félix do Araguia, bendice el cuerpo de Pedro Casáldaliga en el funeral oficiado en Ribeirão Cascalheira.
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Casaldáliga es enterrado hoy en el cementerio de los indios karajá de São Félix

En la mañana de este miércoles 12 de agosto, hora brasileña, el obispo Pedro Casaldáliga es enterrado en el cementerio de los indios karajá de São Felix do Araguaia, la prelatura del Mato Grosso que pastoreó durante cerca de 35 años, entre 1971 y 2005. Previamente, esta localidad, a la que llegó como misionero en 1968, acoge un nuevo funeral (el tercero en estos días en Brasil) por el eterno descanso del profeta-poeta de Balsareny (Barcelona). «Mis causas son más importantes que mi vida» y «Viva la esperanza», son algunas de las pancartas que han podido verse colgadas en el centro comunitario Tía Irene de São Félix, uno de los escenarios donde el pueblo sufriente al que sirvió le ha velado en las últimas horas.
Casaldáliga falleció el pasado 8 de agosto en el hospital de Batatais (Estado de São Paulo, al sureste del país) al que había sido trasladado unos días antes en avioneta medicalizada tras agravarse su estado de salud. Tenía 92 años. Murió a consecuencia de una infección pulmonar que no pudo superar. Como es sabido, desde hace años padecía también Parkinson. Al día siguiente de su muerte, la capilla del Centro Universitario de Batatais, regido por los Claretianos, congregación a la que pertenecía, acogió el primero de los funerales. Fue una ceremonia sencilla y emotiva celebrada a las 15.00 horas con medidas preventivas a causa del COVID, y en la que no faltaron algunos simbólicos objetos que marcaron su lucha en defensa de los más débiles: peones e indígenas, sobre todo. Por ellos se jugó más de una vez la vida ante los terratenientes y sus sicarios en la época de la dictadura.
A las 14 horas del día siguiente, 10 de agosto, el cadáver del obispo emérito de São Félix llegaba a la localidad de Ribeirão Cascalheira (Mato Grosso) para ser velado en el Santuario de los Mártires. Allí, a lo largo de todo ese día se despidieron de él, en distintos actos, indígenas xavantes, posseiros (colonos), agentes de pastoral, etc. Fue velado durante toda la noche, y al día siguiente, a las 9.00 horas, tuvo lugar el segundo funeral, oficiado por el actual obispo de São Félix, dom Adriano Ciocca Vasino. Hoy, día 12, como decimos, se celebra la tercera y última ceremonia en São Félix, tras la cual tiene lugar la inhumación.
En España, está previsto que la iglesia de Balsareny, su localidad natal, acoja una Eucaristía el sábado día 15. En Barcelona, según ha informado la Asociación Araguaia, «se está trabajando para tener un local adecuado y que cumpla todas las medidas de seguridad sanitarias vigentes». El consistorio de Balsareny decretó tres días de luto nada más conocer la noticia de la muerte de su ilustre hijo, uno de los catalanes más universales de todos los tiempos.

Obispos de Brasil: «Un gran profeta de nuestro tiempo» y «un referente para nosotros»

Las muestras de duelo por la muerte de dom Pedro se han sucedido en los últimos días. Y también los reconocimientos a su figura profética, aunque algunos medios —eclesiales incluidos— hayan pretendido minimizarla ignorando su dimensión universal. En la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), los prelados de la Región Oeste 2 lo han calificado de «gran profeta de nuestro tiempo». «Casaldáliga, padre del pobre, incansable misionero, buen samaritano de ese siglo —dice su comunicado, firmado por dom Canisio Klaus—, luchó a favor de la vida amenazada y herida… contra la injusticia, la opresión, la explotación y la violencia, siendo al mismo tiempo una persona de paz y una luz de esperanza». «¿Comunista? ¿Subversivo?», preguntan. «No. Solo era humano… y un humano ejemplar».
«Nuestro hermano Pedro —prosiguen— siempre ha sido una referencia para nosotros: por su testimonio de vida, su opción por los pequeños y los pobres, su defensa de los pueblos indígenas y los trabajadores, y su cercanía y compromiso con tantos otros que han sufrido por nuestra tierra. Su legado permanecerá vivo y efectivo entre nosotros, haciendo un enorme bien a la Iglesia. Defensor de los derechos humanos, asumió el espíritu del Concilio Vaticano II, siendo promotor de la justicia, gran proclamador de la fecundidad de la sangre de los mártires, una presencia radiante en las Juntas Intereclesiales y una voz siempre profética en las Asambleas Generales de la CNBB. Además, sus escritos y poemas revelan la grandeza de su alma, la intuición de su corazón humano, su amor y su dolor, así como el eco del grito de los que sufren, oprimidos y olvidados».

CELAM: «Un icono en defensa de los pobres, especialmente de los indígenas»

El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), por su parte, también ha destacado la figura señera del prelado barcelonés, y ha hecho llegar su pesar y cercanía fraterna tanto a la diócesis como el episcopado brasileño. «A lo largo de su vida —escriben el arzobispo peruano Miguel Cabrejos y el obispo colombiano Juan Carlos Cárdenas, presidente y secretario general del organismo respectivamente—, este hermano nuestro ha dado un testimonio especial de la cercanía amorosa de Dios a los más pobres. El rostro de una Iglesia pobre para los pobres siempre ha brillado en su conducta episcopal».
Y añaden: «Especialmente durante los duros años del régimen militar vivido en Brasil y en muchos países de América Latina, él fue un referente constante de pastor que guarda fielmente su rebaño, a la luz de la palabra de Cristo. Más allá de su prelatura, Mons. Pedro Casaldáliga fue y seguirá siendo un icono en la defensa de los pobres, especialmente de los indígenas. La memoria de los mártires, que él guardó y cultivó, la sencillez de vida del pastor identificado con el rebaño, la promoción de la pastoral de conjunto y la atención continua a los signos de los tiempos son otras tantas marcas que brillan en su testimonio».

Comisión Pastoral de la Tierra: «Patrimonio de la Iglesia que busca ser fiel al Evangelio»

La Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) y el Consejo Indigenista Misionero (CIMI), dos organismos vinculados a la CNBB que él contribuyó a fundar, también han llorado su pérdida. «En su sencillez, supo acoger como nadie a los pequeños de Dios», dice el CIMI antes de subrayar que «su vida fue un ejemplo y una gracia para todos nosotros».
La CPT, por su parte, indica que «con palabras y actitudes genuinamente proféticas, Pedro, como le gustaba que le llamaran, fue uno de los mayores referentes humanos, sociales y eclesiales de la dignidad, la fraternidad y la justicia, prácticas que señalan la realización del Reino de Dios, inaugurado por Jesús de Nazaret, a quien buscó y amó con fidelidad en cada prueba».
«Pedro —prosigue su Coordinadora— se ha convertido en un patrimonio de la Iglesia que busca ser fiel al Evangelio, que ha aceptado la renovación promovida por el Concilio Vaticano II y la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, que tradujo el Concilio a nuestro subcontinente. Más allá de las fronteras eclesiales, Pedro es un patrimonio y una referencia para los ciudadanos de todos los rincones que luchan en defensa de la democracia, para los que sueñan con un mundo más justo e igualitario, para los que quieren una Amazonia libre y preservada para los pueblos y comunidades allí presentes y de tradición milenaria, y para el bien de toda la humanidad y del planeta, amenazado como nunca antes».
El organismo eclesial recuerda asimismo que su «trayectoria mística y profética» lo convirtió «en uno de los hombres más odiados por muchos poderosos» y, al mismo tiempo, en «una de las personas más queridas por la gente de buena voluntad en los más variados sectores y lugares». «Su forma de ser y actuar, radical al hablar y querer el derecho y la paz de los pueblos empobrecidos e injustos —concluye—, ha sembrado semillas de vida y esperanza entre los pueblos y comunidades y ha animado sus luchas. En su afán de ser fiel al Evangelio encarnado en situaciones concretas, Pedro fue decisivo en la creación del Consejo Misionero Indígena (CIMI) y de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), y en la afirmación de las Comunidades Eclesiales de Base, “el modo de ser de toda la Iglesia”, como dijo».

REPAM: «La memoria del justo es eterna»

La Red Eclesial Panamazónica (REPAM), por último, ha querido subrayar que Casaldáliga «entregó su vida en favor de la Amazonía y de sus pueblos». «Gastó sus energías para ser voz de quienes nadie quería escuchar, fue gestando redes que fortificasen una lucha, conquistando aliados y plantando semillas, que un día brotaron y dieron fruto», señala.
«Sus palabras encantaban y seguirán encantando, porque la memoria del justo es eterna. Inclusive encantaron al Papa Francisco, que se acordó de una de sus poesías para iluminar sus reflexiones en Querida Amazonía», escribe Luis Miguel Modino, junto con la Secretaría Ejecutiva de la Red.
El organismo concluye: «La muerte de Pedro es momento para seguir soñando, para seguir apostando por las causas que marcaron su vida, sí, por esas causas que él siempre dijo que valían más que su propia vida. De hecho, la fe en el Dios de la Vida de alguien que siempre fue amenazado, perseguido, que vio cómo muchos de sus compañeros de luchas y utopías fueron cayendo, víctimas de quienes apostaban y continúan apostando por una economía que mata, que destruye la vida de la Amazonía y de sus pueblos, debe ser un motivo para seguir caminando».

Amenazado y perseguido

Pedro Casaldáliga, en efecto, fue amenazado y perseguido por su defensa de los pobres y perseguidos. Sus denuncias atentaban contra muchos intereses, así que la dictadura militar quiso expulsarlo en varias ocasiones. El obispo encontró entonces en Pablo VI a un firme defensor y valedor. «Quien toque a Pedro [Casaldáliga] encontrará a Pablo [el Santo Padre]», aseguran que dijo Montini. El compromiso del de Balsareny con la suerte de la grey que le había sido encomendada era total. De hecho, ni siquiera viajó a España para enterrar a su madre ante el temor, más que fundado, de que a la vuelta las autoridades no le dejasen entrar.
En esos años, era consciente de que en cualquier momento podía ser asesinado. De hecho, en una ocasión la muerte le rondó muy cerca. Fue en Riberao Bonito, un pueblo de unos mil habitantes situado a 300 kilómetros de São Félix, adonde había acudido acompañado de un sacerdote jesuita llamado João Bosco. Al llegar, Casaldáliga y su acompañante se encontraron con un infierno: alguien había matado a un policía militar famoso por su brutalidad, y el pueblo estaba tomado por militares que, para hallar al asesino, estaban torturando a la gente. El obispo y Bosco –este último diez años mayor que él, y más elegantemente vestido— acudieron a comisaría a interceder por dos mujeres que tenían allí medio muertas a causa de los golpes infligidos. Y ocurrió que, tras una pequeña discusión, y de buenas a primaras, uno de los militares golpeó primero, y descerrajó un tiro en la cabeza después, al P. João.
Como el herido aún seguía con vida, Casaldáliga, horrorizado, lo llevó como pudo al pequeño dispensario de la localidad, donde le dijeron que había que evacuarlo rápidamente a un hospital. El más cercano estaba a quince horas de viaje por una pista sin asfaltar. Alguien hizo saber que en una hacienda cercana había esa noche una avioneta de una compañía de taxis aéreos, así que condujo allí a su sacerdote. Cuando llegaron y nada más despegar, el piloto, perplejo, preguntó a dom Pedro si él era el obispo de São Félix. Ante la respuesta afirmativa, y viendo su vulgar indumentaria –unos pantalones, una camisa y unas simples alpargatas—, el piloto volvió a insistir: «Pero, ¿de verdad es usted el obispo?». «Sí, soy yo, ¿por qué?», le replicó. «Porque hace unos días traje en el avión a una gente que me dijo que le buscaban para matarle», fue la respuesta que recibió. Casaldáliga siempre creyó que el P. Bosco, que falleció poco después de llegar al hospital, murió en su lugar, al confundirse el asesino por ir aquel mejor vestido.

Fiel a su lema: Humanizar la humanidad

Su mayor frustración, probablemente, haya sido esa, la de no haber alcanzado el martirio, el no haber regado con su sangre esa tierra sufriente que tanto amó e hizo suya. Pero incluso en la hora final ha querido ser consecuente con lo que siempre predicó, a la espera de la Resurrección: vivió para los demás, para los últimos, y entre ellos, entre los indios —y no en ninguna catedral—, ha querido ser enterrado. El obispo que huyó de las dignidades, báculos y anillos; el profeta del Araguaia; el pastor que en 1968, a su llegada a la región, se encontró con que la única ley que regía allí, al igual que en el salvaje oeste de las películas, era «la del 38», el calibre del revólver más común, descansa ya en paz junto al pueblo al que se entregó y con el que tanto sufrió. Él, como su Maestro y Señor, también pasó por la vida haciendo el bien. «Humanizar la humanidad», fue su lema episcopal. Y a fe que lo cumplió, de palabra y de obra.

Descanse en paz.

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