Iglesia en España

Carta semanal del obispo de Segovia: Iglesia peregrina, Iglesia celestial

Carta semanal del obispo de Segovia, Ángel Rubio Castro: Iglesia peregrina, Iglesia celestial

La Iglesia entera nunca puede perder de vista a su Redentor que vive en el seno de Dios. Toda la Iglesia espera el último día cuando el Señor ha de juzgar a los vivos y a los muertos, y aparezca la verdad plena de todas las cosas.

A primera vista, todo esto puede parecer una evasión de los problemas de nuestro tiempo. Pero en realidad no es así. Recordemos las palabras del Concilio Vaticano II «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1). Toda la realidad de la Iglesia está en Cristo glorificado y esa glorificación es la que busca toda la Iglesia. Por eso nuestra Iglesia se llama “Iglesia peregrina”, porque va “andando” hacia la patria definitiva.

Este es precisamente el motivo por el que la Iglesia no puede apegarse a ninguna forma de este mundo. Ella está “de paso”. Camina hacia la eternidad. Por eso todo el progreso técnico ha de estar en consonancia con el Reino eterno y para eso ha de prestar un servicio en la realización de la persona humana que es la que hay que salvar.

No se trata solamente de un consuelo de ultratumba, sino del desarrollo pleno de la actual existencia terrestre. Por eso cada cristiano ha de ser un “signo”, un reflejo de la realidad del Reino de Dios. Todos debemos vivir en continua espera. Somos ya hijos de Dios, pero todavía no hemos comparecido ante Cristo en la gloria. A pesar de nuestra cualidad de hijos habitamos provisionalmente una tierra extranjera. La Iglesia tiene dos vidas, una en el tiempo y otra en la eternidad.

Este “ya sí” y “aún no”, que es característico de la Iglesia peregrinante, la hace vivir en espera. «La Iglesia espera a Cristo como una esposa espera a su esposo. Aparentemente está viuda, privada de la presencia de su esposo, pero sabe que éste vive y aguarda con una firme esperanza. Está en vela» (Henry). No estamos lanzados hacía un muro contra el cual iría a estrellarse nuestra existencia. Hay un escape y una salida aunque nosotros seamos incapaces de representarnos el paisaje que se extiende al otro lado.

El mundo, en que vivimos, en el que venimos a la luz y en el que morimos, no tiene en sí mismo la vida eterna, ni siquiera es capaz de dársela al hombre. La vida eterna está solamente en Dios y viene de Dios. La vida eterna es una perspectiva del hombre solamente en el mundo que tiene su comienzo en Dios. Este es precisamente el mundo “creado” del que habla el Símbolo Apostólico desde las primeras palabras: «Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra».

Se comprende, pues, cómo estamos en una incesante tensión hacia el futuro. Y pararnos en el camino sería arrojarnos a la muerte. La vigilancia es indispensable, dispuesta siempre al combate del que no podemos escapar.

Los santos que habitan en la gloria, al igual que la cabeza del Cuerpo —Cristo único mediador— nos estimulan con su ejemplo e interceden por nosotros. En ellos veneramos el fruto definitivo de la vocación a la santidad que ha pasado a través de tantas familias en la tierra.       Esta familia vive de la plenitud divina de la verdad y del amor, gozando eternamente de la íntima unión con Dios en el misterio de la comunión de los santos.

 

+ Ángel Rubio Castro

                                                                                                                Obispo de Segovia

 

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