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Cartas de los obispos

Carta pastoral: «Su amor es para siempre», por Francisco Conesa

Queridos hermanos:

Ante el acontecimiento sorprendente y extraordinario de la resurrección, la Iglesia no cesa de repetir aquel verso del salmo 117 que dice: «es eterna su misericordia» (perdura eternament el seu amor). Ese amor, que tantas veces experimentó el pueblo de Israel, se hace ahora patente en la resurrección de Jesús. Su vuelta a la vida es, primero, un signo de la misericordia y el amor del Padre, que ha aceptado la entrega obediente de su Hijo y ha mostrado que aquel que fue condenado como blasfemo es el Santo de Dios. Pero la resurrección es, sobre todo, una manifestación del amor que el Padre nos tiene a nosotros, porque la resurrección significa que Dios nos perdona, que nos ofrece su amistad y nos da la oportunidad de comenzar de nuevo, de ser hombres y mujeres nuevos (cf. Ef 4, 24). Su amor no es algo pasajero y revocable, sino un compromiso permanente de Dios con la humanidad. Es un amor eterno, como el mismo Dios: «es eterna su misericordia» / «perdura eternamente».

San Juan Pablo II quiso que en este domingo la Iglesia contemplara de modo especial la misericordia de Dios, siguiendo las enseñanzas de Santa Faustina Kowlaska. En el diario de esta santa podemos leer: «Yo soy el amor y la misericordia misma; no existe miseria que pueda medirse con mi misericordia» (Diario, 14 septiembre 1937). Es un amor hermoso, porque Dios siempre acoge nuestros temores y dudas –como hizo con los del apóstol Tomás-, nuestras fragilidades y pobrezas y los envuelve con su amor. Con razón proclama la carta de Pedro que el Padre, «por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva» (1 Pe 1, 3). Esta certeza nos da confianza y paz, aun en medio de una pandemia como la que estamos padeciendo. Sigue la carta de Pedro diciendo: «Alegraos de ello, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas» (1 Pe 1, 6).

Esta experiencia nos lleva a ser también nosotros misericordiosos, como el Padre del cielo (cf. Lc 6, 36). Cada uno de nosotros ha de ser portador y testigo de ese amor que Dios nos ha manifestado. Cuenta Santa Faustina que un día ella se presentó con quejas ante Jesús, porque ser misericordioso significa a veces pasar por ingenuo y que los demás abusen de nosotros. La santa le dijo: «Señor, a menudo abusan de mi bondad», y Jesús le respondió: «No importa, hija mía, no te fijes en eso, tú sé siempre misericordiosa con todos» (24 diciembre 1937). Esta ha de ser siempre la actitud del discípulo. Lo podemos vivir haciendo realidad las obras de misericordia, tanto las corporales como las espirituales, que son el estilo de vida del cristiano. Nosotros podemos llevar a los demás la alegría y el consuelo de la Pascua mediante estos gestos sencillos, que quieren transmitir la ternura y el consuelo de Dios. A través nuestro, el Señor puede seguir manifestando su misericordia a los hombres, quiere acercarse a los que sufren y curarles sus heridas, para que todos puedan experimentar, como nosotros, que su amor es para siempre.

En esta Pascua, celebremos la misericordia de Dios revelada en la muerte y resurrección de Jesucristo, gocemos de su amor eterno y dejemos que ese amor desborde nuestra vida y alcance a muchos hermanos.

 

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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