Revista Ecclesia » Carta Pastoral: «Santísima Trinidad», por Julián Ruiz Martorell
Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Santísima Trinidad», por Julián Ruiz Martorell

Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

La Santísima Trinidad no constituye un problema especulativo que sea objeto de nuestra investigación racional. No es un jeroglífico, remoto e irrelevante, imposible de descifrar. Es un misterio de amor, de comunicación, de comunión. Nos seduce, nos fascina, nos introduce en un manantial de vida y de amor. La mayor gracia es que Dios mismo nos descubre el misterio de su vida para introducirnos en él.

Cuando nos encontramos en la orilla de un lago y deseamos saber lo que hay al otro lado, no nos quedamos mirando desde lejos, sino que procuramos subirnos a una barca que nos lleve a la otra orilla. Con la Trinidad no nos situamos en el ámbito de la mera especulación, sino que nos introducimos en la fe de la Iglesia, que es la nave conducida por Dios Uno y Trino, y que nos permite experimentar y agradecer su amor.

«El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial de la “jerarquía de verdades de la fe”» (CCE 234).

Tres textos bíblicos nos proporcionan luz y orientación.

1) «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1). Dios Padre nos engendra, nos ama, nos llama «hijos». Cuando entramos en nuestro cuarto, cerramos la puerta y oramos al Padre, que está en lo secreto, establecemos una comunicación que no se basa en muchas palabras, sino en un «estar», mejor diríamos en un «ser», en su presencia. Así experimentamos su amor eterno que nos da vida.

2) «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo» (Rom 8, 29). Nuestra vocación, nuestra genuina misión, consiste en dejarnos configurar con Cristo, reproducir en nosotros la imagen del Hijo. Nuestro estilo de vida, nuestros criterios, nuestras acciones, nuestros pensamientos, nuestros proyectos, tienen en Jesucristo su fuente, su itinerario y su meta.

3) «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). A través del don del Espíritu recibimos el amor con que Dios nos ama. El amor recíproco entre el Padre y el Hijo habita en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

 

+ Julián Ruiz Martorell
Obispo de Jaca y Huesca



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