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Cuaresma 2021
Cartas de los obispos

Carta pastoral: «San José: un maestro en la misión hoy», por Carlos Osoro

La carta apostólica Patris corde del Papa Francisco suscitó en mi corazón el deseo de escribiros esta carta pastoral sobre san José como maestro en la misión. En este trienio he querido que todos nos pongamos en estado de misión para eliminar el riesgo de clausurarnos en nuestros propios intereses y acabar convertidos en discípulos quejosos y quejumbrosos sin pasión por anunciar la alegría del Evangelio. Así, os he dirigido ya las dos primeras cartas pastorales programadas: «¿Qué quieres que haga por ti?», con la pregunta que dirige Jesús al ciego Bartimeo, y la que estamos haciendo vida este año, «Quiero entrar en tu casa», con la petición que hace Jesús a Zaqueo. Ambos textos marcan la dirección en la que deseamos trabajar según el proyecto evangelizador que hacemos trienalmente y que nos viene alentado por la exhortación apostólica Evangelii gaudium. Como sabéis, siempre parto de un texto del Evangelio, ya que la Palabra de Dios contiene un dinamismo de salida que es siempre provocativo y alienta la transformación misionera de la Iglesia y nuestra vocación de discípulos de Cristo y miembros vivos de su Iglesia.

Cuando leí la carta apostólica Patris corde entendí mejor la tarea a la que el Papa Francisco nos convoca. En san José se hacen vida muchos de los desafíos del cristianismo hoy. Por eso está llamado a ser el santo que nos acompañe en el deseo que inspiraba la carta de este curso: «Quiero entrar en tu casa». Deseamos hacernos presentes en todos los caminos y situaciones en los que se encuentren los hombres y las mujeres de nuestra época, pero siempre alentados por el modo y la manera en que lo hizo san José. Las palabras del Papa Francisco son muy clarificadoras: «En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que “Él nos amó primero” (1 Jn 4, 19) y que “es Dios quien hace crecer” (1 Co 3, 7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo» (EG 12).

¡Ponte en camino!

¡Qué bueno es que cada discípulo del Señor escuche ese «id»! San José acogió la invitación de parte de Dios para ponerse en camino: en el de hacer un acompañamiento a quien el Señor había elegido para ser Madre de Dios y en el camino de acompañar al mismo Jesús. ¡Qué gracia más grande que todos, sacerdotes, miembros de la vida consagrada, laicos en las más diversas situaciones, con las diferentes responsabilidades que cada uno tengamos, escuchemos en lo más profundo de nuestro corazón al Señor y acojamos lo que nos pide en este momento! La figura de san José suscita el deseo irrefrenable y la urgencia de salir, de atrevernos a llevar la luz del Evangelio, y de hacerlo con la misma prontitud, diligencia y humildad con que lo hizo el padre de Jesús. El mandato de Jesús –«id»– debe ser ejecutado con pasión y con alegría. Se trata de la pasión que brota del encuentro profundo con el Señor y de la alegría que procede de Dios. No es la alegría superficial de la vanagloria humana, sino la de sabernos inmensamente amados por Dios y llamados a contagiar y hacer experimentar ese amor a toda la humanidad y a todos los pueblos de la tierra. Como san José, descubramos que la iniciativa es de Dios y que nosotros aceptamos entrar en ella con todas las consecuencias.

Cuando comienzo a escribiros este texto, sé que las cartas y los documentos no despiertan grandes pasiones. Pero quiero haceros llegar esta carta con la ilusión de que os estimule a experimentar con gozo que, del mismo modo que san José fue llamado a una misión extraordinaria, también todos los hijos e hijas de la Iglesia somos convocados por pura gracia a la pertenencia eclesial para anunciar la Buena Noticia de Jesucristo a nuestros contemporáneos.

San José puede ser para nosotros el santo que nos acompañe, el que nos aporte la mística del anhelo generoso e impaciente de vivir haciendo realidad una opción misionera que nos transforme y nos convierta en discípulos audaces y creativos. Ojalá no nos paralice el manido criterio pastoral del «siempre se hizo así», como subrayaba el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii gaudium. Pidamos la intercesión de san José para ser partícipes de su estilo de vivir y de hacer, cercanos a las realidades de todos los hombres, anunciadores de la Buena Noticia allí donde estemos, valientes para ir a todos los caminos que transita la humanidad e imaginativos para mostrar de un modo nuevo que somos testigos del amor que Dios tiene por todas sus criaturas.

En la iglesia hay lugar para cada uno con su vida a cuestas

La Iglesia no es la controladora de la gracia, sino su facilitadora. Por eso, es «casa donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» como nos dice el Papa Francisco (EG 47). En la línea de salir a ofrecer a todos la vida de Jesucristo os escribía la carta pastoral de inicio de curso, «Quiero entrar en tu casa». Ese adentrarse en la morada y en los caminos de los hombres no se puede llevar a cabo simplemente haciendo diagnósticos o solamente con estudios sociológicos. Se trata de entrar como lo hizo Jesús mientras estuvo entre nosotros, con su misma mirada, la mirada del discípulo misionero, la que escruta los signos de los tiempos, la que contempla en profundidad la situación de las personas, la que bucea en las entrañas de la realidad y no se queda en las apariencias ni se deja arrastrar por los prejuicios. Por eso, observa atentamente lo que ha de cuidar y lo que debe eliminar. Alienta lo que se acomoda al proyecto de Dios y deja todo lo que lo oscurece. Para poder decir «Quiero entrar en tu casa» hay que imitar al Buen Pastor. Cuando ve alguna oveja que se pierde, va incansable en su búsqueda. Tiene muy asumida la pedagogía del buen samaritano y, por eso, no duda en detenerse en cualquier camino cuando ve que alguien está tirado y apaleado, cuando alguien no es respetado en su dignidad e integridad. Entonces, se deja sorprender por la inesperada aparición del asaltado, deja todo lo que tenía que hacer y lo levanta, cura, acompaña, monta en su propia cabalgadura y procura un proyecto que termine con su deterioro y lo sitúe en la misma tarea de crear fraternidad.

Estamos viviendo la pandemia de la COVID-19. Todos nos sentimos especialmente vulnerables. Quizá como en ningún otro momento de la vida y de la historia. Es una oportunidad para revivir cómo se inició el misterio de la Encarnación entre los hombres y lo que significó san José. En él descubrimos que hemos pretendido construir la cultura del bienestar y el progreso, y hemos olvidado el cuidado. La pandemia nos ha vuelto a situar en otro paradigma. La vulnerabilidad nos ha hecho ver que el cuidado de los unos a los otros se impone como una necesidad personal, eclesial y comunitaria.

Para leer la carta completa pinche aquí

+ Carlos Osoro Sierra
Cardenal arzobispo de Madrid



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