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Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Presbíteros, luz de Cristo», por Luis Ángel de las Heras

Queridos hermanos y hermanas:

La ordenación presbiteral de Danielle, Adrián y Thierry ha sido un acontecimiento de gracia que nos llena de gratitud. Estos nuevos presbíteros de la diócesis de León son causa de alegría para todos los diocesanos porque son luz de Cristo participando de su ministerio y misión, puesto que «Él no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión» (Prefacio I de las ordenaciones).

Nuestros hermanos han recibido y acogido el don del presbiterado unidos al obispo y a los hermanos sacerdotes con un vínculo de fraternidad sacramental que se expresó en la celebración de la ordenación a través de la imposición de las manos y de la concelebración eucarística, que para ellos tres fue la primera.

Asimismo, se han comprometido a practicar la fraternidad con los diáconos permanentes y a ser hombres de comunión con las personas consagradas, con los matrimonios, familias y todos los fieles laicos, con el pueblo de Dios entero, prolongando en la vida cotidiana la comunión que se alimenta del Evangelio que predicarán y de los sacramentos —principalmente, la Eucaristía— que presidirán. Están llamados a ser siempre personas de unión y nunca causa de división.

Cuanto han recibido gratis lo darán gratis. El Señor les sondea, conoce, unge y envía a compartir gratuitamente el amor y la misericordia, la paz y la gratuidad, la pobreza que les enriquece, la riqueza de los sacramentos… Caminarán así, en este tiempo revuelto que también es tiempo de gracia, junto a todos los hombres y mujeres que peregrinan en la Diócesis, para ser luz con resplandor de resurrección sin pedir nada a cambio.

Se asombrarán del don de incorporar nuevos miembros a la Iglesia por el bautismo, como ya han hecho siendo diáconos; del poder sanador de la reconciliación, casa de la misericordia, de la unción que es alivio para los enfermos.

Rezarán con amor y por amor a los hermanos y a toda la humanidad, sin dejar a nadie fuera de su súplica ni de su acción de gracias. Estarán disponibles para dedicarse a quienes les necesiten, teniendo tiempo para todos, aunque no tengan tiempo para todo.

Acompañarán a los jóvenes, más aún, serán amigos suyos. Acogerán a los niños, a sus padres, a las familias… Escucharán a los ancianos y a quienes sufren. Tendrán predilección por los pobres. Practicarán la cercanía ministerial con todos teniendo siempre presente el modelo del Buen Pastor y Buen Samaritano, que vino a dar la vida por sus amigos; a buscar y salvar, no a condenar.

El día de su ordenación adquirieron un nombre nuevo y una nueva misión: portar la Luz de Cristo para las gentes. Dios ha tocado sus corazones para que brille en ellos la luz del Resucitado y la lleven allá donde más falta hace. Jesucristo colmará el corazón de pastor que ha dado a cada uno para que puedan entregarlo fecunda y dichosamente. Y ellos caminarán con su corazón ofrecido en medio del pueblo de Dios, sintiéndose sostenidos por él, por todos los hermanos. No dejemos de encomendarlos a la Virgen del Camino, a san Froilán y a san Juan Bautista, para que, como él, nos señalen al que es hoy y siempre Cordero de Dios, Luz de Luz, Buen Pastor, Buen Samaritano.

Con mi afecto y bendición.

✠ Luis Ángel de las Heras, cmf
Obispo de León



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