Revista Ecclesia » Carta Pastoral: «Permanecer en Cristo», por César Franco
Cuaresma 2021
Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Permanecer en Cristo», por César Franco

De todas las imágenes que Jesús utiliza para describir la relación entre él y los suyos, quizás la de la vid sea la más sugerente y, aunque nos remita al ámbito de la naturaleza, la más personalista. Tiene como trasfondo la imagen de la viña, cantada por Isaías, que presenta a Dios cuidando de Israel como hace un agricultor con su viña. Este la rodea con una cerca para librarla de alimañas, la descanta y la abona para que produzca buenos frutos. El desencanto del agricultor —el de Dios— sucede cuando, en lugar de dulces racimos, da agrazones.

La diferencia con el relato de Juan es que Jesús ocupa el lugar de Israel: él es la vid. Todo el amor de Dios se personaliza en él. Toda la vida procede de él. Toda la actividad viene de propia vitalidad. Los discípulos son sus sarmientos. Su vocación es «permanecer» en Jesús para dar fruto. Y el Padre, como buen labrador, los poda —es decir, los limpia— para que den más fruto. Toda la voluntad del Padre se concreta en que den fruto abundante. Con esto el Padre recibe gloria, es decir, es alabado por quienes contemplan la vida de los cristianos.

Esta relación entre Jesús y los suyos presenta la vida cristiana en su cualidad más esencial: la unión con Cristo. Una unión vital: entre Jesús y los suyos corre la misma savia vivificadora. Es una unión de naturaleza moral: los frutos son la justicia, la verdad, la paz y la misericordia. Es una unión que define el futuro de los sarmientos. La imagen del fuego escatológico representa el juicio de Dios que aparta de sí a los sarmientos secos. Seguramente esta imagen pudo venirle a Jesús de las hogueras que se hacían en el torrente de Hinón —de donde viene la palabra gehenna— para quemar las ramas y hojas secas que los agricultores apiñaban en montones para ser quemados. Dios cortará a los sarmientos secos e infecundos y los entregará al fuego. La fuerza de esta imagen solo se comprende si tenemos en cuenta la gracia que conlleva la unión con Cristo.

Desde esta perspectiva, el cristianismo es la expansión de la vida de Cristo en quienes, gracias al bautismo, nos hemos convertido en miembros suyos. Supone, por tanto, una transformación ontológica en quienes por pura gracia somos pertenencia de Cristo. Y, por tanto, herederos de sus bienes, como dice san Pablo. Esta concepción de la vida cristiana afecta a toda nuestra vida personal que tiene en Cristo su fundamento existencial, moral y escatológico. Para entender bien esta última palabra, hay que recordar que eschatonsignifica no solo lo último, sino lo definitivo e inmutable que sucede ya en Cristo, revelación definitiva de Dios en la historia de los hombres. Jesús, en cuanto Cristo, es el eschaton de Dios: el culmen de su revelación y lo que da plenitud a la historia de los hombres. Por eso, su persona, por ser quien es, se convierte en el Juicio que tiene la última palabra sobre el destino de los hombres en la medida en que estos se posicionen a favor o en contra de él de modo libre y consciente. Se explica, pues, que Jesús reclame para sí esta potestad de juzgar recibida de su Padre.

La seriedad que supone, por tanto, el hecho de ser cristiano solo se aprecia debidamente desde la categoría de «permanecer en él», según dice la alegoría de la vida y los sarmientos. Permanecer en Jesús, en su amor y en sus palabras es la vocación propia de cristiano. Esto es una gracia recibida en el bautismo, que no puede reducirse a un nivel meramente moral. Se trata de un nuevo nacimiento, una creación nueva, que sucede por amor libre y gratuito de Dios. Basta mirar la naturaleza para descubrir que los racimos de la vid dan por sí mismos razón del secreto de su belleza y abundancia. Son consecuencia que la vid que los nutre.

+ César Franco
Obispo de Segovia



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