Revista Ecclesia » Carta pastoral: «Para que vayáis y deis frutos», por José Ángel Saiz Meneses
Cartas de los obispos

Carta pastoral: «Para que vayáis y deis frutos», por José Ángel Saiz Meneses

La alegoría de la vid y los sarmientos que escuchábamos el domingo pasado en el evangelio, nos lleva al evangelio de este domingo con una lección sobre el ejercicio de la caridad, del amor cristiano. La idea central, a lo largo del texto, es permanecer en Cristo. Este bello fragmento nos sitúa de nuevo en la tarde del Jueves Santo, cuando Jesús se despide de sus apóstoles y les abre el corazón. Les comunica su alegría, que ha de llegar a ser plena en ellos, y también su amistad. Les dará el mandamiento nuevo del amor, y les urgirá a permanecer en su amor: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Por lo tanto, un amor sin límites, un amor hasta dar la vida.

Este es el ideal que el Maestro nos ofrece también a nosotros, el camino para encontrar la felicidad, la paz y la alegría. No faltará quien piense que es ingenuo e imposible, que no vale la pena intentar ponerlo en práctica en nuestro mundo. Ciertamente, no hay más que seguir los telediarios para comprobar la presencia de la mentira y la manipulación en nuestra sociedad; de la codicia, que lleva a las desigualdades y la inequidad; del odio, que se manifiesta en los conflictos bélicos entre países, en el terrorismo, en la violencia callejera, y en ocasiones, hasta en el seno de la misma familia. Por otra parte, quien más quien menos tiene la experiencia de fracaso después de hacer buenos propósitos, y llegar a la conclusión de que es imposible para el ser humano seguir este ideal.

Ahora bien,aceptar esto significaría renunciar a toda esperanza, caer en el pesimismo radical respecto al ser humano. Por eso hay que volver la mirada a Cristo una y otra vez, y ser conscientes de que el secreto está en permanecer en Él, unidos a Él, arraigados en Él. Y la gran novedad de su mandamiento consiste en que no nos propone una norma externa y extraña que viene impuesta desde fuera, sino que es la expresión de un dinamismo que brota precisamente del interior, de la unión con Él. Sólo a partir de este planteamiento se puede entender el mandamiento del amor. El ejercicio de la fe,las celebraciones religiosas y los principios morales serán como tres dimensiones de una única realidad que se configura y es consecuencia del encuentro con Dios, que hace nuevas todas las cosas.

Y ¿cómo podremos permanecer en el amor de Cristo? Viviendo en amistad con Él, siguiendo sus enseñanzas. Su mayor acto de amor consiste en dar la vida en la cruz por la salvación de todos, y esa entrega queda perpetuada mediante la Eucaristía, en la que, además, se nos da como alimento. En la Eucaristía vivimos la unión con Cristo y con los hermanos, y recibimos la fuerza para amar a Dios y a los demás. Amar a Dios y al prójimo serán dos dimensiones inseparables de una única actitud, y la vivencia del mandamiento nuevo de Jesús ha de ser el distintivo visible de cada discípulo y de cada comunidad cristiana. Por esta señal se reconocerá que somos discípulos de Cristo.

Pero aún más. El Señor nos eleva al nivel de amigos suyos, y nos llama a participar de su misión y del fruto de su sacrificio redentor: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”. El fruto es la transformación del corazón humano, la renovación de cada persona y del mundo entero a través del amor. No tengamos miedo. Abramos las puertas a Cristo, vivamos unidos a Él, como los sarmientos a la vid. Vivamos con valentía y esperanza nuestra misión evangelizadora desde la oración y el testimonio.El Señor nos envía a anunciar la Buena Nueva, y nos envía para que demos un fruto abundante y que perdure (cf. Jn 15, 16). Solo así podemos dar el fruto que el Señor nos pide y que nuestro mundo necesita.

+ José Ángel Saiz Meneses
Administrador Apostólico de Tarrasa



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