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Cuaresma 2021
Cartas de los obispos

Carta pastoral: «No hay más que un señor», por Francisco Conesa

Queridos hermanos:

Una antigua fórmula de fe, recogida en el libro de Hechos, dice que Dios resucitó a Jesús y «lo constituyó Señor (Kyrios)» (2, 36). El que se hizo siervo de todos y asumió la muerte en cruz –canta un antiguo himno cristiano- ha sido levantado sobre todo de modo que «toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Filip 2, 11). El Resucitado es, verdaderamente, el Señor de todo y de todos. ¿Qué significa esto?

En primer lugar que no somos nosotros los señores de nuestra propia vida. El hombre contemporáneo piensa que es el supremo y último dueño de sí mismo: de su cuerpo, de su sexualidad, de sus bienes e incluso de su propia vida. Por eso, reclama el derecho de decidir sobre su vida y su muerte. Pero reconocer el señorío de Cristo significa que todas nuestras decisiones se han de madurar, contrastar y adoptarse a la luz de su Palabra y ante Él. Dice la carta a los Corintios: «Para nosotros no hay más que un Señor Jesucristo, por quien existen todas las cosas y por quien también nosotros existimos» (1 Cor 8, 6). Vivimos y existimos para Jesús, el Señor.

Que Jesucristo es Señor significa, también, que ningún ser humano es dueño de otro. Las personas tenemos una tentación constante de poseer y dominar sobre los demás, de acaparar, explotar y manipular a los otros. Pero nosotros no somos sus señores y no tenemos ningún derecho a usarlos como instrumentos. Como tampoco somos dueños de las cosas y, por eso, los bienes de la tierra no pueden ser utilizados de cualquier manera, malgastándolos, consumiendo sin freno o destruyendo su diversidad y riqueza.

Los primeros cristianos eran muy conscientes de que Jesús no comparte su señorío con nadie. Por ello se negaban a firmar la fórmula que decía «Kyrios Kaisar» (El César es Señor), aun a costa de su propia vida. Para ellos el único Kyrios es Jesús, el Mesías de Dios. Proclamar a Jesús como Señor desafía a todos los poderes que quieren dominar sobre el hombre, imponer sus ideas y someterle. Es lógico, por ello, que suscite la sospecha e incluso la oposición de todos aquellos que se creen «señores» del mundo.

Es importante anotar que el señorío de Cristo nos libera de nuestras esclavitudes y nos otorga una gran libertad, porque Jesús es Señor en forma de siervo, no dominando sino haciéndose el último y siendo esclavo de todos. El señorío radical de Cristo nos da una gran libertad en todos los campos. Libertad ante la autoridad, que acatamos, pero sin servilismo; libertad ante los bienes materiales, que necesitamos y usamos, pero sin volvernos dependientes de ellos; libertad ante la aprobación de los demás y ante la tiranía de lo «políticamente correcto», una libertad que nos permite actuar sin tener que renunciar a nuestro propio criterio; libertad, sobre todo, ante nuestras propias cadenas interiores (pereza, orgullo, tristeza, desesperanza,…)

Finalmente, cabe subrayar que el señorío de Cristo es progresivo, que se va realizando paso a paso en nuestra vida y en el mundo. Debemos dejar que Jesús sea el Señor de todo nuestro ser: nuestros pensamientos, nuestras acciones, nuestros proyectos. Él merece ocupar cada rincón de nuestra existencia: no sólo cuando rezamos, sino también en los momentos de trabajo o estudio, de ocio o de convivencia. En esta perspectiva, celebrar la Pascua es dejar que Jesucristo sea nuestro único Señor.

 

+ Francisco Conesa
Obispo de Menorca



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