Revista Ecclesia » Carta Pastoral: «Pasar del Babel a Pentecostés», por Francisco Conesa
Cuaresma 2021
Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Pasar del Babel a Pentecostés», por Francisco Conesa

Queridos hermanos:

El relato sobre lo acontecido en Pentecostés, que se recoge en el libro de Hechos, subraya el contraste entre lo que ocurrió en Babel y lo sucedido en Pentecostés. En Babel los hombres decidieron construir una torre con este objetivo: “hagámonos famosos” (Gen 11, 4). El ser humano pretendió construir la unidad de la humanidad sobre sí mismo, sobre su deseo de poder y de fama, sobre su soberbia. Muy diferente es la actitud de los apóstoles en Pentecostés. Ellos “proclamaban las maravillas de Dios” (Hech 2, 11). No pretendían levantar un monumento para sí mismos, sino para Dios.

El ser humano lleva en sus entrañas el deseo de unidad, porque está hecho para la felicidad, que sólo se alcanza cuando vivimos en comunión con los demás. Ahora bien, existen dos proyectos diversos de unidad: Babel y Pentecostés, la unidad basada en el mismo hombre y la unidad fundada por el Espíritu de Dios. La Sagrada Escritura nos advierte que la primera unidad es engañosa, porque conduce a la diversidad de lenguas, que lleva a la confusión y a la dispersión; mientras que la unidad que crea el Espíritu es interior, profunda, y lleva a que cada uno comprenda las maravillas de Dios en su propia lengua.

La unidad de Babel se da cuando uno quiere ser “famoso” y se pone como el centro del mundo. Pero como somos muchos y muy diversos, este proyecto sólo puede conducir a la dispersión, a la separación. Por el contrario, la unidad de Pentecostés procede de poner como centro a Dios. El Espíritu destruye todo afán de vanagloria del corazón humano y le empuja a gloriarse sólo en Dios.

La mejor prueba de todo esto la tenemos en la actitud de los apóstoles. Antes de Pentecostés, cada uno andaba buscándose a sí mismo, aspirando a ocupar los mejores puestos y ser el más grande; por eso había peleas y discusiones entre ellos. En cambio, después de Pentecostés, cuando el Espíritu desplaza sus pensamientos de ellos mismos a Dios, podrán formar una verdadera comunidad, en la que todos tenían “un solo corazón y una sola alma” (Hech 4, 32).

Hemos de pasar de Babel a Pentecostés, de ponernos a nosotros como centro a dejar que el Espíritu de Dios sea el que realice el don de la unidad. Esta unidad del Espíritu es la que debe sostener las demás unidades: la unidad de un matrimonio, de una asociación o de una comunidad cristiana. En el Espíritu, podemos ser “un solo cuerpo” (Ef 4, 4), porque desde el Espíritu los otros no son un infierno ni un abismo oscuro sino hermanos: “somos miembros unos de otros” (Rom 12, 5).

El paso de Babel a Pentecostés tiene que realizarse en cada uno de nosotros. Para ello, es recomendable que nos preguntemos por los motivos de nuestras acciones. Es posible que seamos catequistas o miembros de un consejo pastoral; puede ser que seamos sacerdotes o religiosos. Pero siempre debemos preguntarnos: ¿qué es lo que mueve mi obrar? ¿por qué lo hago? ¿trato de hacerme famoso a mí mismo o a Dios? Si somos sinceros, veremos que necesitamos convertirnos constantemente de la división, que procede de ponernos en el centro a nosotros mismos, a la unidad, que procede del Espíritu de Dios. Que ese Espíritu llene nuestro ser y nos permita vivir como hombres nuevos. ¡Feliz día de Pentecostés!

+ Francisco Conesa
Obispo de Menorca



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