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Carta pastoral de Mario Iceta
Cartas de los obispos

Carta pastoral: «La Pascua del trabajo», por Mario Iceta

Queridos hermanos y hermanas:

Decía Yibran Khalil, más conocido como el poeta del exilio, que «amar a la vida a través del trabajo es intimar con el más recóndito secreto de la vida». Y, por esta misma razón, porque el verbo amar es inseparable del verbo servir, tenemos que valorar el trabajo humano en la medida en que nos dignifica como hijos de Dios, corresponsables con Él en el cuidado de la vida y la creación.

El trabajo es una dimensión fundamental de la vida humana. Por eso, me ha parecido conveniente instituir en la archidiócesis de Burgos la Pascua del Trabajo, que celebraremos cada III domingo de Pascua, ya que caerá habitualmente en la proximidad del primero de mayo. Un día singular y, sin duda, significativo, que nace con el deseo de resaltar la dignidad del trabajo como cooperación a la obra creadora de Dios y como elemento que nos dignifica y nos hace crecer hacia nuestra plenitud. De este modo introduciremos esta dimensión esencial en el misterio de la Pasión, muerte y Resurrección del Señor.

En estos momentos de fatiga existencial, donde el coronavirus no solo se está llevando por delante la vida de muchos hermanos, sino, también, el trabajo y las ilusiones de muchas personas, necesitamos edificadores de la ciudad humana que cumplan –con sus propias manos– el sueño de Dios. Decía el Papa Francisco en la festividad de san José del año pasado que «el trabajo humano es la vocación recibida de Dios y hace al hombre semejante a Él porque, con el trabajo, el hombre es capaz de crear».

Por eso, toda injusticia cometida contra el trabajador daña la propia dignidad humana y nos embrutece. El trabajo, sin duda alguna, es una vocación humana y una bendición de Dios. Trabajar dignifica siempre, y nos hace crecer y desarrollarnos como personas y como comunidad. El trabajo templa el espíritu, nos permite expresar nuestra capacidad creativa, contribuye al bien del prójimo y edifica una sociedad fraterna. Un camino, a veces, duro, que necesita de un reconocimiento, unas condiciones y una remuneración justa y equitativa. Para ello, necesitamos releer la realidad con los ojos de Evangelio y con la Doctrina Social de la Iglesia reavivando las esperanzas que a día de hoy se ven amenazadas por esta crisis sanitaria, social y económica.

No olvidemos que «Aquel que, siendo Dios, se hizo semejante a nosotros en todo, dedicó la mayor parte de los años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero», manifiesta san Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Una circunstancia que constituye, por sí sola, «el más elocuente “Evangelio del trabajo”, que manifiesta cómo el fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es, en primer lugar, el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona humana» (LE, 6).

Queridos hermanos y hermanas: el trabajo no puede ser una mercancía o una actividad productiva sin más. Debe realizarse en condiciones adecuadas y respetuosas con el trabajador que promueva siempre su inherente dignidad. Por eso no podemos hablar con propiedad y verdad de «mercado laboral», porque el trabajo no es una mercancía que se pueda mercadear. Es muchísimo más. «Trabajo» y «persona» han de ir siempre de la mano; de otra forma, habremos deshumanizado la acción de trabajar, de servir y de poner en primer lugar y en el centro de todo a la persona.

El trabajo se une en una oración coral de fe y alabanza, dejando un lugar necesario y fundamental al descanso, desde la escucha de la Palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía y el cuidado y servicio a la familia, a quienes nos rodean y particularmente a los necesitados. La Palabra es el termómetro que mide nuestra fidelidad y nos ayuda a unir trabajo y oración. Solo así, desde una economía de comunión que salvaguarde la dignidad y construya el Reino de Dios, tendrá sentido proclamar el Evangelio del trabajo: «Viviendo como cristianos en el mundo laboral y siendo apóstoles entre los trabajadores» (Mensaje de Benedicto XVI enviado al IX Foro Internacional de los jóvenes sobre el tema Testigos de Cristo en el mundo del trabajo).

Seamos pan partido y vino derramado que se conviertan, por amor y dignidad hacia los que más sufren, en Cuerpo y Sangre de Aquel nos amó primero. Arropemos a quienes no pueden trabajar, a los parados, cambiemos las condiciones penosas e indignas que puedan darse en algunos ámbitos laborales, honremos a quienes han sido heridos o han perdido la vida en el campo laboral. Reconozcamos adecuadamente con la remuneración y las condiciones justas de descanso, jubilación y futuro digno a quienes tanto han hecho para que todos disfrutemos del progreso y el bienestar, gracias al trabajo excelente y entregado de quienes nos precedieron y quienes, con nosotros, colaboran en la edificación de una sociedad justa y fraterna.

Con gran afecto, recibid mi bendición y felicitación en este tiempo de Pascua.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos



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