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Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Hoy celebramos el Corpus», Salvador Giménez Valls

La fiesta de hoy nos trae muchas resonancias personales y familiares. También evoca muchas experiencias comunitarias, en parroquias y en las asociaciones a las que pertenecemos. Es una fiesta muy arraigada entre nosotros y la hemos adornado con multitud de adherencias culturales a lo largo de la historia. Cantos, bailes, representaciones cuasi-teatrales… Y sobre todo procesiones en las que hemos participado adorando y acompañado al Señor en la Eucaristía o bien como espectadores   contemplando con devoción el acto.

Además de lo anterior centrado en los aspectos externos, para los católicos es una celebración muy profunda y significativa. Queremos dar a conocer al mundo el núcleo central de la alianza que Dios establece con la humanidad a través del sacrificio de Jesucristo en la cruz y recordado para siempre como un regalo en la Eucaristía. Lo vivimos intensamente en la tarde del Jueves Santo todos aquellos que participamos en la celebración en el templo. Ahora lo exteriorizamos con alegría para todos a lo largo de calles y plazas. El Cuerpo y la Sangre de Cristo, centro de la vida cristiana, es el alimento que construye y fortalece nuestro caminar por este mundo. Cuando comulgamos Cristo se transforma en cuerpo nuestro y nosotros nos identificamos con Él de forma absoluta. Nada hay más importante que este misterio, sacramento de unión de Dios con el hombre.

Una de las dimensiones básicas de la religión es la relación con la divinidad. Ésta se manifiesta de un modo tremendo y fascinante teniendo como respuesta humana la adoración. La otra dimensión, con tintes complementarios, se centra en la preocupación, el interés y la ayuda hacia los semejantes como una consecuencia clara de lo primero. En nuestro caso todos recordamos el precepto del amor predicado por Cristo y de obligado cumplimiento por parte de sus seguidores.

Nosotros miramos y adoramos a Cristo-Eucaristía, lo amamos por encima de todo. También respondemos con el amor a los demás utilizando la misma palabra referida a Cristo y prolongando la preocupación por los hermanos. Hay ejemplos para recordar y tener en cuenta en el día de hoy: el cuerpo sin vida de un pequeño emigrante en una playa de Turquía; el cuerpo de un anciano solitario en una residencia de mayores; el cuerpo de una mujer maltratada o puesta en circulación por la llamada trata; el cuerpo maloliente de una persona que duerme a diario en la calle; el cuerpo de un enfermo entubado en una de las muchas UCI de nuestros hospitales; el cuerpo del que va a nacer y es eliminado en el proceso de gestación; el cuerpo de una persona a punto de aplicarle la eutanasia para el fin de su vida; el cuerpo de un ser humano con discapacidad física o mental; el cuerpo sin vida a consecuencia de un atentado terrorista; el cuerpo de un niño desnutrido en brazos de una madre sin aliento y sin alimento; el cuerpo despreciado y torturado hasta el límite por cuestiones étnicas, culturales o religiosas; el cuerpo de niñas secuestradas y/o abandonadas a su suerte día tras día; el cuerpo de tantos fallecidos escondidos a nuestra vista y sin poder ser acompañados ni recibir el cariño último de sus seres queridos en los últimos momentos de sus vidas.

Todas estas situaciones son heridas en el Cuerpo de Cristo que es objeto de nuestra adoración. Al mismo tiempo son heridas que deben ser curadas por el cuidado y la preocupación de todos nosotros. No en vano celebramos también hoy el Día de la Caridad en el que agradecemos su servicio a los que forman parte de los equipos socio-caritativos y pedimos a Dios que todos los creyentes sepamos mostrar de forma clara los dos amores de los que nos habla el Evangelio.

 

+ Salvador Giménez Valls
Obispo de Lleida



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