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Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Fuente inagotable», por el cardenal Juan José Omella

Hace ya unas semanas que nos encontramos de lleno en el periodo que la Iglesia llama tiempo ordinario. Aunque el adjetivo ordinario se use a menudo para referirse a aquello que es habitual y rutinario, este es un tiempo especial para encontrarnos con Dios en nuestra vida cotidiana. Todo es gracia para aquel que es capaz de ver a Dios en el día a día.

Estas semanas, como ya lo hice durante la Cuaresma, quisiera animaros a leer con fe la Sagrada Escritura. En particular, os invito a meditar la lectura del Evangelio según san Marcos, que proclamamos en la Eucaristía de los domingos durante este año litúrgico.

El Evangelio contiene las palabras y las acciones de Jesucristo. Cada palabra de Jesús es como un rayo de luz que ilumina nuestra vida. Si escuchamos a Cristo con atención, llegaremos a tener sus mismos sentimientos (cf. Flp 2, 5).

Orar con el Evangelio es como adentrarse en un cielo lleno de estrellas en las noches despejadas de verano. Cada vez que lo contemplamos vemos una estrella que no habíamos visto antes. Y es que el mensaje de Jesús siempre nos sorprende y aporta algo nuevo a nuestra vida.

La Palabra de Dios puede ser a la vez dulce y amarga (cf. Ap 10, 10). Dulce, porque nos da fuerza para vivir, esperanza y alegría. Amarga, porque la Palabra a menudo cuestiona nuestra forma de vivir.

Dice san Efrén que Dios escondió en su Palabra tesoros muy variados, para que cualquier persona que se acerque a ella pueda enriquecerse y encontrar el alimento que le haga crecer en la fe y en el amor. Y es que el Evangelio es una fuente inagotable de la que todos podemos beber.

Cuando leemos juntos el Evangelio, dejamos que Cristo entre en nuestra vida y se quede con nosotros. La Palabra de Dios cura nuestras cegueras y nos convierte en un solo pueblo, unido y solidario con todos nuestros hermanos y hermanas, pero especialmente, con aquellos que sufren la marginación y la soledad.

Hoy la Iglesia nos invita a leer el episodio del Evangelio de Marcos conocido como la tempestad calmada (cf. Mc 4, 35-41). El relato es breve. Los discípulos navegan en una barca en el lago de Galilea. Jesús también está con ellos y duerme sobre un almohadón. De pronto, se levanta una terrible tempestad que está a punto de hundir la barca. Los discípulos, asustados, despiertan a Jesús y le piden ayuda. Jesús se levanta, increpa al lago y sobreviene una gran calma.

Todos podemos sentirnos en alguna ocasión como esos discípulos de la barca. Muchas veces, estamos desanimados y desesperanzados. Nos sentimos ahogados en un mar de preocupaciones. Nos puede parecer que Dios se desentiende de nosotros.

Sin embargo, el Evangelio quiere transmitirnos el mensaje de que, aunque parezca dormido, Jesús no deja de cuidar de nosotros. Él nos libera de nuestros miedos y nos conduce a buen puerto. Nos lo dice santa Teresa de Jesús en una de sus cartas con estas bellas palabras: «aunque duerma en el mar, hace parar los vientos cuando crece la tormenta».

Queridos hermanos y hermanas, Jesús es el ancla de nuestra fe. Ninguna tormenta podrá jamás separarnos de su amor. Pidamos a María que nos anime a vivir con alegría el mensaje de Jesús y a permanecer unidos a Él que nunca abandona la barca que es la Iglesia.

 

+ Juan José Omella Omella
Cardenal Arzobispo de Barcelona



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