Carta del Obispo Iglesia en España

Carta Pastoral en la Jornada del Enfermo 2014, por Julián Barrio Barrio

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Carta Pastoral en la Jornada del Enfermo 2014, por Julián Barrio Barrio

“También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16).

Queridos diocesanos: La Jornada del Enfermo es “un momento fuerte de oración, participación y ofrecimiento del sufrimiento para el bien de la Iglesia, así como de invitación a todos para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo el santo rostro de Cristo que, sufriendo, muriendo y resucitando, realizó la salvación de la humanidad”[1]. Es una ocasión providencial más para reavivar nuestro afecto y cercanía a los que sufren. “La Iglesia reconoce en ellos una presencia especial de Cristo que sufre. En efecto, junto, o mejor aún, dentro de nuestro sufrimiento está el de Jesús, que lleva a nuestro lado el peso y revela su sentido. Cuando el Hijo de Dios fue crucificado, destruyó la soledad del sufrimiento e iluminó su oscuridad. Es el misterio del amor de Dios por nosotros, que nos infunde esperanza y valor: esperanza, porque en el plan de amor de Dios también la noche del dolor se abre a la luz pascual; y valor para hacer frente a toda adversidad en su compañía, unidos a él”[2].

El cristiano ha de acercarse siempre a la humanidad dolorida, siguiendo la enseñanza del Evangelio: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,35). Es una invitación a caminar desde Cristo y este compromiso conlleva continuar a través de nuestra peregrinación terrena una tradición de caridad que ha tenido muchísimas manifestaciones para dar otras tantas respuestas a las necesidades humanas que interpelan siempre la sensibilidad cristiana.  Estamos bordeando constantemente la realidad del misterio en nuestra vida. Nos inquieta y nos hacen pensar el dolor y el sufrimiento en el mundo. Mirando a nuestro alrededor percibimos que no es poco, preguntándonos el por qué.

Pero el Señor vino a decirnos sobre todo cómo teníamos que vivir esta realidad. Su misión fue predicar el Reino de Dios y curar a los enfermos. A los discípulos de Juan les dirá: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mi!” (Mt 11, 4-6). Los milagros que realiza Jesús son signos del Reino y de salvación. También hoy acontecen los milagros pero como en tiempo de Jesús se buscan pretextos para no considerarlos como tales. Tal vez falta la fe que tenía aquel leproso al que Jesús  le dice: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. Es un referente para que en la enfermedad vivamos con espíritu de fe cuya consecuencia es la actitud de agradecimiento. En el milagro de la curación de los diez leprosos en el Evangelio, Jesús lamenta con finura la ingratitud por parte de nueve. Estos recibieron la curación pero no la salvación por falta de fe. Sólo uno vino a la fe y entró en el Reino. Este vino a alabar y a agradecer a Dios, lo que significa decirle sí y a la vez reconocer su condición humana como deudora del don de Dios. San Pablo subrayaba la gratitud como un indicador de finura y perfección en la caridad: “Vosotros como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad… ¡Sed agradecidos!” (Col 3,12-15). Queridos enfermos, en la enfermedad de manera especial podemos adquirir la triple vivencia de la perfección evangélica: el espíritu de agradecimiento, hecho oración íntima y vigorosa; la práctica de la caridad de benevolencia como un deseo de perfección por gratitud; y un sentido primordialmente apostólico de sincera reparación frente a tanta ingratitud ante el Amor redentor de Cristo.

El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Él entregó su vida  por amor a nosotros. Así “también nosotros hemos de dar la vida por los hermanos”. La persona que sufre nunca  y en ninguna circunstancia ha de ser un  mero objeto terapéutico. Hemos de hacernos cargo los unos de los dolores de los otros para darle también así sentido al dolor y al sufrimiento. “Cristo se acercó sobre todo al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo”. Es el ejemplo que tenemos que imitar acompañados con su gracia para poder decir como Pablo: “¿Quién enferma sin que yo enferme?” (2Cor 11,29). En todo momento hemos de mirar a María, Salud de los enfermos. “Ella sabe muy bien cómo se sigue el camino de la Cruz y por eso es la Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren. Podemos recurrir confiados a ella con filial devoción, seguros de que nos asistirá, nos sostendrá y no nos abandonará. Es la Madre del crucificado resucitado: permanece al lado de nuestras cruces y nos acompaña en el camino hacia la resurrección y la vida plena”[3]. La Virgen María, modelo de aceptación plena de la voluntad de Dios, se fió de Él y compartió la pasión de su Hijo, renovando en el Calvario, al pie de la cruz, el “sí” de la Anunciación. “El que está bajo la cruz con María, aprende a amar como Jesús”. La Cruz es “la certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos… La Cruz  de Cristo invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda”[4].

Mi agradecimiento a los profesionales de la medicina, capellanes de los centros hospitalarios, miembros de vida consagrada y laicos voluntarios, que atienden con tanta disponibilidad y  generosidad a los enfermos, cuidando la vida y llevando serenidad y esperanza a los enfermos.

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela.

[1]Juan Pablo II, Carta por la que se instituía la Jornada Mundial del Enfermo, 13 mayo 1992, 3.

[2] FRANCISCO, Mensaje con ocasión de la XXII Jornada Mundial del Enfermo 2014, 1.

[3]Ibid., 4.

[4]Ibid., 5.

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