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Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «El respeto a los demás», Salvador Giménez Valls

He escogido este término, respetar, respeto, porque me parece que amplía el horizonte vital de nuestra convivencia sin fundarlo necesariamente en las convicciones religiosas. Además me he dado cuenta en la consulta a los diccionarios que dicho termino tiene multitud de acepciones que enriquecen el comportamiento o el trato que nos debemos unos a otros. Cito unas cuantas: consideración, acompañada de sumisión, con que se trata a alguien; a los mayores de edad, saber y gobierno; guardar respeto en la iglesia; tolerancia, actitud de no imponer con violencia los propios gustos; actitud de someterse a lo establecido por la ley, a la libertad humana, a la opinión ajena, a la conciencia del niño… y otras muchas. Podéis ojear las páginas del impresionante diccionario de María Moliner que nos define con precisión y claridad los conceptos que habitualmente usamos.

El respeto es muy importante en las relaciones humanas antes, ahora y siempre. En ocasiones parece que es una realidad antigua, pasada de moda y sólo usada por personas mayores. Y no debería ser así. Conviene revalorizar entre todos esta actitud personal para que nuestro comportamiento gane en cariño, en cercanía responsable y en el reconocimiento valioso del otro. Los cristianos queremos dar un paso más en esta apreciación civilmente respetuosa y ponemos en el centro de nuestra existencia el mandato del amor que propone Jesucristo y que borra cualquier atisbo de segregación, discriminación o rechazo del prójimo. Llega muy lejos con su precepto de amar a los enemigos y rezar por los que nos injurian y maldicen. ¡Qué alto nos pone el listóna quienes queremos seguirle y cumplir su voluntad!

Digamos que la teoría del respeto tiene poca discusión y es aceptada con normalidad por todos pero observo que en la práctica diaria se hace más difícil conciliar las propias convicciones, gustos o intereses con las ajenas. A menudo escuchamos o leemos descalificaciones, insultos o rechazos del que piensa diferente. Hablamos de pluralidad pero nos molesta que los otros no coincidan con nuestras opiniones. Nos parece teóricamente aceptado la diversidad en nuestra sociedad pero acusamos de lo peor al que contradiga algo nuestro razonamiento. Y esto no queda sólo para lo personal sino que también se evidencia en los grupos sociales a los que pertenecemos.

La mirada cristiana es universal en el espacio y permanente en el tiempo. Los límites los pone el respeto y el amor. Así debería ser nuestro caminar cuando acompañamos o nos dejamos acompañar primando la consideración de que el otro es valioso como yo mismo y sus opiniones y sentimientos tienen el mismo valor que los míos. En los problemas que a diario se plantean las soluciones pueden ser diferentes y no siempre mi argumentación es la más valiosa o la que mejor debe ser aceptada, Renunciar a la defensa de las propias opiniones no debe llevarnos al relativismo o a la indiferencia sino a la búsqueda conjunta de perspectivas que enriquezcan la solución final. Hemos de reconocer que los demás nos pueden aportar puntos de vista con los que no contábamos. Eso mismo nos ayuda a crecer y a madurar como personas. También a aceptar posturas ajenas. Evitar los desprecios, los rechazos, las acusaciones desmesuradas que hieren o matan la sensibilidad de los otros. Debemos saber confrontar ideas pero acercar y agrandar el respeto hacia el discrepante.

En las discusiones diarias no podemos utilizar la burla como un arma para dañar la personalidad del otro. Debemos evitar la adolescencia en nuestras relaciones como quien busca tener siempre la razón y luchar por el respeto mutuo que hace grande el corazón humano.

 

+ Salvador Giménez Valls
Obispo de Lleida



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