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Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «El curso escolar acaba», por Salvador Giménez Valls

La vida de muchas familias y la de muchas instituciones eclesiales está marcada por el ritmo que imprime el mundo educativo. Cuando los hijos son pequeños predomina el cuidado permanente de los padres y el concurso de abuelos y familiares para las distintas atenciones; cuando son adolescentes el interés fundamental reside en la búsqueda y acomodo de la propia personalidad que oscila entre la rebeldía y la preocupación por contar con un lugar determinado en la vida familiar y social; cuando son universitarios, primeros años de trabajo o en paro, los padres y el entorno sufren lo indecible ante los nervios, las frustraciones o la desesperación ante el título académico o la falta de trabajo para situarse con autonomía ante la vida.

En estos días parece girar todo alrededor de la vida de los más jóvenes. Sus preocupaciones las hacemos nuestras y sus sufrimientos los queremos compartir. También la alegría y las muestras de felicidad por un curso bien acabado o un trabajo conseguido. La situación tiene un añadido desgraciadamente conocido y resignadamente aceptado: la pandemia del COVID-19 que ha removido los entresijos de nuestra conciencia y se ha apelado a la responsabilidad personal y colectiva. En este caso el mundo infantil y juvenil alterna actitudes de miedo responsable y de inconsciencia feliz ante la enfermedad y muerte. Sólo se reacciona cuando se tiene algún familiar o amigo fuertemente afectado y en puertas del final de la vida.

Desde luego que no podemos prescindir de esta fuerte losa puesta sobre la sociedad en general y que la vacunación masiva consigue disminuir el temor y la incertidumbre. El curso escolar acaba y las consecuencias son similares a lo que ocurría con anterioridad y hemos vivido todos con altibajos emocionales y con expectativas profesionales. Hemos crecido y madurado un poco más y nos preguntamos, como en una revisión permanente, si hemos aprovechado nuestras facultades para mejorar nuestro entorno. Y también, si hemos enseñado a que los más jóvenes vivan con mucha felicidad su existencia pero se presten a la ayuda hacia los demás, la entrega de su tiempo al servicio de los que les necesitan, si hemos sembrado la semilla de la solidaridad y la dedicación a construir un mundo más habitable y más fraterno.

Han sido días intensos de exámenes donde han aflorado nervios y sinsabores. Ahora empieza un período de descanso estival que puede conducir a aprovechar el tiempo en algún servicio educativo o social o a practicar el ocio desmesurado y despreocupado. A no hacer nada o a compartir tareas con y en favor de los demás.

De forma similar se da esta situación en las instituciones de nuestra Iglesia. Se ha acabado un curso pero la actividad de parroquias, de movimientos apostólicos o centros de formación no termina. Son tantas las necesidades y sufrimientos de nuestro entorno que no se cierran las puertas de la atención y del servicio a los demás. Es una exigencia del mismo evangelio y las palabras de Jesús nos comprometen en todos los ámbitos de nuestra vida: el familiar, el personal y el comunitario. La llamada que nos llega a sus seguidores es permanente, no tiene límites temporales y descansos merecidos. El sufrimiento, la desigualdad, la injusticia y cualquier otra carencia no desaparecen por nuestras vacaciones o por el curso acabado.

Que el planteamiento cristiano esté sujeto a participar en colonias infantiles, al repaso escolar, a la lectura y otros estudios no formales… en definitiva a aumentar la fe en el Señor, la caridad con el otro y la esperanza en la salvación definitiva.

 

+ Salvador Giménez Valls
Obispo de Lleida



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