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Cuaresma 2021
Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Educar: una reflexión con alumnos, padres y educadores», por el cardenal Carlos Osoro

He de deciros que ha sido una tarde inolvidable. He pasado cinco horas en un lugar en el que se fraguan vidas: un colegio. He podido estar con alumnos, educadores y padres, y ver que la pasión por hacer crecer al otro mueve sus vidas. ¡Qué responsabilidad y qué tarea más apasionante es la de educar! Cuando surge la pregunta de qué es educar, hay respuestas diversas. Yo pienso en los encuentros de Jesucristo con los apóstoles y con la gente. Junto a Él aprendí algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy grande: educar es un acto de amor. Sí, educar es dar vida y abrir la vida de los educandos a todas las dimensiones que tiene el ser humano.

Este amor despierta en los educadores y en los padres la decisión de ponerse en camino, conscientes de que hay que tener paciencia y capacidad de escucha, de que hay que saber acompañar a quien está a nuestro lado para que saque lo mejor de sí mismo. Quien se ha dedicado a esta tarea en la vida o en algunos momentos de su vida sabe, por experiencia propia, que la educación es exigente, pues nos pide poner todo lo que somos y todos los recursos que tenemos a nuestro alcance a favor de ese encuentro que es el acto educativo. No se puede educar sin que en el educador se den competencia, cualificación y una dosis muy grande de humanidad.

Quisiera deciros a todos, profesores y padres, que la coherencia de nuestra vida es fundamental en este camino. Podemos saber muchas cosas, podemos tener muchas teorías, pero, si no perciben nuestra coherencia, si no ven testigos cualificados, no haremos crecer a quienes tenemos que educar. Aparte de en la educación directa, podemos apoyarnos en el deporte, en el trabajo… Siempre llevan a más y ayudan a encontrarse con uno mismo. En mis años de sacerdote en Cantabria, cuando inicié un proyecto para sacar de la droga a muchos jóvenes, descubrí que la combinación de educación, deporte y trabajo era fundamental para eliminar dependencias.

Decía al iniciar esta reflexión que uno no puede educar sin amor, ¡qué importante es acariciar los corazones! Porque uno educa cuando va introduciendo a quien educa en la vida y le va dando herramientas para que haga ese camino. Hay que hacerlo con persuasión, no de cualquier modo. Ello requiere dar testimonio con inmensa amabilidad, que motive el corazón y la cabeza al mismo tiempo. Educar es despertar en los que educamos todo lo que hay en ellos de bueno y noble e iniciar unos procesos que desemboquen en descartar toda clase de discriminaciones o violencias. Esto sí que cambia el mundo y nuestras relaciones.

¡Qué importancia tenéis los padres en esta tarea! Vuestra es la responsabilidad de educar a vuestros hijos. Tenéis el derecho a dar a vuestros hijos la educación que consideráis mejor para ellos. Afirmad el derecho de educar a los hijos conforme a vuestras convicciones morales y religiosas. En la tarde que he pasado en un colegio, en mi encuentro con los padres, me he dado cuenta de la importancia que tiene el no vivir aislándolos a ellos de la tarea y de la responsabilidad educativa. Tiene que existir confianza entre los padres y los educadores. Quizá hoy se han multiplicado los expertos o los cualificados, que nunca podrán ocupar el papel de los padres en los aspectos más fundamentales e íntimos de la educación. Con fuerza hay que decir que en el desarrollo de la personalidad de los niños y jóvenes, de su vida afectiva, de sus deberes y derechos, los padres no solo han de escuchar o aprender, sino han de tener su voz. No podemos excluirlos de las vidas de sus hijos.

En la conversación mantenida vimos que la familia no puede inhibirse de la educación de sus hijos. La familia debe sostener, acompañar y guiar. ¿Esto debe hacerse como siempre? Las circunstancias, las situaciones, la escuela misma, han cambiado y es tiempo de buscar y encontrar nuevos recursos y también, por qué no, nuevos métodos. ¿Cómo no darnos cuenta de que en las vidas de los niños y jóvenes entra hoy mucha más gente a través de las pantallas? ¿Cómo no saber en manos de quién los ponemos en el tiempo libre? ¿Cuánto tiempo pasáis lo padres hablando con vuestros hijos con sencillez y cercanía en sus distintos momentos vitales? Es muy importante que en este trabajo generemos procesos con el amor que tenéis a vuestros hijos, que es mucho, para que maduren en libertad, en crecimiento en todas las dimensiones de sus vidas; no les cerréis ninguna. Ofrecedles medios para que se defiendan con inteligencia en todas las circunstancias en las que estén.

Después de esta vivencia con educadores, padres y alumnos, propongo tres tareas:

1. Asumamos el compromiso de educar en la unidad de la persona. No llenemos la cabeza solo de conceptos. Hay que estar pendiente de la mente, del corazón y de las manos. Es necesario que haya armonía entre sentir y hacer; entre pensar y hacer, y entre sentir y pensar.

2. Asumamos el compromiso de una mayor implicación de las familias. La responsabilidad con los hijos ya comienza en el vientre materno y sigue en el momento de nacer. Hay que conseguir una mayor participación de las familias en cualquier proyecto educativo.

3. Asumamos la responsabilidad de formar a los artesanos, a los educadores. Con su saber, paciencia y dedicación van transmitiendo un modo de ser que se transforma en riqueza. ¿O acaso no es riqueza que el ser humano desarrolle todas sus capacidades y potencialidades?

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos Osoro Sierra
Cardenal arzobispo de Madrid



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