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Cartas de los obispos

Carta pastoral: «Domingo de Ramos», por José Ángel Saiz Meneses

Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. Esta semana debe ser contemplada en su conjunto y desde la perspectiva de la resurrección del Señor, que le da sentido y  su culminación. Pero es muy importante detenerse y profundizar en los misterios de la vida de Nuestro Señor que la liturgia nos va desgranado en las distintas celebraciones. Este año hemos recuperado en parte la normalidad y podremos celebrar los oficios en las iglesias con fieles hasta un tercio del aforo, lo cual es mucho mejor que la situación de confinamiento de hace un año. ¡Demos gracias a Dios! Eso sí, no se podrán realizar las procesiones, los viacrucis, y las típicas concentraciones en las plazas y por las calles que tenían lugar estos días, especialmente el Domingo de Ramos y el Viernes Santo.

Las restricciones siguen siendo fuente de contrariedad y de incomodidad en buena parte de la población. Unos porque no podrán participar o contemplar tantas manifestaciones de la piedad popular que han quedado suprimidas; otros por las limitaciones en los desplazamientos en busca de un merecido descanso o en las actividades de turismo; otros por las causas más diversas. Por otra parte, aunque se puede vislumbrar el comienzo del final del túnel y las vacunas se van administrando poco a poco, lo cierto es que los contagios se siguen produciendo y en algunos casos, siguen llevando a la muerte. De ello somos todos testigos en nuestros entornos de familiares y amigos.

Y es que esta pandemia ha puesto de manifiesto que el ser humano de nuestro tiempo tiene muchas cosas en común con el de cualquier otra época. Esta enfermedad nos ayuda a tomar conciencia de la realidad más profunda de la condición humana, del hecho de que somos criaturas extraordinarias, capaces de los más altos logros científicos y técnicos, pero a la vez criaturas contingentes, frágiles, vulnerables, que pueden ser puestas en jaque por un pequeño virus. En definitiva, somos criaturas que anhelan una vida feliz y plena, una vida para siempre, más allá de las ataduras de la enfermedad o de la muerte. Es que, en definitiva, somos peregrinos en busca de sentido, en busca de infinito.

En este día conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acompañado por los discípulos y aclamado con entusiasmo por la multitud  que lo saludaba como Mesías y Rey de Israel, como el Hijo de David que viene en el nombre del Señor. Ignoraban que Jesús había llegado a Jerusalén para iniciar la vía dolorosa hacia la muerte. Su entrada como rey de paz en la ciudad santa no era con la finalidad de reinar según el modo en que reinan los reyes y señores de la tierra. Llega a Jerusalén para sufrir la pasión y la muerte, para reinar desde la cruz, dando su vida por la salvación de todos. Es la culminación del proceso de humillación del Hijo de Dios, que, se hace hombre por nosotros y por nuestra salvación, y nos abre el camino que lleva a participar de la vida de Dios.

Esta pandemia está resultando una prueba difícil para la autosuficiencia del ser humano, y ha de ser ocasión de volver la mirada a Dios, pidiendo su gracia para  reorientar la vida, y volver la mirada a los hermanos, con los que compartimos el camino. El hombre de hoy es poco propenso al sacrificio, suele tener poca capacidad para soportar el dolor, y está acechado por la tentación de suprimirlo incluso acabando con su propia vida cuando le parezca que ya no vale la pena seguir adelante. Pidamos al Señor en estos días que el misterio del dolor redentor de Cristo que celebramos en Semana Santa nos ayude a afrontar los sufrimientos y las pruebas que se presenten a lo largo de la vida, también ahora,  con entereza, con humildad, con paz interior, conscientes de la presencia de Cristo resucitado que camina junto a nosotros.

 

+ José Ángel Saiz Meneses
Obispo de Tarrasa



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