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Cartas de los obispos

Carta pastoral del obispo de Tarazona: «Maestro que pueda ver»

Escuchamos hoy en la lectura del evangelio de este domingo de san Marcos (10,46-52), el milagro de la curación del ciego Bartimeo. Los milagros de Jesús que nos presentan los evangelios son la señal de que Jesús es el Mesías, que anunciaron los profetas y esperaban los judíos.

Juan Bautista desde la cárcel manda preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Lucas, 15, 20). Jesús responde con las palabras del profeta Isaías que señalan la obra del Mesías: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el evangelio” (Mt 11,4-5; cf Is 29, 18; 35,5; 61,1).

A su vez, los milagros son signos del reino de Dios. Es lo que anuncia Jesús: “el reino de Dios está cerca”.  Este reino significa la liberación de todos los males y miserias que acongojan al hombre. Los milagros de Jesús son señales del amor de Dios, que se vuelca amorosamente sobre la miseria y el desamparo humano y lo libera de lo que le arruina y encadena -enfermedad, muerte y pecado-.

De esta forma, debemos comprender el milagro de la curación del ciego. El ciego Bartimeo representa a la humanidad sin luz, es decir, sin una orientación en sus vidas. Las dificultades de la vida lo han dejado orillado, “al borde del camino”, nos dice el texto; también lo han empobrecido porque pide limosna.

Podemos vernos representados en él y ver también a muchas personas de nuestra sociedad. Personas desanimadas, sin ilusión, empobrecidos interiormente, dejándose llevar por un rutina empobrecedora.

Pero algo sorprende, cuando escucha quién es el que pasa a su lado: “Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Algo ha tocado su corazón y su vida, una posibilidad de cambio, y por eso grita suplicante e insistentemente: “Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: Hijo de David, ten compasión de mí”.

Dos palabras debemos destacar: Escuchar y gritar. A través de la gente que pasaba junto al ciego, sin duda, algunos hablaban de quién era Jesús y de los signos que realizaba, y él lo escucha encendiendo en su corazón un esperanza de curación. Nunca hablar de Jesús es en vano, aunque pensemos que no nos escuchan. Debemos siempre hablar de Él porque cada palabra sobre Jesús es semilla que puede fructificar.

Junto a la escucha, el grito, insistente, sin desanimarse. Cuántas personas, cuando dan testimonio de su encuentro con Jesús, nos dicen que, ante una situación de dificultad, le dijeron a Dios ¿dónde estás?, si existes, háblame. Es un grito que es oración y súplica.

Jesús se detiene y lo llama, lo cura y el ciego se pone a seguirlo, es decir se hace su discípulo.

Pidamos que en tantas personas se realice este milagro y también en nosotros que muchas veces hemos dejado de vivir con alegría nuestra fe.

 

+ Eusebio Hernández Sola
Obispo de Tarazona



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