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Carta pastoral del arzobispo de Barcelona: «¿Un derecho o una suerte?»

Ayer celebramos el día de los trabajadores y de las trabajadoras. Tal y como recoge nuestro Plan Pastoral, en el eje que estamos tratando este año sobre los pobres, el paro y la precariedad son dos de las causas principales de la situación de pobreza de muchas familias. La realidad del mundo laboral, que ya era preocupante a finales de 2019, se ha agravado con la pandemia de la covid. En trece años, habremos sufrido dos crisis económicas de grandes dimensiones, que están impactando de forma severa en la vida y futuro de los jóvenes.

Poder trabajar se ha convertido en una gran suerte para jóvenes y no tan jóvenes. La ausencia de un trabajo hace que muchos estén pasando un calvario. La mayoría no quiere remendar su vida con ayudas lentas y a menudo inciertas, sino que quiere encontrar un trabajo que le permita mantener a su familia con dignidad. La necesidad y la desesperación hacen que muchas personas, después de perder el trabajo por los confinamientos y de no recibir ningún subsidio, trabajen en la economía sumergida con condiciones lamentables que infravaloran a la persona humana.

En este camino pedregoso y lleno de obstáculos para encontrar un trabajo digno se añade el drama de otro derecho básico de la ciudadanía, la vivienda digna. Familias que hacen cola para encontrar trabajo o para llenar el carrito de la compra se ven amenazadas con vivir en la calle por los precios abusivos del mercado inmobiliario. Tener una vivienda digna y poderla pagar es un lujo que no está al alcance de todos.

La economía sufre, sí, pero muchos trabajadores malviven y los que no pueden trabajar agonizan. Ante esta realidad, como cristianos tenemos esperanza, creemos y anunciamos que otro mundo del trabajo es posible para evitar la pobreza y mejorar la vida de las personas. El papa Francisco, en su encíclica Fratelli Tutti nos recuerda que la «Solidaridad es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es afrontar los destructores efectos del imperio del dinero» (FT 116).

Además, desde la publicación del documento La pastoral obrera de toda la Iglesia que hace más de 26 años aprobó la Conferencia Episcopal Española, tenemos el encargo de velar por el mundo del trabajo. Debemos sentirnos llamados a impulsar iniciativas de cambio social a partir de nuestra participación en las organizaciones sociales que trabajan por el bien común (asambleas de parados, sindicatos, movimientos sociales, patronales, asociaciones civiles, partidos políticos…). Hace cinco años que la Plataforma Iglesia por el Trabajo Decente avanza en esa dirección. Es necesario que el sistema económico ofrezca oportunidades laborales a toda la población activa y que los trabajadores cooperen activamente por el bien de la empresa. Hay que recuperar el valor de la corresponsabilidad entre unos y otros.

Queridos hermanos y hermanas, hagamos todo lo que esté en nuestras manos para transformar las estructuras que nos impiden vivir fraternalmente como hijos de Dios. Que trabajar no sea solo tener una gran suerte.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona



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