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Cartas de los obispos

Carta pastoral: «Anunciar la resurrección», por Francisco Conesa

Queridos hermanos:

La experiencia de que Jesús está vivo conduce de inmediato a su proclamación. Saber que Jesús ha resucitado y sentir su inmenso amor hacia nosotros, nos hace estallar en gozo y felicidad. El discípulo se convierte inmediatamente en misionero. No es posible vivir de verdad la Pascua y no unirse al grito de júbilo de aquellos primeros discípulos. «Nosotros somos testigos», decía Pedro a los primeros que aceptaron la fe, «Dios lo resucitó al tercer día» (Hech 10, 39-40).

Pero, ¿qué hemos de hacer para anunciar hoy la resurrección de Jesús? ¿cómo podemos hacerlo? Creo que es necesario, primero, decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que Jesús de Nazaret sigue vivo, que es posible vivir en su amistad y que vale la pena gozar de su perdón y de su amor. Muchos piensan que Jesús fue sólo un personaje del pasado; alguien importante cuyo recuerdo queda en los libros de historia. Otros aprendieron algo sobre Jesús en su infancia, pero no llegaron a descubrir que era alguien tan real como cualquiera de nosotros, al que podían confiarse, con quien podían establecer lazos de amistad. A todos ellos debemos anunciar aquel mensaje que el Papa Francisco no se cansa de repetir: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte» (EG 164).

Pienso que debemos hacerlo sin miedos. La experiencia del resucitado liberó del temor a aquellos primeros discípulos, que se habían encerrado en el Cenáculo por miedo a los judíos (cf. Jn 19, 20). Con la fuerza del Espíritu, fueron capaces de recorrer todo el orbe anunciando lo que parecía una locura: que un personaje crucificado había vuelto a la vida y que vivía para siempre. Nosotros tenemos demasiados miedos. El ambiente que respiramos no favorece el anuncio de nuestra fe; la cultura en que vivimos se ha cerrado a la trascendencia y dificulta proclamar la Buena Noticia. Pero también nosotros contamos, como aquellos discípulos, con el soplo del Espíritu de Jesús, que nos hace sentir que está vivo. Además, estamos convencidos de que si los hombres aceptaran este mensaje, serían inmensamente felices, que la fe en Jesús les llenaría de vida y de esperanza.

Este anuncio de la resurrección ha de estar unido a una vida vivida por entero en el amor. Todo lo anterior queda frustrado si no va acompañado por el testimonio de nuestra vida. En este punto es también unánime el testimonio del Nuevo testamento: creer en la resurrección implica vivir una vida nueva: “andemos en una vida nueva” (Rom 6, 4), escribe San Pablo. Nada de volver a lo viejo, a la oscuridad, al pecado, a la muerte. La Pascua ha dado comienzo a un mundo nuevo, liberado de la esclavitud y de la muerte. Y este mundo nuevo requiere una vida renovada desde dentro, desde el corazón.

Nuestras vidas han de anunciar la resurrección. En nuestras opciones, nuestros planes y nuestra conducta hemos de mostrar que creemos de verdad que Jesús está vivo y que es posible vivir el mensaje de amor que nos dejó. Entonces nuestra vida contagiará la alegría de la Pascua, el entusiasmo de quien ha descubierto el mensaje más importante de todos los tiempos: que Jesús el Nazareno, el Crucificado, no está en el sepulcro, sino que vive para siempre.

 

+ Francisco Conesa
Obispo de Menorca



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