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Cartas de los obispos

Carta Pastoral: «Adoración Eucarística», por Julián Ruiz Martorell

Queridos hermanos en el Señor:

Os deseo gracia y paz.

La presencia de Cristo en la Eucaristía es permanente. Después de la celebración eucarística, el Señor sigue vivo en el sagrario. El pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y esta transformación no se detiene, sino que se prolonga hasta transformar a las personas y a toda la historia.

Existe una relación profunda entre celebración eucarística y adoración. En la Eucaristía no recibimos algo, sino a Alguien. Se realiza un encuentro entre personas. Pero la Persona que viene a nuestro encuentro es el Hijo de Dios. Esta unificación cristaliza en la adoración, que no es simplemente un «estar» pasivo, sino un «ser» en la presencia del Señor que nos ama y nos convoca.

San Juan Pablo II escribió en la Encíclica «Ecclesia de Eucharistia»: «Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el “arte de la oración”, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?» (n. 25).

La adoración precede a la actividad, porque solamente después de adorar estamos en condiciones de pensar, sentir, vivir y actuar según los criterios y el modelo de vida de Jesucristo. Hemos de comprender y vivir la prioridad de la adoración. No se trata de un lujo, sino de algo imprescindible. La adoración significa el reconocimiento agradecido de la presencia de Dios en nuestra vida y en nuestra historia.

La adoración no es tiempo perdido, sino tiempo de siembra, de escucha, de acogida, de asimilación. En la Eucaristía, Cristo está en nosotros y nosotros estamos en Él. Su vida nos penetra y quiere propagarse a los demás y a todo el mundo. Adoración significa contacto, beso, abrazo, actitud de amor. Sin adoración no hay auténtica vida cristiana. Adorar es ir a lo esencial.

En la adoración eucarística obtenemos fuerza, consuelo y apoyo. La alegría de la adoración se manifiesta en abundantes frutos: conversión personal y comunitaria, experiencia de la misericordia de Dios, vocaciones de especial consagración. La adoración es fuente incesante de santidad.

El Papa Francisco dijo: «cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Soy un adorador cristiano?” Muchos cristianos que oran no saben adorar. Hagámonos esta pregunta. ¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades?» (Homilía, 6 enero 2020).

La Eucaristía nos lleva al compromiso y al servicio de la caridad, al abrazo de la fraternidad.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+ Julián Ruiz Martorell
Obispo de Jaca y Huesca



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