Portada » Iglesia en España » Diócesis » Carta del Obispo » Carta pastoral a los matrimonios de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz
Carta del Obispo

Carta pastoral a los matrimonios de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz

Monseñor Santiago García Aracil
Mons. Santiago García Aracil

1.- SALUDO

Queridos matrimonios de nuestra Archidiócesis:

La expresión con que he titulado esta carta no es un recurso retórico para captar vuestra atención y benevolencia. Es la manifestación de mi voluntad pastoral en lo que se refiere a vosotros. ¡Qué más quisiera yo que estar cerca de cada uno de los matrimonios de esta porción del Pueblo de Dios que la Iglesia me ha encomendado!

 

2.- IMPORTANCIA Y RESPONSABILIDAD DE LOS MATRIMONIOS

Por todas partes oímos y decimos todo lo que se ha escrito sobre la importancia del matrimonio y sobre su responsabilidad como centro de la vida familiar, tanto si se mira a los hijos como si se mira a los abuelos. Y en medio de todo ello estáis vosotros con vuestra buena voluntad y con vuestras debilidades; con los proyectos amasados entre los dos, y con los fracasos y decepciones sufridos también por los dos; con vuestra paradójica pero realísima sensación de soledad que os invade algunas veces y de la que no se sabe muy bien cómo salir; con vuestras ilusiones compartidas entre ambos, y con el freno o el muro que os entorpece u os cierra el paso a causa de las dificultades y las frecuentes adversidades; con los momentos de entusiasmo entre ambos y con los otros momentos de indiferencia o de insatisfacción; con los sueños vividos y mantenidos respecto del futuro de vuestros hijos, y con el disgusto de verles crecer cada vez más ajenos a lo que queríais sembrar en ellos; con el recuerdo de aquel emotivo e inolvidable instante de vuestra unión matrimonial, y con las crisis que inexplicablemente han ido llegando sin saber siempre por qué ni hasta cuándo; con las temporadas vividas con profundo sentido religioso, y las épocas de aridez espiritual. Así podríamos ir enumerando otras circunstancias posibles en la vida matrimonial, aunque con todo ello no llegaríamos a plasmar toda la variedad y riqueza de vivencias y trances por los que atraviesa o puede atravesar un matrimonio.

 

3.- APOYOS Y ESTÍMULOS PARA EL MATRIMONIO

Ante todo ello parece muy fácil ofrecer consideraciones y consejos para aliviar o resolver la dificultad presente. Sin embargo, defendiendo la importancia de cuanto pueda llegar de fuera de la pareja, debo decir que son dos los grandes apoyos para superar toda adversidad: una clara conciencia de la identidad del matrimonio cristiano y de sus más importantes implicaciones, y el diálogo frecuente y transparente entre los esposos. Lo que se construyó en presencia del Señor, no puede cultivarse, ni siquiera mantenerse, de espalda a él. Y lo que se fue preparando mediante una relación continuada y sincera entre los dos no puede permanecer si se cierra la comunicación clara, sincera y constante entre los esposos.

Todo lo que venimos diciendo puede parecer más o menos claro y realista según el momento en que se encuentren los lectores de estas líneas. Pero ello no le quita valor. Lo que ocurre es que, para casi todo, las personas humanas, que somos enormemente limitadas, y a quienes el árbol de la vivencia presente puede ocultar la panorámica del amplio bosque de nuestra vida, necesitamos la perspectiva sensata, profunda, competente y fiable de alguien o de algunos de quienes nos conste su sinceridad, su respeto y su reserva.

 

4.- TODOS NECESITAMOS LA AYUDA AJENA

Por tanto, es necesario entender bien que nadie podemos caminar solos ni individualmente ni unidos en matrimonio. Debemos tener presente que la buena voluntad no es suficiente para acertar en todo. Es necesario considerar acertadamente el problema, el proyecto, la idea e incluso el entusiasmo o la decepción vividos en pareja o en solitario. Para ello contamos, en primerísimo lugar, con la palabra de Dios y con la oración asidua. Y en segundo lugar, con la ayuda de un buen consejero o de otros matrimonios cuya relación tenga como objetivo la ayuda mutua, y como instrumento el respeto, la transparencia a la hora de compartir experiencias, tentativas y procesos de recuperación para superar los baches inevitables en la vida matrimonial.

La necesidad de recurrir confiadamente a otros, y de compartir discretamente las propias experiencias positivas y negativas es algo común entre quienes viven la misma vocación. Ni la vida matrimonial, ni la sacerdotal, ni cualquier otra, puede resolverse en solitario. Tampoco la extroversión es el camino adecuado. El pudor de lo propio y ante lo ajeno es condición imprescindible para crear un clima de respeto mutuo, y una actitud de confianza creciente. Y, para que todo ello pueda llegar a ser operativo, es imprescindible un voto inicial de confianza en la validez de lo que se emprende, y una actitud paciente capaz de esperar los frutos tras de un período en que parece que todo se arriesga.

 

5.- LA HUMILDAD, BASE DEL FORTALECIMIENTO MATRIMONIAL

Finalmente, no debo omitir una condición que han de cumplir ambos esposos sin la cual es casi imposible reconstruir una situación dañada. Quien no reconoce su falta no puede llegar a convertirse. Y quien no cultiva la propia humildad, no puede reconocer ante otro los propios errores o defectos en actitudes y comportamientos. Por tanto, el matrimonio que no cultiva la humildad por parte de cada uno de los dos, no puede salvar las situaciones difíciles o delicadas con que se encontrarán algunas veces. No se puede confiar en ese tópico tan recurrente que afirma: “Todo se cura con el tiempo”. Al contrario: lo que no se cura pronto puede empeorar gravemente. Y esto, en la vida matrimonial es definitivo.

 

6.- LA ATENCIÓN A LOS ABUELOS

Me he entretenido en consideraciones referentes al interior de la vida matrimonial porque es muy difícil que pueda llevarse a cabo una sana educación de los hijos si los esposos no están unidos en los criterios básicos, en una relación personal transparente y fortalecida por la plena confianza entre ambos. Por la misma razón cada día se hace más difícil asumir con valentía, con generosidad y con paciencia la atención de los abuelos si no hay una fuerte unión entre los esposos. Puede cometerse la injusticia de aprovechar en beneficio propio sus incondicionales servicios, mientras cuentan con fuerzas, y después prescindir de ellos, aunque sea sin abandonarles, pero adoptando un comportamiento que hace pensara a los mayores que ya no sirven para nada y por eso se prescinde de ellos. Razón ésta que provoca la vivencia de la mayor soledad que agrava la experiencia de las propias y crecientes limitaciones.

 

7.- LA VIDA MATRIMONIAL, APOYO O PELIGRO PARA SÍ MISMA

Cuando los esposos no encuentran en la vida matrimonial el apoyo, el estímulo, y la fortaleza necesaria para superar las dificultades compartidas y las que acechan a cada uno en su profesión y en sus relaciones sociales de cualquier tipo, esa vida matrimonial se convierte en el mayor enemigo de la propia unión y acrecienta la crisis que se está viviendo. Y esto no lo cura el paso del tiempo. Y cuando la solución a los problemas se busca sólo en recursos materiales, en evasiones fáciles, o en terapias estrictamente humanas, sin referencia a la divina providencia, a la oración, a la práctica de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, se asume el riesgo de que la unión matrimonial flaquee hasta extremos nada halagüeños.

Toda la vida personal de los esposos, la armonía familiar, la educación de los hijos, la atención a los mayores, y el sereno ejercicio de la profesión de cada uno, así como la estabilidad en las relaciones sociales propias de cada uno y de la pareja, dependen de la sana relación de los esposos entre sí y con el Señor que les ha unido.

En este tiempo de crisis social y de extendida zozobra en tantos y tantos ámbitos que integran el campo de la vida humana, es más necesario que nunca mantener los vínculos entre los esposos, y de ambos con Dios nuestro Señor.

 

8.- CONCLUSIÓN

Pensadlo bien, queridos matrimonios. Está en vuestras manos porque Dios ha volcado en vosotros la dignidad y la responsabilidad de cuanto os concierne, al tiempo que ha derramado sobre vuestra unión toda la gracia que necesitáis para crecer en ella y para ayudar, desde ella, al crecimiento de los demás.

Os encomiendo al Señor. Él, que inició en vosotros la obra buena, él mismo la llevará a término” si permanecéis unidos a Él.

Con mi bendición pastoral

Santiago García Aracil.

Arzobispo de Mérida-Badajoz.

 

GD Star Rating
loading...
GD Star Rating
loading...
Print Friendly, PDF & Email
Etiquetas