Especiales Ecclesia JMJ Rio 2013

Carta del rector mayor de los Salesianos tras la JMJ 2013 Río

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Carta del rector mayor de los Salesianos, Pascual Chávez,  tras la JMJ 2013 Río: La JMJ y el Papa Francisco piden una Iglesia que salga a las calles

Queridísimos hermanos: Os escribo al día siguiente de la clausura de la Jornada Mundial de la Juventud que se ha desarrollado en Rio de Janeiro.

He tenido la gracia y el privilegio de participar en ella, junto a otros miembros del Consejo General, don Adriano Bregolin, don Fabio Attard, don Natale Vitali, don Esteban Ortiz y don Maria Arokiam Kanaga.

Me he sentido muy contento al ver a numerosos hermanos, inspectores, vicarios inspectoriales, delegados de pastoral juvenil, jóvenes en formación, acompañando a las diferentes delegaciones de los cinco continentes.

Aunque las distancias geográficas y la crisis económica han condicionado notablemente la participación de otros muchos salesianos y jóvenes que habrían querido venir, nos hemos encontrado con más de 7000 jóvenes del MJS de las obras de los Salesianos, de las Hijas de María Auxiliadora, de las Hijas del Divino Salvador y de las Hermanas de la Caridad de Jesús.

Creo poder hacerme portavoz de todos los participantes expresando la gran alegría y el entusiasmo con los que hemos vivido estos días alrededor de la figura carismática del Papa Francisco. Con sus gestos, sus actitudes y sus intervenciones ha iluminado la mente, ha puesto fuego en el corazón y ha robustecido la voluntad de todos para ser de verdad “discípulos y misioneros de Cristo”, enviados al mundo, sin miedo, para servirlo y transformarlo.

De modo particular he valorado el conjunto de los tres componentes – gestos, actitudes y pensamiento – que forman una unidad y nos ayudan a comprender mejor la figura del Papa Francisco. Todo ello explica su fuerza moral, su libertad para actuar y hablar, su profetismo. Solo así se puede dar el valor justo a todo lo que hace y dice en el ejercicio de su ministerio petrino. Solo así se acoge la visión de la Iglesia que el Papa tiene y que se siente llamado a promover. Solo así se puede ver mejor su forma de gobierno: partir de la realidad – a la que es muy sensible- para impulsar procesos de cambio, buscando la unidad más que la exasperación de los dinamismos sociales, a través de una cultura del diálogo y a través de un respeto a la diversidad, bien consciente del papel insustituible de la Iglesia y su colaboración en la reconciliación de este mundo fracturado.

Se trata de una Iglesia libre de la mundanidad espiritual, de la tentación de congelarse en su cuadro institucional, de la tendencia al aburguesamiento, de la cerrazón sobre sí misma, del clericalismo. Una Iglesia que sea verdaderamente el cuerpo del Verbo hecho carne y, como El, encarnada en este mundo, resplandeciente en los más pobres y sufrientes. Su servicio es ofrecer a Cristo y los valores del Evangelio para la necesaria transformación de la sociedad. Una Iglesia que no puede reducirse a ser una pequeña capilla, sino que es – sobre todo – una casa para toda la humanidad. En su corazón está el deseo de una Iglesia connotada por la apertura y la acogida de todos, por la diversidad de las culturas, de las razas, de las tradiciones, de las confesiones religiosas. Tal apertura y tal acogida son posible a través de una cultura del diálogo y del encuentro que haga posible la unidad en el respeto de la diversidad. Una Iglesia que sale por las calles para evangelizar y servir, alcanzando las periferias geográficas, culturales y existenciales. Una Iglesia pobre que privilegia a los pobres convirtiéndose en su voz y dándoles la voz para superar la indiferencia egoísta de quien tiene más y la violencia desesperada de quien se siente cada vez más explotado y defraudado. Una Iglesia que presta una justa atención y la relevancia debida a las mujeres, sin las cuales, ella misma corre el riesgo de la esterilidad.

De los casi veinte discursos pronunciados, los más importantes y programáticos han sido – desde mi punto de vista – los dirigidos a la Conferencia Episcopal Brasileña y a los dirigentes sociales; además, naturalmente, de los mensajes dirigidos a los verdaderos protagonistas de las JMJ, los jóvenes.

Dirigiéndose a los Obispos brasileños, el Papa Francisco ha comenzado su intervención presentando el documento de Aparecida como clave de lectura para la misión de la Iglesia. Esa, de hecho, no tiene la potencia de los trasatlánticos porque es una simple barca de pescadores. Dios se manifiesta en ella a través de medios pobres y el éxito pastoral no se sustenta sobre la eficiencia humana, sino sobre la creatividad de Dios. La Iglesia está llamada a transformarse, vez por vez, recordando que el misterio penetra en la gente a través del corazón y no podemos reducirlo a una explicación racional. El Santo Padre ha presentado a los Obispos el icono de Emaús como clave de lectura del presente y del futuro haciendo una innovadora interpretación eclesiológica y no cristológica. Ha querido hacernos comprender que el abandono de la Iglesia es debido al hecho de haber quedado reducida a una reliquia del pasado, incapaz de dar respuesta a los problemas y a los desafíos del hombre de hoy. La Iglesia no puede escapar de la noche que está viviendo a causa de la huida de creyentes a los que se les había prometido algo más alto, más fuerte, más resolutivo y veloz. Desgraciadamente, la Iglesia parece haber olvidado que no hay nada más alto que Jerusalén, más fuerte de la debilidad de la cruz, más convincente que la bondad, que el amor, que la belleza, más rápido que el ritmo de los peregrinos cuyo paso debe coger la Iglesia para reencontrar el tiempo de “estar con” los que acompaña, cultivando la paciencia, la capacidad de la escucha y la comprensión de situaciones tan diversas. En fin, el Papa ha puesto de relieve las grandes prioridades que el episcopado brasileño debe tener en cuenta.

Dirigiéndose a los responsables de la política y de la cultura ha querido hacerlos conscientes de la hora histórica que estamos viviendo, de su responsabilidad en la solución de los conflictos, de la urgencia de redimir la política. Ha subrayado varias veces la importancia de promover la cultura del encuentro para vencer la dolorosa exclusión de los ancianos, a través de una sufriente eutanasia cultural que los sitúa en la imposibilidad de poder enriquecer la sociedad con su sabiduría, con sus valores. Una cultura del encuentro que debería eliminar el descarte social de los jóvenes, a los que les es negada, demasiadas veces, la posibilidad del trabajo y del futuro.

En sus mensajes a los jóvenes, la invitación ha sido a invertir las propias energías, su misma vida, por causas positivas por las que vale la pena gastarla. De modo particular, les ha insistido en que Cristo es la gran causa que vale toda una vida. Les ha exhortado a que no tengan miedo de hacer opciones valientes. Sirviéndose de metáforas les ha dicho que pueden ser el campo de Dios en el que crece, germina y fructifica la buena semilla; les ha invitado a entrenarse con el equipo de Dios y a ser atletas de Cristo; le ha invitado a trabajar en el campo de la transformación para renovar la Iglesia y ser agentes de cambio en la sociedad y en el mundo. Les ha pedido, finalmente, que como Cristo y junto a Cristo, vayan sin miedo a servir al mundo y lo enriquezcan con el don del Señor y del Evangelio, comenzando siempre por el servicio a los propios amigos y compañeros, a todos los jóvenes con los que puedan contactar.

En definitiva, en Rio de Janeiro, el Papa Francisco ha hecho salir a la Iglesia a la calle, la ha llevado a las periferias, ha hecho escuchar su voz de Madre, le ha devuelto dinamismo y, así, con sus gestos y actitudes, nos ha enseñado qué Iglesia quiere y qué relación debe tener con el mundo.

Obviamente, he vivido este espléndido acontecimiento eclesial con mis hermanos y hermanas, con los jóvenes, como salesiano, como Rector Mayor, intentando comprender mejor este nuevo momento eclesial que hemos de acoger, traducir y vivir en nuestra Congregación Salesiana.

Y sin demasiadas pretensiones, tengo que decir que el camino que estamos haciendo en preparación al bicentenario del nacimiento de nuestro querido Padre y Fundador Don Bosco y, de modo particular, el mismo CG 27 con su relevante tema “Testimonios de radicalidad evangélica”, se encuentran en perfecta sintonía con esta llamada a Cristo, a su Evangelio, a la sencillez, a la pobreza y a la humildad.

Con esta carta, os invito a todos vosotros, salesianos y jóvenes, a retomar todas las intervenciones del Santo Padre para asumir y llevar a la vida sus orientaciones espirituales y pastorales como tarea prioritaria, no solo de la pastoral juvenil, sino como parte del camino hacia el bicentenario.

Mientras que seguimos rezando por el Papa Francisco, como él mismo insistentemente y por todas partes pide, confiamos a María Inmaculada Auxiliadora la Iglesia y nuestra querida Congregación, para que pueda estar a la altura de cuanto el Señor y los jóvenes esperan de nosotros.

Con afecto, en Don Bosco

Don Pascual Chávez V., sdb, rector Mayor

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