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Carta del Papa Francisco al periodista y político italiano Eugenio Scalfari

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Carta del Papa Francisco al periodista y político italiano Eugenio Scalfari

Recorrer juntos un tramo de camino

Vaticano, 4 de septiembre de 2013

Muy estimado señor Scalfari:  Con viva cordialidad quisiera intentar responder con esta mía, aun cuando solo en líneas generales, a la carta que, desde las páginas de «La Repubblica», tuvo a bien dirigirme el 7 de julio con una serie de reflexiones personales suyas, que posteriormente amplificó en las páginas de ese mismo diario el 7 de agosto.

Ante todo, le agradezco la atención con que ha tenido a bien leer la Encíclica Lumen fidei. Esta, en efecto, según la intención de mi querido antecesor Benedicto XVI –que la concibió y redactó en gran medida, y del que con gratitud la he heredado–, no solo va encaminada a confirmar en la fe en Jesucristo a quienes ya se reconocen en ella, sino también a suscitar un diálogo sincero y riguroso con quien, como usted, se define «un no creyente  interesado y fascinado desde hace muchos años por la predicación de Jesús de Nazaret».

Me parece, pues, indudablemente positivo –no solo para nosotros como individuos, sino también para la sociedad en que vivimos– pararnos a dialogar sobre un fenómeno tan importante como la fe que hace referencia a la predicación y a la figura de Jesús. Creo que se dan, en especial, dos circunstancias que hacen hoy de este diálogo algo necesario y valioso; un diálogo que, por otro lado y como es sabido, constituye uno de los objetivos principales del Concilio Vaticano II, querido por Juan XXIII, y del ministerio de los Papas, quienes, cada uno con su sensibilidad y su aportación, han caminado hasta hoy siguiendo la estela trazada por el Concilio.

La primera circunstancia –como se recuerda en las primeras páginas de la Encíclica– se deriva del hecho de que, durante los siglos de la modernidad, hemos presenciado una paradoja: la fe cristiana, cuya novedad e influencia  en la vida del hombre se expresaron desde sus inicios precisamente a través del símbolo de la luz, a menudo ha sido tachada de oscuridad supersticiosa que se opone a la luz de la razón. De esta forma, entre la Iglesia y la cultura de inspiración cristiana por un lado, y la cultura moderna de impronta ilustrada por otro, se ha llegado a la incomunicabilidad. Ha llegado ya la hora –y el Vaticano II inauguró precisamente su época– de un diálogo abierto y sin prejuicios que vuelva a abrir las puertas, con vistas a un encuentro serio y fecundo.

La segunda circunstancia, para quien intenta ser fiel al don de seguir a Jesús a la luz de la fe, se deriva del hecho de que este diálogo no es un accesorio secundario de la existencia del creyente, sino una expresión íntima e indispensable de esta. Permítame que le cite al respecto una afirmación  de la Encíclica que considero muy importante: en ella se subraya que, como la verdad testimoniada por la fe es la del amor, «se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos» (n. 34: ECCLESIA 3.684 [2013/II], pág. 1090). Este es el espíritu que anima las palabras que le escribo.

La fe, en mi caso, nació del encuentro con Jesús: un encuentro personal, que me llegó al corazón y que dio una dirección y un sentido nuevos a mi existencia. Pero, al mismo tiempo, un encuentro que la comunidad de fe en que he vivido ha hecho posible, y gracias a la cual he podido acceder a la inteligencia de la Sagrada Escritura, a la vida nueva que como agua dimana profusamente de Jesús a través de los sacramentos, a la fraternidad con todos y al servicio de los pobres, imagen auténtica del Señor. Sin la Iglesia, créame, no habría podido encontrar a Jesús, aunque soy consciente de que ese don inmenso que es la fe se guarda en las frágiles vasijas de barro de nuestra humanidad.

Ahora bien: precisamente partiendo de aquí, de esta experiencia personal de fe vivida en la Iglesia, me encuentro cómodo al escuchar sus preguntas y al buscar, junto con usted, vías por las que acaso podamos empezar a recorrer juntos un tramo de camino. Perdóneme si no sigo paso a paso las argumentaciones que usted propone en el editorial del 7 de julio. Me parece más fructífero –o, por lo menos, me resulta más congenial– ir, por así decirlo, al meollo de sus consideraciones. Tampoco entro en la modalidad expositiva seguida por la Encíclica, en la que usted echa en falta una sección dedicada específicamente a la experiencia histórica de Jesús de Nazaret.

Observo tan solo, para empezar, que un análisis de este tipo no es secundario. Y es que se trata –siguiendo,   por otro lado, la lógica que rige el desarrollo de la Encíclica– de prestar atención al significado de lo que Jesús dijo e hizo, y así, en definitiva, a lo que Jesús fue y es para nosotros. En efecto, las cartas de Pablo y el Evangelio de Juan, a los que se hace especial referencia en la Encíclica, están construidos sobre el sólido fundamento del ministerio mesiánico de Jesús de Nazaret, que alcanzó su cumbre resolutiva en la Pascua de muerte y resurrección.

Es preciso, por lo tanto –diría yo–, confrontarse con Jesús en la concreción y aspereza de sus vicisitudes, tal como nos las narra, sobre todo, el más antiguo de los Evangelios, el de Marcos. Entonces se comprueba que el «escándalo» que la palabra y la praxis de Jesús provocan a su alrededor se derivan de su extraordinaria «autoridad»: palabra, esta, atestiguada ya desde el Evangelio de Marcos, pero que no resulta fácil traducir bien al italiano. El término griego es exousía, que literalmente remite a lo que «procede del ser» que uno es: no se trata, pues, de algo exterior o forzado, sino de algo que dimana desde dentro y que se impone por sí mismo. Y es que Jesús impresiona, sorprende, innova partiendo –él mismo lo dice– de su relación con Dios, a quien llama familiarmente Abba, que le otorga esa «autoridad» para que la emplee a favor de los hombres.

Así, Jesús predica «como alguien que tiene autoridad», cura, llama a los discípulos para que lo sigan, perdona… –cosas, todas ellas, que en el Antiguo Testamento corresponden a Dios y solo a Dios–. La pregunta que se repite varias veces en el Evangelio de Marcos –«¿Quién es este que…?», y que se refiere a la identidad de Jesús– nace de la constatación de una autoridad distinta de la del mundo, de una autoridad que no va encaminada a ejercer un poder sobre los demás, sino a servirlos, a darles libertad y plenitud de vida. Y ello hasta el punto de comprometer su propia vida; hasta experimentar la incomprensión, la traición, el rechazo; hasta ser condenado a muerte, hasta precipitar en el estado de abandono de la cruz. Pero Jesús permanece fiel a Dios, hasta el final.

¡Y es precisamente entonces –como exclama el centurión romano a los pies de la cruz, en el Evangelio de Marcos– cuando Jesús se muestra, paradójicamente, como el Hijo de Dios! Hijo de un Dios que es amor y que quiere, con todo su ser, que el hombre, todo hombre, se descubra y viva él también como verdadero hijo suyo. Esto, según la fe cristiana, lo certifica el hecho de que Jesús resucitara: no para alcanzar el triunfo sobre quien lo había rechazado, sino para atestiguar que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, que el perdón de Dios es más fuerte que cualquier pecado, y que vale la pena emplear la propia vida, hasta el final, para dar testimonio de un don tan inmenso.

La fe cristiana cree esto: que Jesús, el Hijo de Dios, vino a entregar su vida para abrir a todos el camino del amor. Por eso tiene usted razón, estimado doctor Scalfari, al considerar la encarnación del Hijo de Dios como el eje de la fe cristiana. Ya Tertuliano escribía: «caro cardo salutis – la carne [de Cristo] es el eje de la salvación». Porque la Encarnación –es decir, el hecho de que el Hijo de Dios viniera con nuestra carne y compartiera alegrías y dolores, victorias y derrotas de nuestra existencia, hasta el grito de la cruz, viviéndolo todo en el amor y en la fidelidad a su Abba– atestigua el amor increíble que Dios abriga por todo hombre, el valor inestimable que le reconoce. Por eso cada uno de nosotros está llamado a hacer suyas la mirada y la elección de amor de Jesús, a entrar en su forma de ser, de pensar y de actuar. Esta es la fe, con todas las expresiones que se describen precisamente en la Encíclica.

En su mismo editorial del 7 de julio, usted me pregunta, además, cómo concebir la originalidad de la fe cristiana, dado que esta pivota sobre la encarnación del Hijo de Dios, respecto a otras fes que gravitan, en cambio, alrededor de la trascendencia absoluta de Dios. Su originalidad estriba, a mi modo de ver, precisamente en que la fe nos permite participar, en Jesús, en la relación que este mantiene con Dios, que es Abba, y, bajo esta misma luz, en la relación que mantiene con todos los demás hombres, incluso con sus enemigos, bajo el signo del amor. En otras palabras, la filiación de Jesús, tal como nos la presenta la fe cristiana, no es revelada para marcar una separación infranqueable entre Jesús y todos los demás, sino para decirnos que, en él, todos estamos llamados a ser hijos del único Padre y hermanos entre nosotros. La singularidad de Jesús tiene como objetivo la comunicación, no la exclusión.

Ciertamente, de ello se deriva también –y no es algo baladí– la distinción entre la esfera religiosa y la esfera política que se sanciona en el «dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», afirmada con nitidez por Jesús y sobre la cual, con fatiga, se ha construido la historia de Occidente. La Iglesia, en efecto, está llamada a sembrar el fermento y la sal del Evangelio, es decir el amor y la misericordia de Dios que alcanzan a todos los hombres, señalando la meta ultraterrenal y definitiva de nuestro destino, mientras que a la sociedad civil le corresponde el arduo cometido de articular y encarnar en la justicia y en la solidaridad, en el derecho y en la paz, una vida cada vez más humana. Para quien vive la fe cristiana, ello no significa huida del mundo o búsqueda de hegemonía alguna, sino servicio al hombre –a todo el hombre y a todos los hombres–, partiendo de las periferias de la historia y manteniendo despierto el sentido de la esperanza, que impulsa a realizar el bien a pesar de todo y mirando siempre más allá.

Usted me pregunta también, en la conclusión de su primer artículo, qué decir a nuestros hermanos judíos acerca de la promesa que Dios les hizo: ¿ha quedado totalmente invalidada? Créame si le digo que este es un interrogante que se nos plantea radicalmente como cristianos, ya que, con la ayuda de Dios, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, hemos redescubierto que el pueblo judío sigue siendo, para nosotros, la raíz santa de la que germinó Jesús. Yo también, en la amistad que he cultivado durante todos estos años con los hermanos judíos, en la Argentina, muchas veces en la oración se lo he preguntado a Dios, especialmente cuando a mi mente acudía el recuerdo de la terrible experiencia de la Shoá. Lo que le puedo decir, con el apóstol Pablo, es que la fidelidad de Dios a la alianza que estrechó con Israel nunca ha perdido vigencia, y que, a través de las terribles pruebas de estos siglos, los judíos han conservado su fe en Dios. Y de ello nunca les estaremos lo suficientemente agradecidos, como Iglesia pero también como humanidad. Además, precisamente perseverando en la fe en el Dios de la alianza, nos recuerdan a todos, y también a nosotros los cristianos, el hecho de que aguardamos, como peregrinos, el regreso del Señor, y que, por lo tanto, debemos estar siempre abiertos a él y no escudarnos nunca en lo que ya hemos alcanzado.

Llego así a las tres preguntas que me plantea en el artículo del 7 de agosto. Creo que, en las dos primeras, lo que más le interesa es comprender la actitud de la Iglesia hacia quienes no comparten su fe en Jesús. Ante todo, me pregunta si el Dios de los cristianos perdona a quien no cree y no busca la fe. Con la premisa –y es lo fundamental– de que la misericordia de Dios no tiene límites si uno se dirige a él con corazón sincero y contrito, la cuestión para quien no cree en Dios estriba en obedecer a la propia conciencia. Hay pecado –incluso para quien no tiene fe– cuando se va contra la propia conciencia. Y es que escucharla y obedecer a ella significa determinarse ante lo que se percibe como bien o como mal. Y en esta determinación se juega la bondad o la maldad de nuestra acción.

En segundo lugar, me pregunta si el pensamiento según el cual no existe ningún absoluto ni, por lo tanto, tampoco una verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, es un error o un pecado. Para empezar, yo no hablaría –ni siquiera para el que cree– de verdad «absoluta», en el sentido de que «absoluto» es lo que está desvinculado, es decir falto de toda relación. En cambio, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios por nosotros en Jesucristo. ¡La verdad es, por lo tanto, una relación! Tan es así, que incluso cada uno de nosotros capta la verdad y la expresa partiendo de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en que vive, etc. Ello no significa que la verdad sea variable y subjetiva, antes al contrario. Pero significa que esta se entrega a nosotros siempre y solo como un camino y una vida. ¿No dijo tal vez el propio Jesús: «Yo soy el camino, la verdad, la vida»? En otras palabras, la verdad, al formar, en definitiva, una sola cosa con el amor, requiere humildad y apertura para ser buscada, acogida y expresada. Por lo tanto, hay que entenderse bien acerca de los términos y tal vez, para salir de los atolladeros de una contraposición… absoluta, replantear en profundidad la cuestión. Creo que esto resulta hoy absolutamente necesario para entablar ese diálogo sereno y constructivo que auspiciaba al principio de esta intervención mía.

En el último interrogante me pregunta si, cuando desaparezca el hombre de la tierra, desaparecerá también el pensamiento capaz de concebir a Dios. Ciertamente, la grandeza del hombre consiste en poder concebir a Dios, es decir en poder vivir una relación consciente y responsable con él. Pero la relación se da entre dos realidades. Dios –este es mi pensamiento y esta es mi experiencia, ¡pero cuántos, ayer y hoy, los comparten!– no es una idea, por altísima que sea, fruto del pensamiento del hombre. Dios es realidad con «R» mayúscula. Jesús nos lo revela –y vive su relación con él– como un Padre de bondad y misericordia infinita. Dios no depende, por lo tanto, de nuestro pensamiento. Además, incluso cuando llegara a acabar la vida del hombre en la tierra –y, para la fe cristiana, en cualquier caso, este mundo tal como lo conocemos está destinado a desaparecer–, el hombre no terminará de existir, ni tampoco –de una forma que no conocemos– el universo creado con él. La Escritura habla de «cielos nuevos y tierra nueva», y afirma que, al final, en ese dónde y en ese cuándo que están  más allá de nosotros, pero hacia los cuales, en la fe, tendemos con deseo y expectación, Dios lo será «todo en todos».

Estimado doctor Scalfari: Concluyo así estas reflexiones mías, suscitadas por lo que ha tenido a bien comunicarme y preguntarme. Recíbalas como la respuesta tentativa y provisional, pero sincera y confiada, a la invitación que en ello he vislumbrado a recorrer juntos un tramo de camino. Créame si le digo que la Iglesia, pese a todas las lentitudes, las infidelidades, los errores y los pecados que pueda haber cometido y aún puede cometer en quienes la componen, no tiene más sentido ni  fin que el de vivir y testimoniar a Jesús: a aquél que fue enviado por el  Abba «a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).

Con fraternal cercanía.

 

Francisco

 

(Original italiano procedente del archivo informático
del diario «La Repubblica»; traducción de ECCLESIA).

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