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Carta del Papa Francisco a la Iglesia en Chile: el clamor de las víctimas llegó al cielo

Carta del Papa Francisco a la Iglesia en Chile: el clamor de las víctimas llegó al cielo

El clamor de las víctimas de los abusos sexuales «llegó al cielo. Quisiera, una vez más, agradecer públicamente la valentía y la perseverancia de todos ellos. Este último tiempo, es tiempo de escucha y discernimiento para llegar a las raíces que permitieron que tales atrocidades se produjeran y perpetuasen, y así encontrar soluciones al escándalo de los abusos no con estrategias meramente de contención -imprescindibles pero insuficientes sino con todas las medidas necesarias para poder asumir el problema en su complejidad».

Es un fragmento clave de la carta que el Papa Francisco envía al pueblo de Chile, un texto de ocho cartillas que lleva la fecha de este 31 de mayo de 2018.

Al leer el texto, publicado por el sitio del Episcopado chileno a medio día (hora local), se deduce que el problema de los abusos sexuales, de poder y de conciencia en Chile no puede ser reducido a algunos casos circunscritos, sino que representa una enfermedad más profunda, relacionada con una manera clerical de concebir a la Iglesia, que no se supera sin la ayuda de todos.

Bergoglio recuerda las oraciones que pidió a los fieles chilenos antes de su encuentro con los obispos en el Vaticano, que concluyó con la clamorosa decisión de todo el episcopado de poner en manos del Papa el destino de su mandato, para dejar que decidiera libremente. «Apelar a Ustedes, pedirles oración no fue un recurso funcional como tampoco un simple gesto de buena voluntad», sino, por el contrario, «quise enmarcar las cosas en su preciso y precioso lugar y poner el tema donde tiene que estar: la condición del Pueblo de Dios».

Antes de referirse directamente al tema de los abusos, el Papa describe la situación de una Iglesia enferma de clericalismo. «Cada vez que intentamos suplantar, acallar, ningunear, ignorar o reducir a pequeñas elites al Pueblo de Dios en su totalidad y diferencias –escribe el Pontífice argentino–, construimos comunidades, planes pastorales, acentuaciones teologías, espiritualidades, estructuras sin raíces, sin historia, sin rostros, sin memoria, sin cuerpo, en definitiva, sin vidas. Desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios nos precipita a la desolación y perversión de la naturaleza eclesial; la lucha contra una cultura del abuso exige renovar esta certeza».

«En el Pueblo de Dios –insiste el Papa– no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial. Es imposible imaginar el futuro sin esta unción operante en cada uno de Ustedes que ciertamente reclama y exige renovadas formas de participación […] La renovación en la jerarquía eclesial por si misma no genera la transformaci6n a la que el Espíritu Santo nos impulsa. Se nos exige promover conjuntamente una transformación eclesial que nos involucre a todos». El problema no se extirpa de raíz sin la participación de todo el pueblo de Dios, no se resuelve solamente con medidas técnicas o nuevas normas, no se resuelve sin conversión y disponibilidad a la obra del Espíritu Santo.

Por ello, afirma Francisco, hay que «mirar el presente sin evasiones pero con valentía, con coraje pero sabiamente, con tenacidad pero sin violencia, con pasión pero sin fanatismo, con constancia pero sin ansiedad, y así cambiar todo aquello que hoy ponga en riesgo la integridad y la dignidad de cada persona; ya que las soluciones que se necesitan reclaman encarar los problemas sin quedar atrapados en ellos o, lo que seria peor, repetir los mismos mecanismos que queremos eliminar».

Después, el Pontífice agradece a las víctimas y a las personas que se han ofrecido para escuchar. «Todo el proceso de revisión y purificación que estamos viviendo es posible gracias al esfuerzo y perseverancia de personas concretas que, incluso contra toda esperanza o teñidas de descrédito, no se cansaron de buscar la verdad; me refiero a las victimas de los abusos sexuales, de poder, de autoridad y a aquellos que en su momento les creyeron y acompañaron. Victimas cuyo clamor llego al cielo».

«Quisiera, una vez más—continúa Francisco—, agradecer públicamente la valentía y la perseverancia de todos ellos. Este último tiempo, es tiempo de escucha y discernimiento para llegar a las raíces que permitieron que tales atrocidades se produjeran y perpetuasen, y así encontrar soluciones al escándalo de los abusos no con estrategias meramente de contención -imprescindibles pero insuficientes- sino con todas las medidas necesarias para poder asumir el problema en su complejidad».

Francisco subraya el problema de la falta de atención a las víctimas de abusos. «Creo que aquí reside una de nuestras principales faltas y omisión: el no saber escuchar a las víctimas. Así se construyeron conclusiones parciales a las que le faltaban elementos cruciales para un sano y claro discernimiento. Con vergüenza debo decir que no supimos escuchar y reaccionar a tiempo». La visita de monseñor Scicluna y de monseñor Bertomeu, los dos prelados autores de la investigación que sentó las bases para el la decisión del Papa, «nace al constatar que existían situaciones que no sabíamos ver y escuchar. Como Iglesia no podíamos seguir caminando ignorando el dolor de nuestros hermanos».

Durante los encuentros con las víctimas de abusos, explica el Papa, «constate cómo la falta de reconocimiento/escucha de sus historias, como también del reconocimiento/aceptación de los errores y las omisiones en todo el proceso, nos impiden hacer camino». Un reconocimiento que «quiere ser más que una expresión de buena voluntad hacia las víctimas, más bien quiere ser una nueva forma de pararnos frente a la vida, frente a los demás y frente a Dios».

«El “nunca más” a la cultura del abuso –escribe Bergoglio–, así como al sistema de encubrimiento que le permite perpetuarse, exige trabajar entre todos para generar una cultura del cuidado que impregne nuestras formas de relacionarnos, de rezar, de pensar, de vivir la autoridad; nuestras costumbres y lenguajes y nuestra relación con el poder y el dinero».

«Hoy sabemos que la mejor palabra que podamos dar frente al dolor causado –afirma el Papa– es el compromiso para la conversión personal, comunitaria y social que aprenda a escuchar y cuidar especialmente a los más vulnerables. Urge, por tanto, generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante; donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición». Y Francisco pone el dedo en la llaga de las prácticas eclesiales que tratan de uniformar y que no respetan las experiencias ni las instancias de los fieles.

«Esto nos tiene que impulsar como Iglesia a buscar con humildad a todos los actores que configuran la realidad social y promover instancias de diálogo y constructiva confrontación para caminar hacia una cultura del cuidado y protección. Pretender esta empresa solamente desde nosotros o con nuestras fuerzas y herramientas nos encerraría en peligrosas dinámicas voluntaristas que perecerían en el corto plazo». Es una invitación a la Iglesia a que colabore con la sociedad y con las autoridades públicas que se ocupan de crear un ambiente saludable y seguro para los menores.

El Papa exhorta «a todos los cristianos y especialmente a los responsables de Centros de formación educativa terciaria, de educación formal y no formal, Centros sanitarios, Institutos de formación y Universidades, a mancomunar esfuerzos en las diócesis y con la sociedad civil toda para promover lúcida y estratégicamente una cultura del cuidado y protección. Que cada uno de estos espacios promueva una nueva mentalidad».

«La cultura del abuso y del encubrimiento es incompatible con la lógica del Evangelio –insiste Bergoglio– ya que la salvación ofrecida por Cristo es siempre una oferta, un don que reclama y exige la libertad. Lavando los pies a los discípulos es como Cristo nos muestra el rostro de Dios. Nunca es por coacción ni obligación sino por servicio. Digámoslo claro: todos los medios que atenten contra la libertad e integridad de las personas son anti-evangélicos».

 

«Invito a todos los Centros de formación religiosa, facultades teológicas, institutos terciarios, seminarios, casas de formación y de espiritualidad a promover una reflexión teológica que sea capaz de estar a la altura del tiempo presente, promover una fe madura, adulta y que asuma el humus vital del Pueblo de Dios con sus búsquedas y cuestionamientos». Francisco quiere promover de esta manera «comunidades capaces de luchar contra situaciones abusivas, comunidades donde el intercambio, la discusión, la confrontación sean bienvenidas. Seremos fecundos en la medida que potenciemos comunidades abiertas desde su interior y así se liberen de pensamientos cerrados y auto- referenciales llenos de promesas y espejismos que prometen vida pero que en definitiva favorecen la cultura del abuso».

 

Para concluir, Francisco, después de haber recordado la importancia de la pastoral como antídoto contra el clericalismo que «busca siempre controlar y frenar la unción de Dios sobre su pueblo», invita a apreciar también el bien que existe y a tener en cuenta «a muchos fieles laicos, consagrados, consagradas, sacerdotes, obispos que dan la vida por amor en las zonas más recónditas de la querida tierra chilena». El Papa invita, y se parece mucho a la invitación que dirigió el mismo Bergoglio a los consagrados en Santiago de Chile durante su viaje de enero de este año, a «no disimular, esconder o encubrir nuestras llagas. Una Iglesia llagada es capaz de comprender y conmoverse por las llagas del mundo de hoy, hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y moverse para buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo».

 

«Esta certeza es la que nos moverá a buscar, a tiempo y destiempo, el compromiso por generar una cultura donde cada persona tenga derecho a respirar un aire libre de todo tipo de abusos. Una cultura libre de encubrimientos que terminan viciando todas nuestras relaciones. Una cultura que frente al pecado genere una dinámica de arrepentimiento, misericordia y perdón, y frente al delito, la denuncia, el juicio y la sanción». Es decir, todo lo contrario del silencio, del encubrimiento, del descrédito de las víctimas, de la defensa auto-referencial con actitudes de casta, que se han, desgraciadamente, registrado en Chile. Y, no hay que olvidarlo, también en otros lugares.

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