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Cartas de los obispos

Carta del obispo de Tarrasa: «La visita»

El pueblo de Israel esperaba la venida del Mesías, el Ungido de Dios que los liberaría, pero cuando vino el Hijo de Dios no supieron reconocerlo. Hace años, cuando yo era catequista, se explicaba en este tiempo de Adviento, en la catequesis, el cuento de la «visita inesperada».

El cuento narra que había un zapatero muy humilde y piadoso que cada día oraba al Señor por la mañana y por la noche. Y le pedía que fuera un día a visitarle. Una noche, el Señor le dijo que al día siguiente pasaría a visitarle. Ese día el buen hombre se levantó con ilusión por la visita que le había sido anunciada. Cada vez que se abría la puerta de su pequeña tienda se llenaba de emoción, y así fue entrando gente que iban a que les arreglaran los zapatos. Pero el Señor no llegaba. Acabó el día y el zapatero, triste y decepcionado, en la oración antes de acostarse, se quejó y le dijo al Señor: «¿cómo es que no has venido?». Y el Señor entonces le contestó: «¿que no he venido? Yo estaba presente en cada uno de los que han entrado en tu tienda hoy, en esa señora anciana, en ese niño, en aquel hombre, en cada una de las personas que se han presentado en tu casa, y tú no me has sabido reconocer».

Ya veis, esto es también lo que le pasó al pueblo de Israel y esto es lo que nos puede pasar a nosotros. Hoy, el evangelio nos explica la Visitación de María a su prima santa Isabel. San Lucas nos dice que «María se fue deprisa a la montaña, a casa de Zacarías y de Isabel». Fue deprisa, había tenido conocimiento de que su prima, ya mayor, esperaba un hijo y fue deprisa a visitarla. En aquel viaje, María era portadora de un misterio que nadie conocía, sólo ella lo sabía. Cuando llegó y saludó a su prima, «Isabel gritó con todas las fuerzas: ¡Eres bendita entre todas las mujeres y es bendito el fruto de tus entrañas! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme? En cuanto he oído tu saludo, el niño ha saltado de alegría dentro de mis entrañas» (Lc 1,42-43).

Ella sí que supo reconocer la visita de Dios. ¿Acaso quizá porque vió a Jesús? No, es que acogió a María con fe en su casa, y con ella acogió a Jesús.

Este pasaje es una anticipación del designio de Dios. María lleva Jesús a su prima, y ​​ésta recibe los frutos de este primer acto de evangelización. Así, la Virgen María, portadora de la vida nueva es la primera evangelizadora y por eso es Reina de la Evangelización. Así, este pasaje del evangelio nos enseña que es necesario tener el corazón abierto a los demás, acogerlos no sólo aparentemente, sino sinceramente dentro de nuestro corazón. Los cristianos somos portadores de Jesús en el mundo. Nuestra vida, nuestras obras buenas hacen presente a Jesús a nuestros hermanos y, si lo vivimos con fe, se producirá también que silenciosamente el Espíritu Santo irá llenando la vida de los hombres y mujeres de nuestro mundo. ¿Cuáles son las prisas que nos mueven a nosotros? ¿Somos diligentes, para acoger, ayudar y servir a nuestros hermanos, para llevarlos a Jesús con nuestra vida?

 

+ Salvador Cristau Coll
Obispo de Tarrasa



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