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Carta del obispo de Sigüenza-Guadalajara para la Pascua 2014: Cristo vive

Carta del obispo de Sigüenza-Guadalajara para la Pascua 2014: Cristo vive

El encuentro del apóstol San Pablo con Cristo en el camino de Damasco marca un antes y un después en su vida. A partir de su relación íntima con el Señor, el apóstol de los gentiles cambia la orientación de su camino y se convierte en predicador incansable del Resucitado y en testigo cualificado de su salvación. La experiencia del encuentro con Jesucristo le permite concluir que la fe no tendría sentido, la esperanza carecería de fundamento y la predicación sería inútil, si Él no hubiera resucitado.

Detrás de la predicación de Pablo y de sus sufrimientos por el anuncio del Evangelio, aparece siempre la experiencia gozosa de la resurrección de Jesucristo. Si Cristo no hubiera resucitado de entre los muertos, en cumplimiento de las Escrituras, la Iglesia no tendría poder para perdonar los pecados en su nombre ni para regalar a los hombres la salvación y la vida eterna por medio de los sacramentos. Todo sería una gran farsa.

En nuestros días, cuando nos paramos a leer las respuestas de algunos cristianos a las preguntas formuladas por los encuestadores sobre las convicciones religiosas de los españoles, podemos constatar que muchos afirman creer en Jesús, pero no admiten su resurrección. Con esta respuesta, además de negar el contenido de los textos evangélicos, en los que se narran los encuentros de las piadosas mujeres y de los apóstoles con el Resucitado después de su resurrección, se está confesando la fe en un Dios que ha muerto y permanece en la muerte para siempre.

Es más, tendríamos que llegar a la conclusión de que quienes niegan la resurrección de Jesucristo están poniendo en duda, no sólo el testimonio de millones de cristianos durante los veinte siglos de historia de la Iglesia, sino el testimonio de los paganos y su confesión de la divinidad de Jesús. El centurión romano, un no creyente, al presenciar los últimos instantes de la vida de Jesús, confesará con profunda convicción: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39).

Las dificultades para confesar la resurrección de Jesucristo por parte de algunos cristianos provienen en gran medida del desconocimiento de las Escrituras, del miedo a encontrarse personalmente con Jesucristo en la oración y de la vivencia de una religión a la carta. En nuestros días, muchos hermanos siguen buscando a un Dios que está muerto y, partiendo de esta premisa, nunca podrán encontrarse con quien, después de su resurrección, permanece vivo y cercano a cada ser humano en la Palabra, en los Sacramento, en los pobres y en el corazón de cada persona, si no le cierra las puertas.

Los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, al igual que cualquier otro acontecimiento histórico, pueden leerse con los ojos cerrados o con los ojos bien abiertos. En última instancia, la importancia de estos acontecimientos salvadores para el devenir de la humanidad sólo podrá ser percibida por personas verdaderamente creyentes o por personas interesadas  en descubrir los signos y testimonios que Dios mismo nos ofrece. Para ver y entender estos signos, es preciso que nuestros ojos permanezcan atentos a la Palabra para captar en toda su profundidad el designio de Dios sobre la historia de la humanidad.

Con mi sincero afecto, feliz Pascua de la resurrección del Señor.

+ Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara



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