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Carta del obispo de Sigüenza-Guadalajara: Agradecemos el pasado y proyectamos el futuro

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Carta del obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez: Agradecemos el pasado y proyectamos el futuro

En muchos hogares existe la costumbre de celebrar el fin de año y la entrada del nuevo brindando con champán o con otras bebidas. En ese brindis, vivido en un ambiente festivo y alegre, suelen expresarse a los demás los mejores deseos para el nuevo año. Pero, existe el peligro de que estos excelentes deseos se queden sólo en buenas palabras al no poner las acciones necesarias para que los deseos se conviertan en realidad.

Para los cristianos, este paso de año debería ser también motivo de fiesta y de profunda alegría, pero dándole al acontecimiento el sentido religioso que tiene. La conclusión del año nos brinda la oportunidad de revisar lo realizado durante el tiempo de gracia que el Señor nos ha concedido vivir por su infinita misericordia. Por ello, la revisión de nuestras relaciones con Dios y con los hermanos es una magnífica ocasión para hacer un balance de los comportamientos positivos o negativos mantenidos con ellos durante el año que toca a su fin.

En principio, todos tenemos motivos suficientes para dar gracias a Dios por los dones materiales y espirituales recibidos de su mano, tanto en el hogar familiar como en el seno de la comunidad cristiana. Entre otras cosas, deberíamos agradecer al Señor la vida y el testimonio de amor de tantos hermanos, con los que compartimos alegrías y penas en este momento de la historia. Incluso tendríamos que agradecerle los problemas y las dificultades de cada día pues, gracias a Él y a los hermanos, hemos podido resolverlos o, al menos, compartirlos.

Asimismo, deberíamos pedirle perdón a Dios y a los hermanos por nuestros olvidos y superficialidades, por el mal que hemos hecho y por el bien que hemos dejado de hacer, por haber cuidado poco la fe o por no haber puesto los talentos recibidos al servicio de los demás. ¡Cuántas cosas buenas hemos realizado con la ayuda del Señor y cuántas hemos dejado de realizar por no ser conscientes de su presencia cercana y del regalo de su amor!

Por otra parte, si durante el tiempo de Navidad hemos contemplado a Cristo que viene para ser nuestra luz y para mostrarnos el modo adecuado de vivir en nuestras relaciones con el Padre y con nuestros semejantes, deberíamos pedirle que nos ayude a caminar durante el nuevo año sobre sólidos cimientos y no sobre arenas movedizas. Contemplando la misericordia de Dios con todos los hombres, hemos de cuidar especialmente la acogida y la ternura en las relaciones con los hermanos, confiando siempre en sus posibilidades, disculpando sus errores y asumiendo con gozo que la propia felicidad sólo se consigue, si buscamos la felicidad y el bien de los demás.

El futuro, el año que comienza, no es nuestro. Está en las manos de Dios. Si fuésemos conscientes de esta verdad, viviríamos cada instante de la existencia con la confianza puesta en la Providencia divina. Incluso en aquellos instantes en los que intentamos huir de Dios, permanecemos bajo su protección y amparo. Esta gozosa experiencia tiene que impulsarnos a confiarle nuestros buenos deseos y propósitos para que Él los convierta en realidad durante el nuevo Año. De este modo, muchos hermanos podrán experimentar el amor de Dios a través de nuestras obras y tendrán la oportunidad de dar gloria al Padre celestial.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz Año nuevo.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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