Revista Ecclesia » Carta del obispo de Segovia: «El camino y la meta»
Cuaresma 2021
Cartas de los obispos

Carta del obispo de Segovia: «El camino y la meta»

Solo quien tiene clara la meta acertará al escoger el camino. Así podríamos sintetizar el mensaje del evangelio de este domingo. San Marcos presenta a Jesús «cuando salía al camino». El camino es un símbolo de la vida de Jesús y de la vida de los hombres. Ponerse en camino es la actitud sapiencial de quien busca la felicidad de una vida plenamente realizada. Recuérdense los versos que inician la Divina Comedia de Dante: «A mitad del camino de nuestra vida…». Jesús camina hacia Jerusalén donde cumplirá la plenitud de su existencia muriendo y resucitando por los hombres. Un hombre le sale al camino y le plantea la pregunta más trascendental de la vida: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Todos conocemos la historia. Jesús le plantea el camino moral de los mandatos de Dios. El hombre confiesa haberlos cumplido desde su juventud. El Maestro da un paso más y le invita a vender sus bienes, darlo todo a los pobres y seguirle a él. Ante esta exigencia, el hombre «se marchó triste porque era muy rico». No se nos dice cuánta era su hacienda ni cuál su propósito de vida con aquellos bienes. Sencillamente, se marchó triste. El deseo por heredar la vida eterna quedó sofocado por los bienes de este mundo.

Jesús aprovecha la ocasión para ilustrar a sus discípulos sobre la dificultad que conllevan las riquezas para alcanzar la meta deseada: ¿Bienes perecederos o vida eterna? ¿Alegría verdadera o tristeza de lo efímero? Este buen hombre del evangelio desaparece sin dejar rastro, como una figura fantasmal que sirve para plantear a los lectores la cuestión crucial de la existencia. Hay que reconocer que esta inquietud por la vida eterna se plantea con poca frecuencia en la sociedad actual. Vivimos enfrascados en nuestros deseos más inmediatos y terrenos. La pregunta sobre la eternidad no se plantea con la pasión de los grandes filósofos y sabios. Vivir es una cuestión del momento, es el «carpe diem» de la satisfacción inmediata de los deseos más primarios y placenteros. Sin embargo, el hombre no puede —¿o no debe?— olvidar que está en camino. Cada día que pasa es un día menos, y a medida que se acerca a la meta se hace más imperiosa la pregunta: ¿Hacia donde voy? ¿Cuál es mi término? Es imposible silenciar el grito del alma sobre su destino.

Jesús no solo anima a plantearse esta pregunta —¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?—, sino que ofrece el «camino» que conduce a la meta. No es extraño, pues, que el libro de los Hechos de los Apóstoles defina a los primeros cristianos como los que «pertenecían al Camino». Esta expresión aparece precisamente cuando Saulo de Tarso caminabaa Damasco para perseguir a los seguidores de Jesús. En ese camino el Señor resucitado se le presenta, le derriba del caballo y le hace suyo. Parece decirnos esta escena que el Camino es Cristo, según él mismo se define en el evangelio de Juan. Jesús salió al encuentro de Saulo «mientras caminaba», y Saulo se convirtió en discípulo y apóstol. Cambió sus «riquezas» —historia, formación, títulos de gloria en el judaísmo— por el seguimiento del Resucitado. Iba por un camino errado y halló la verdadera senda: la persona de Jesús.

Es verdad que también en el seguimiento de Jesús puede haber intereses de este mundo. Así lo muestra Pedro cuando, en el evangelio de este domingo, hace valer ante Jesús que él y sus compañeros lo han dejado todo por seguirle. Es evidente que esperaba alguna recompensa especial. Y Jesús le confirma que, en efecto, quienes dejen todo por seguirlo recibirán cien veces más (con persecuciones) y, en la edad futura, la vida eterna. He ahí el camino hacia la meta.

 

+ César Franco
Obispo de Segovia



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