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Carta del obispo de Segovia, Angel Rubio por el Día de Manos Unidas

Carta del obispo de Segovia, Angel Rubio por el Día de Manos Unidas

Desde el año 1959, cuando se inició la Campaña en España, las Mujeres de Acción Católica propusieron un día de ayuno voluntario que ha quedado fijado en el viernes inmediatamente anterior al segundo domingo de febrero, como punto de apoyo para impulsar la ayuda contra el hambre.

Quien experimenta el hambre porque voluntariamente se priva del alimento, puede llegar a comprender la injusticia que sufren quienes no tienen que comer, no un día sino muchos, incluso meses de hambre. Experimentar el hambre para combatirla es la fórmula pedagógica que ha venido funcionando desde el principio de la campaña.

Estamos viviendo una crisis económica muy grave. Para que el horizonte se vaya despejando y amanezca un futuro mejor se nos ofrece un medio: compartir lo mucho o poco que tengamos. Solo quien comparte vive dignamente. Tal vez no podremos solucionar todos los gravísimos problemas que provoca el hambre; ni podremos hacerlo de una manera inmediata, pero algo debemos hacer.

Ante nuestra  situación económica en España quizás alguien podría pensar que la Campaña de Manos Unidas, “un mundo nuevo proyecto común” parezca inoportuna en estos momentos. Pero a esta objeción se ha de replicar que aún con nuestras dificultades la distancia entre ellos y nosotros —por ejemplo con nuestros hermanos de Filipinas y Haití— resulta inmensa. Nosotros malgastamos en cosas superfluas. Detrás de estos cientos de millones de hombres, humillados y ofendidos esta Cristo, identificado especialmente con ellos y su causa. La Iglesia nos enseña una preferencia por los más pobres, los más débiles y los más necesitados. Necesitamos edificar la civilización del amor y reconocer a los otros como hermanos.

La Doctrina Social de la Iglesia nos descubre la entraña misma del ser cristiano y la base que sustenta su actuar en el mundo y en la historia, inseparable del reconocimiento de Dios como Dios, como del sólo y único Dios, Señor único de nuestras vidas, a quien debemos un amor total por encima de todo, con todo lo que somos, con todo nuestro corazón, nuestra mente, nuestro querer y nuestros sentimientos.

Un amor que es cumplimiento entero de la voluntad de Dios, de sus mandatos, que no son ajenos a nuestra condición humana, imagen de Dios; un amor que es obediencia plena al querer divino, que es su infinito y apasionado amor por todos y cada uno de los hombres. Aquí radica la verdad del hombre, ahí está su felicidad y su dicha, su libertad y la base para su encuentro en amor con los otros.

La Doctrina social de la Iglesia tiene en su fundamento aquella expresión fundamental de la existencia del hombre, del ser cristiano: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios es solamente uno». Esta es la clave. «Existe un solo Dios que es el Creador del cielo y de la tierra y, por tanto, también es el Dios de todos los hombres. Realmente todos los otros dioses no son Dios y toda realidad en la que vivimos se remite a Dios, es creación suya. No se trata de un dios cualquiera, sino que el único Dios verdadero, Él mismo, es el autor de toda la realidad; (…) este Dios ama a su criatura porque la ha hecho, ama al hombre (…) personalmente (…) y le da la Torah `la Ley’, es decir, abre los ojos de Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre, y le indica el camino del verdadero humanismo» (Benedicto XVI), inseparable del amor incondicional a Dios, que es Amor, como se ha manifestado plenamente en su Hijo Jesucristo.

Jesús ha dado pleno cumplimiento a la Ley. Obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz, cumpliendo en todo la voluntad del Padre, haciendo del querer del Padre su alimento, ha desplegado enteramente su vida hasta el extremo, hasta su entrega sacrificial por nosotros los hombres, y así nos ha mostrado el camino del hombre, en el que es inseparable la relación entre el amor a Dios y amor al prójimo. «Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios “sobre todas las cosas, por encima de todo” es en realidad mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia (…) el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios y (…) cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios» (Benedicto XVI).

Un mundo nuevo, un proyecto en común, nuevas tecnologías, credibilidad y originalidad para progresar en nuestra convivencia que solo se fundamenta en Dios y en la fraternidad.

 

+ Ángel Rubio Castro

                                                               Obispo de Segovia



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