Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del obispo de Salamanca, Carlos López Hernández

Carlos Lopez Hernandez

 El amor conyugal: “Como Cristo amó a su Iglesia” (Ef 5, 25)

Presentamos hoy la parte dedicada al amor conyugal en el documento de la Conferencia Episcopal Española titulado “La verdad del amor humano”

Comenzamos recordando que la verdad del hombre como “imagen de Dios” se refleja tanto en el matrimonio como en la virginidad. Dios se ha servido de la imagen del amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio para expresar su amor a Israel, el pueblo elegido; y se ha revelado también como “esposo” de su pueblo a través de la imagen de la virginidad mostrada en la persona de su Hijo Jesucristo. Pero en el amor matrimonial se pueden descubrir mejor las características del verdadero amor humano, que deben reflejar los demás tipos de amor.

 

a) “Una sola carne” (Gén 2, 24)

 

Por el matrimonio se establece entre el hombre y la mujer una alianza o comunidad conyugal por la que “ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6; cf. Gén 2, 24). El hombre y la mujer constituyen “una unidad de dos” en cuanto personas sexualmente distintas y complementarias. La alianza que se origina entre ellas da lugar a un vínculo visible, social, moral y jurídico, que requiere la voluntad de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son. No se trata de una simple relación de convivencia. La unidad en la “carne” hace referencia a la totalidad de la feminidad y masculinidad en los diversos aspectos de su recíproca complementariedad: el cuerpo, el carácter, el corazón, la inteligencia, la voluntad, el alma. Se trata de dejar un modo de vivir para formar otro “estado de vida”.

 

Una comunidad de vida y amor: La “unidad de dos” ha de configurarse como comunidad de vida y amor. Los esposos se “deben” amor, porque han venido a ser el uno para el otro. “A muchos – dijo Benedicto XVI a los jóvenes en Cuatro Vientos – el Señor los llama al matrimonio, en el que un hombre y una mujer, formando una sola carne (cf. Gén 2, 24), se realizan en una profunda vida de comunión. Es un horizonte luminoso y exigente a la vez. Un proyecto de amor verdadero que se renueva y ahonda cada día compartiendo alegrías y dificultades, y que se caracteriza por una entrega de la totalidad de la persona”.

 

Características del amor conyugal: El amor conyugal debe ser un amor plenamente humano y total. Ha de abarcar la persona de los esposos en todos sus aspectos: cuerpo y espíritu, sentimientos y voluntad. El amor conyugal es un amor de entrega en el que el deseo humano, sin dejar de ser erótico,  se dirige a la formación de una comunión de personas. No sería conyugal el amor que excluyera la sexualidad o la considerase como un mero instrumento de placer. Los esposos han de compartir todo sin reservas y cálculos egoístas, amando cada uno a su consorte no por lo que de él recibe, sino por sí mismo.

 

Por este mismo motivo el amor conyugal tiene que ser fiel y exclusivo. Si el amor conyugal es total y definitivo, ha de tener también como característica necesaria la esclusividad y fidelidad. Así lo proclama la Revelación de Dios en Cristo, y esa es también la conclusión a la que se puede llegar desde la dignidad de la persona y de la sexualidad. El amor conyugal expresa la voluntad de conformar una intimidad común exclusiva y para siempre, determinada por contenidos objetivos que integran la inclinación sexual, el despertar de los afectos y el don de sí.

 

Por último, el amor conyugal tiene que ser un amor fecundo, abierto a la vida. Por su naturaleza el amor conyugal está orientado a prolongarse en nuevas vidas; no se agota en los esposos. La orientación a la procreación pertenece a la naturaleza de la sexualidad. En consecuencia, la apertura a la fecundidad es una exigencia de la verdad del amor matrimonial y un criterio de su autenticidad.

 

Estas características del amor son inseparables: si faltara una de ellas tampoco se darían las demás. Son aspectos de la misma realidad que corresponden a la verdad de la naturaleza humana, que se pueden y deben expresar mediante normas morales propias de la ley natural. Iglesia las enseña como indicaciones en el camino de la educación en el amor.

 

b) “Como Cristo amó a su Iglesia” (Ef 5, 25)

 

El amor de los cónyuges es una participación en el misterio de la vida y del amor de Dios mismo, que está “escrita en sus corazones” (Rom 2, 15). Por ella los esposos se convierten en don de sí mismos del modo más completo, y en este don se afirman y reconocen como personas.

 

Además, el sacramento del matrimonio inserta el amor y el vínculo matrimonial de los esposos en la comunión de amor de Cristo y de la Iglesia, y hace que su amor mutuo esté dirigido a ser imagen y representación real del amor redentor del Señor. Jesús se sirve del amor de los esposos dar a conocer cómo es el amor con que ama a su Iglesia. La verdad sobre ese amor de Dios se encuentra en la carta a los Efesios: “Como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5, 25-26). Y en ese contexto “entregarse” es amar hasta el extremo (cf. Jn 13, l), hasta la donación de la cruz. Ese es el amor que los esposos deben vivir y reflejar.

La asunción y transformación del amor humano en el amor divino es tan permanente y exclusiva, mientras los esposos vivan, como lo es la unión de Cristo con la Iglesia. Cristo permanece con los esposos para que se entreguen mutuamente y se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo ha amado a su Iglesia y se entregó por ella. El amor de Cristo ha de ser la referencia constante del amor matrimonial porque es su “fuente”. Y esa es la razón de que sean capaces de superar con éxito las dificultades que se puedan presentar. Ese es también el motivo de que puedan y deban crecer más en su amor: siempre les es posible avanzar más en la identificación con el Señor.

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