Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del obispo de Plasencia, Amadeo Rodríguez Magro, al patrón de la diócesis, San Fulgencio

Querido San Fulgencio. Un año más me dispongo a evocar tu figura, trayéndola de tu tiempo al nuestro y acercándola a los cristianos de hoy, para que sigas siendo entre nosotros un foco de luz y de esperanza, como lo fuiste en tu querida Diócesis de Écija. No te oculto que, cada año, lo primero que hago al acercarme a tu figura y, sobre todo, a tu ministerio episcopal es preguntarme qué tengo que aprender de ti, para aplicarlo yo mismo en este tiempo y en estas circunstancias en las que, por gracia del Señor, ejerzo en esta Diócesis placentina la misión que a ti te fue encomendada en la España Visigoda. Me lo pregunto, consciente de que aquellos, como lo son éstos, fueron tiempos de profundos problemas, de una crisis tan radical como la de ahora, tiempos recios ambos.

Cada año veo en ti, así como en tus queridos hermanos, Leandro, Florentina e Isidoro, el compromiso de tu fe que, que, en tus circunstancias, te obligaba a defenderla con heroísmo, hasta con la vida. Los cuatro hermanos sois, y de un modo especial lo eres tú, querido Fulgencio, un regalo del Señor, que nos ha sido dado para que alumbres la vida cristiana de estas tierras y de esta maravillosa gente, a la que tengo el honor de presidir y animar en la fe. Tu compromiso es un acicate para el mío en defensa de una fe sólida, formada y comprometida; es decir, de una fe que se hace vida ordinaria y se convierte en fuerza y verdad de la existencia cotidiana. Acompáñame con tu protección a dónde quiera que vaya y a cualquiera que me acerque, para que siempre lleve, en el corazón y en los labios, el anuncio de Jesucristo,  único Salvador del mundo.

¡Cuántos nombres y cuántos rostros configuran la geografía evangelizadora de mi ministerio! Pero, como tú sabes, yo nada puedo hacer solo. Aunque procuro mantener un contacto directo con muchos y estar en muchos ambientes, sólo llego a todos con el servicio cercano y fiel de los sacerdotes de mi presbiterio diocesano. A través de ellos, por su tarea y misión, procuro animar una Iglesia misionera y samaritana: la que llevo en el corazón. Ellos y yo lo hacemos en equipo, es decir, en comunión, que es un reflejo del Misterio del que tú estás tan cerca. Sólo en comunión somos Iglesia del Señor; es de ese modo como unificamos su rostro para presentarlo ante el mundo: los seglares, los consagrados, los sacerdotes y el obispo. En comunión presenta la Iglesia en el mundo el misterio del amor encarnado y cercano de Jesucristo.

Como tienes una responsabilidad especial sobre Plasencia, te pido que intercedas por mí para que sea pastor de la unidad; sólo así podré ser animador de la fe y de la vida cristiana entre mis hermanos. En la Iglesia de la tierra, como sabes, andamos en la celebración de un Año de la fe; pues bien, apóyanos tú ante el Misterio de la gracia divina que ahora contemplas, e intercede para que la nuestra sea una fe profesada, celebrada, vivida y rezada, para que sea una fe en toda su integridad, sin descuento ni recortes. Apóyanos también para que la nuestra sea una fe como lo fue la tuya: valiente, inconmovible, bien fortalecida frente a cualquier viento de doctrina y que siempre mantenga una profunda fidelidad a la Palabra del Señor, convertida en doctrina y vida en la Tradición viva de la Iglesia.

Te ruego también, hermano Fulgencio, que me ayudes a ser siempre testigo de la caridad, desde la pobreza, la sencillez y la verdad. Que cada día me duela en lo más profundo de mi alma el sufrimiento de la gente, de los que más sufren en esta sociedad, tan amplia como el mundo, pero también tan cercana como son para mí cada una de las personas de esta Diócesis, a las que tanto nos dedicamos tú y yo, cada cual a su modo. Tú que conoces los entresijos del corazón de Dios en toda su luz, sabes muy bien que la fe sin el amor no es más que una pobre caricatura. Por eso, acompáñame en mi ministerio para que sepa mostrar, con palabras y obras, la credibilidad de una Iglesia que entiende y vive cada día una fe que le lleva a ver a Cristo en el hermano, y una caridad que siempre procede del corazón mismo de la fe, que es el encuentro con la persona de Jesucristo.

Me he animado a escribirte esta carta, en la que te digo lo que en otras ocasiones comparto en la intimidad de la oración, porque, tal y como funcionan las cosas aquí abajo, entiendo que éste es un buen medio para hacer públicas nuestras preocupaciones. Y, sobre todo, pongo por escrito esta oración, que te dirijo, porque así doy testimonio público de que apoyo mi fe en la de los santos, tal y como nos lo ha recomendado el Papa Benedicto. No obstante, cuando me pase por Berzocana, donde reposan tus restos en espera de la resurrección de la carne, te ratificaré todo lo que ahora te digo.

Soy consciente de que sólo he puesto bajo tu protección algunas cosas, las que en este momento considero más esenciales, pero tú, con la clarividencia con que veis los santos, dame también lo que pueda necesitar y quizás yo no he caído en la cuenta de pedírtelo. Pero ya sabes que no pido nada para mí, si no es porque lo que deseo repercute en mis hermanos. Aprovecho esta carta para agradecerte todas las veces que me has atendido en las oraciones en las que he pedido tu intercesión. Junto a tus hermanos, especialmente a Florentina, os reitero a todos mi súplica de que tengáis siempre muy presente, ante aquel “por quien vivimos, nos movemos y existimos”, a esta Diócesis de Plasencia, a la que los designio del Señor os ha vinculado.

Pedidle para todos nosotros la alegría de la fe, con la que vivir cada día un poquito de cielo, hasta que el Señor quiera que nos encontremos ante la luz de su rostro divino, y de la que hace ya tantos siglos que tú disfrutas.

 

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

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