Especiales Ecclesia Mártires del Siglo XX en España

Carta del obispo de Osma-Soria ante la beatificación de 522 mártires

martires-siglo-xx

 Carta del obispo de Osma-Soria ante la beatificación de 522 mártires

El próximo Domingo 13 de octubre se celebra en Tarragona la Beatificación de más de quinientos hermanos nuestros en la fe que dieron su vida por amor a Jesucristo; ellos, mártires del Señor, nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión.

Esta celebración nos muestra un contraste que todos percibimos: cuando contemplamos una sociedad que se ha empeñado en serlo sin Dios, en la que el laicismo y el materialismo imperan a sus anchas, en la que parece que nos hemos empeñado en que la fuerza del Evangelio pase desapercibida para el hombre actual, Dios nos regala la Beatificación de estos 522 mártires del S. XX que, en medio de un ambiente totalmente adverso, fueron capaces de entregar su vida por amor a Jesucristo. Recordemos las palabras de Benedicto XVI en Porta fidei: “es decisivo volver a recordar la historia de la fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado […] Los mártires son ejemplos señeros de santidad, es decir, de la unión con Cristo por la fe y el amor a la que estamos llamados todos” (n. 13)

El testimonio de miles de mártires y santos del S. XX está demostrando claramente que, como diría el beato Juan Pablo II,“al terminar el segundo milenio, la Iglesia ha vuelto a ser Iglesia de mártires”. El S. XX ha sido llamado, con razón, el siglo de los mártires. El testimonio de estos miles de hermanos nuestros ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y el ateísmo. El Concilio Vaticano II, hablando del secularismo y del ateísmo contemporáneos, dice que “la mejor respuesta a dicho secularismo y ateísmo contemporáneos, además de la propuesta adecuada del Evangelio, es el testimonio de una fe viva y madura. Numerosos mártires dieron y dan un testimonio preclaro de esta fe” (GS 21)

Los mártires (entre los que se encuentran cuatro religiosos nacidos en nuestra Iglesia particular) han dado con la entrega de su vida el supremo testimonio de fe y de amor delante de todos, especialmente de sus perseguidores, asemejándose a Cristo que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo; ellos son verdaderos y modélicos confesores de la fe que estimulan nuestra vida cristiana y nos mueven a vivirla con toda la autenticidad siendo nosotros, a la vez, testigos para otros de valoración, aprecio y vivencia de nuestra fe. Ellos, además de ser modélicos confesores de la fe, son intercesoresprincipales en el Cuerpo místico de Cristo y están íntimamente unidos a nosotros en Cristo.

Nuestros mártires fueron verdaderos creyentes que, ya antes de afrontar el martirio, eran personas de profunda fe y vida de oración, para quienes la Eucaristía tenía una centralidad en la vida y la devoción a la Virgen tenía una importancia capital. Por eso hicieron mientras estaban presos cuanto su imaginación les permitía para participar en la Eucaristía, comulgar y rezar el Rosario, aun cuando el hacerlo supusiera un gravísimo peligro para ellos; admirablemente, a pesar de la fragilidad humana, mostraron una gran firmeza en la fe, aquella firmeza de la que San Pablo habla respecto a la fe de los cristianos de Colosas.

Nuestros mártires no se dejaron engañar con falsas teorías o vanas seducciones de tradición humana; antes bien, fueron cristianos de fe madura, sólida y firme que les llevó a entregar su vida por defenderla y confesarla. Como Pedro, mártir de Cristo, y Esteban, el protomártir, nuestros mártires fueron valientes. Tuvieron muy claro que debían obedecer los imperativos de la fe antes que las llamadas del mundo y de sus verdugos. Como los apóstoles, ellos también pusieron en práctica aquella respuesta de los íntimos de Jesús cuando les prohibieron seguir predicando: “hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Nuestros mártires no se dejaron intimidar por coacción ninguna, ni moral ni física; fueron fuertes cuando eran vejados, maltratados y torturados, conociendo y viviendo desde su fe la realidad de que no estaban solos sino que el Señor estaba con ellos y que el Espíritu hablaba por ellos, especialmente en los momentos de mayor dificultad para confesar a Jesús ante sus perseguidores aunque les sometieran a toda clase de tormentos.

Ellos murieron perdonando a sus enemigos y perseguidores como hizo Jesús en el mismo momento de morir en la Cruz:“perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Los mártires son para nosotros modelos de una fe que proclamaron con sus labios y ratificaron con su propia sangre. Ellos vivieron de la fe y no avergonzándose de la cruz murieron a causa de esa misma fe. Por la fe que nosotros proclamamos, ellos murieron convirtiéndose en un ejemplo de fidelidad y fortaleza. La verdad del Evangelio les había transformado de tal forma que fueron capaces de morir perdonando a sus perseguidores.

Nuestros mártires son, hermanos y hermanas, acicate y estímulo para renovar nuestra fe, una fe que llene de vitalidad cristiana nuestras vidas y nuestras comunidades. Pongámonos bajo su intercesión, conozcamos sus historias martiriales e imitémosles en nuestra vida viviendo nuestra fe con la misma fortaleza, la misma valentía y la misma fidelidad que vemos en ellos.

Mons. Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Osma-Soria

GD Star Rating
loading...
GD Star Rating
loading...
Print Friendly, PDF & Email