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Cartas de los obispos

Carta del obispo de Menorca: «Transmisores de la belleza De Dios»

Queridos hermanos:

El Dios en quien creemos los cristianos no sólo es bueno y verdadero, sino que también es fuente de una belleza inmensa, que es capaz de colmar nuestras vidas y de llenarlas de un gozo inefable y profundo. Sí, Dios es la belleza sin límites; no la belleza superficial, que aturde la mirada, sino la auténtica, que abre el corazón a la nostalgia, al deseo profundo de salir de sí mismo. Dios es la fuente de cualquier belleza.En un testimonio conmovedor, San Agustín expresabaesta atracción de Dios y se lamentaba diciendo: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”. Y añadía: “ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti” (Confesiones10, 27).

Esa inmensa e inabarcable belleza de Dios nos es accesible de muchas maneras. Queda reflejada en la belleza de la creación, tanto del maravilloso mundo de la naturaleza como de esa criatura extraordinaria que es el ser humano. Se manifiesta también en la belleza del Hijo de Dios y del Evangelio que Jesús predicó, que por ello resulta sumamente atractivo para el ser humano. La belleza de Dios aparece de un modo singular en la vida de la Virgen María y de los santos, que es trasparencia del amor de Dios y reflejo nítido de su rostro. Contemplamos también esta belleza en la vida de la gracia, cuando nuestra alma se va transformando y conformando a la imagen de Dios. También queda reflejada, de alguna manera, en la belleza de la liturgia, con la que celebramos el amor de Dios y en el inmenso patrimonio artístico que guarda y conserva la Iglesia.

Para acercarse a Dios no basta seguir el camino del conocimiento y del amor. Es preciso recorrer también el camino de la belleza, la “via pulchritudinis”. En el reciente Directorio para la catequesis se dice que “la catequesis no es, sobre todo, la presentación de una moral, sino el anuncio de la belleza de Dios, que puede ser experimentada, que toca el corazón y la mente, transformando la vida” (n. 175). La belleza es sendero que lleva al encuentro con Dios. Contemplar la belleza provoca en nosotros sentimientos de alegría, ternura, plenitud y sentido, que nos ayudan a descubrir quién y cómo es Dios.

Os invito por eso, en primer lugar, a dejaros seducir por Dios y por la belleza inmensa de su rostro. Para descubrir esa belleza es necesario mirarla desinteresadamente, en silencio, para captar la armonía, la perfección y plenitud que ella refleja. Una vez que estamos henchidos de la belleza de Dios, podemos acercar a otros a este camino, con la ayuda de todos esos lugares en los que, de algún modo, se refleja la belleza de Dios: el arte, la liturgia, los símbolos y parábolas, y otras muchas diversas formas de belleza que se encuentran en el mundo (cf. EG 167). Con el Papa Francisco podemos orar diciendo: “Danos, Señor, la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga” (EG 288).

 

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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