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Cartas de los obispos

Carta del obispo de Menorca «La audacia en el anuncio del Evangelio»

Queridos diocesanos: 

Para salir a las plazas y caminos y realizar el anuncio del Evangelio necesitamos ser audaces. Con frecuencia los miedos y complejos nos atenazan e impiden que anunciemos con libertad la Palabra que nos salva. Por eso creo que debemos recuperar la audacia con que actuaron los primeros cristianos. El libro de Hechos cuenta que los apóstoles hablaban con “parresía” (Hech. 4, 31), es decir, con audacia, con claridad y franqueza, llenos de fervor y entusiasmo. San Pablo también se refiere a esta “parresía” o valentía con que anunció el Evangelio (1 Tes 2, 2) y pide a las comunidades que oren para que la siga teniendo (Ef 6, 19-20). 

Hoy son muchos los cristianos que andan acomplejados con su fe y no se atreven a manifestarla públicamente. Hemos perdido esa valentía de las primeras comunidades. El ambiente de increencia que se respira pesa mucho. Los escándalos de la Iglesia, publicitados morbosamente por muchos medios de comunicación, son una mordaza para muchos cristianos, que apenas se atreven a hablar. Pero no podemos dejarnos acomplejar. No podemos perder la libertad de anunciar en cualquier lugar la palabra de esperanza que es el Evangelio.

En la situación actual, muchos cristianos tienen la tentación de esconderse. Es significativa y sintomática la ausencia de cristianos en la vida pública. Si miramos los partidos políticos, el mundo de la economía, de la ciencia, de los medios de comunicación o de la cultura, los vemos dominados por un ambiente secularista. Muy pocos cristianos ofrecen en esos mundos el testimonio de su fe. Ya señaló Juan Pablo II, que muchos cristianos laicos tienen “la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político” (Christifideles Laici, 2).

Hay que salir a la luz pública. Hay que abandonar los temores. Necesitamos que el Espíritu Santo nos de esa “parresía”, esa osadía para proclamar nuestra fe. “Encargados de este servicio por la misericordia de Dios, no nos acobardamos”, leemos en San Pablo, “hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante”, “porque no nos predicamos a nosotros” sino a Jesucristo (2 Cor 4, 1. 5). Los católicos tenemos el derecho y el deber de participar en la formación de la opinión pública y en la formación de las leyes, sin que nuestras creencias deban suponer un menoscabo en la legitimidad de su participación.

Hoy más que nunca los cristianos necesitamos tener coraje y audacia evangelizadora para no quedarnos paralizados. El Papa Francisco nos pide no acostumbrarnos a caminar solo dentro de confines seguros, porque “lo que está cerrado termina oliendo a humedad y enfermándonos” (GE, 133). Al fin y al cabo, “la santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo” (GE, 129).

 

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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