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Cartas de los obispos

Carta del obispo de Menorca: «La alegría misionera»

Queridos hermanos:

El Evangelio sólo se puede proclamar de modo convincente cuando estamos llenos de la alegría que nace del encuentro con Cristo, de la certeza de ser amados por Él, de ser sus amigos. Todo ello genera en nosotros un gozo grande, un “gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14,17), que acontece sobre todo en nuestro interior. La alegría del Evangelio no tiene nada que ver con las efímeras ofertas de placer que ofrece la sociedad tecnológica, ni con la posesión de bienes materiales o el reconocimiento y aplausos que nos puedan otorgar los demás. Es una alegría que brota espontáneamente de la experiencia del amor incondicional de Dios, que se nos ha manifestado en Jesucristo.

Esta alegría es misionera, como no se cansa de repetir el Papa Francisco. Quien acoge el amor de Dios, «¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?» (EG, 8). La alegría nos pone en camino para sembrar siempre de nuevo, para ir siempre más allá. Necesitamos comunicar a los otros lo que hemos descubierto, aquello que nos ayuda a vivir y nos da esperanza (cf. EG 121). Sabemos muy bien que con Cristo la vida es mucho más plena y que «con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos» (EG 266). En otro lugar escribió el Papa: «Quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros»(LF 39). La alegría del Evangelio se contagia y transmite a quienes están a nuestro alrededor. Quien está lleno de esta alegría se convierte en un manantial que desborda y refresca a los que tiene a su lado.

Además, esta alegría es fecunda, porque nos conduce a abandonar esquemas anquilosados y recuperar la frescura del Evangelio. Nos hace proyectar nuevas formas de acercarnos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sin miedo a abandonar aquellas antiguas costumbres y lenguajes que no resultan evangelizadores. Y nos llena de entusiasmo para poder llevar a cabo la transformación misionera de nuestra Iglesia, poniéndolo todo al servicio del anuncio de la alegría del Evangelio (cf. EG 27).

Cuando el desánimo y la tristeza invaden nuestro corazón, nos volvemos estériles. El creyente mira con optimismo la realidad porque confía en la iniciativa de Dios. Por eso, vive las dificultades como oportunidades para crecer y descubre luz aún en medio de la oscuridad. El pesimismo es estéril, dice el Papa. «Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo» (EG 85). No se evangeliza con cara de pepinillos en vinagre.

El entusiasmo evangelizador se apoya también en la convicción de que el Evangelio que predicamos responde a las necesidades más profundas de las personas. Tenemos un tesoro que puede llenar de vida a los demás, un mensaje que no desilusiona, una respuesta que alcanza lo más hondo del corazón del hombre y lo eleva (cf. EG 265).

A Cristo sólo se le puede anunciar desde la alegría. «¡No nos dejemos robar nunca la alegría misionera!» (EG 83).

 

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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