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Cartas de los obispos

Carta del obispo de Menorca: «Desde el corazón del evangelio»

Queridos hermanos:

Debemos reconocer con humildad que, muchas veces, cuando queremos proclamar el Evangelio, nos perdemos en las ramas y no sabemos transmitir qué es lo esencial, aquella verdad que fundamenta y da sentido a todo. Me temo que si hoy preguntáramos a un cristiano qué es lo fundamental de la fe, contestaría con una amalgama de dogmas y de normas morales inconexas. Por eso resulta muy importante identificar cuáles son las verdades más importantes, aquellas que expresan más directamente “el corazón del Evangelio” (EG 36).

Las verdades de fe, aún siendo todas reveladas, tienen un centro unificador sin el cual no se pueden explicar. Por eso el Concilio explicó que existe una “jerarquía de verdades” según su diversa conexión con el fundamento de la fe cristiana (UR 11). Este centro es, sin duda, el misterio de Dios que conocemos gracias a Jesús de Nazaret. El Papa Francisco en “Evangelii Gaudium” dice que “el corazón del Evangelio” es “la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo, muerto y resucitado” (EG 36). Por eso, lo que los cristianos debemos hacer es proclamar la belleza del amor de Dios y, de esta manera, ayudar a percibir su armonía y atractivo. Se trata de un amor concreto, fiable, eficaz, que nos salva y que se ha manifestado simplemente en el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Me parece que es muy importante que nuestra predicación y catequesis se centre en lo esencial, poniendo de manifiesto cómo todas las otras verdades de la fe se relacionan con el misterio del amor de Dios revelado en Cristo.

También en la enseñanza sobre temas morales es importante comprender cuál es el núcleo de la enseñanza moral cristiana, porque, si no, se corre el peligro de que aspectos secundarios ocupen el primer plano (cf. EG 34). La vida moral del cristiano tiene sentido como respuesta del hijo ante el Padre, de seguimiento de Cristo y de recepción del Espíritu Santo. Su núcleo es la ley nueva del amor y no puede ser entendida si no se subraya que lo primero es la gracia. La salvación no es fruto de ningún esfuerzo humano, sino siempre obra de Dios que, por pura gracia, nos atrae hacia sí. La vida moral es siempre respuesta al amor previo y gratuito de Dios. “Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro mayor peligro” (EG 39).

En resumen, al hablar de la fe y de la vida cristiana, es necesario concentrarse en lo esencial para que, de esta manera, pueda mostrarse toda la belleza y el atractivo que tiene el Evangelio. Ahora bien, no conviene olvidar que la proclamación de las verdades fundamentales del Evangelio se hace con palabras, pero sobre todo con la vida. Transmitir la fe no es enseñar una doctrina ni educar en unos ritos, sino hacer partícipe de un modo de ver que cambia la vida: la fe se transmite como palabra y como luz (cf. LF 37). Una vida moral vivida según el Evangelio testifica que el amor es su núcleo central. Una vida de fe manifiesta la belleza del amor de Dios manifestado en Cristo.

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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