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Cartas de los obispos

Carta del obispo de Menorca: «Con la fuerza del Espíritu»

Queridos hermanos:

Toda nuestra proclamación de Jesucristo será en vano si no la realizamos con la fuerza del Espíritu. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús de Nazaret en el Jordán y le consagró para la misión de “anunciar a los pobres la Buena nueva” (Lc 4, 18). Este mismo Espíritu desciende en Pentecostés sobre la primera Iglesia, dando comienzo a su tarea de proclamar con valentía la buena noticia para el mundo (cf. Hech 4, 31). También hoy se requiere “la fuerza del Espíritu” (Hech 1, 8) para ser testigo de Jesús. No podremos conducir a los hombres hasta Dios sin la acción del Espíritu Santo.

Una cosa es anunciar a Jesucristo desde el exterior y otra proclamar su nombre “en el Espíritu Santo”. En el primer caso, se transmite una doctrina, mientras que en el segundo se introduce en una vida. El contenido del mensaje es importante, pero la fuerza que lo anima resulta esencial. Para provocar la conversión no basta transmitir la palabra que habla de Dios; es necesario que Dios hable a la persona a través de esa palabra y eso sólo puede ser obra del Espíritu Santo.

Debe quedar claro que la misión del Espíritu Santo no es añadir palabras a lo que Dios ha dicho. “No hablará por su propia cuenta”, dijo el Señor (Jn 16, 13). El Espíritu no añade nada, porque todo lo que el Padre tenía que decir, lo ha dicho ya en Jesucristo. Lo que el Espíritu hace es tomar la palabra de Cristo, darle fuerza, y preparar el corazón del hombre para que la acoja. La palabra de Dios es viva y eficaz, como dice la carta a los Hebreos (4, 12), porque en ella actúa el Espíritu de Dios, que es el poder de lo Alto. No basta con renovar los contenidos, las formas y el estilo de la evangelización. No basta tampoco con implicar a los laicos. Lo decisivo es si el anuncio se realiza “con el poder del Espíritu Santo” o sin él. Escribe Pablo a los Corintios: “mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor 2, 4-5).

Por eso, cuando nos disponemos a anunciar la Palabra de Dios, es indispensable asegurarse de que el Espíritu está en nosotros y, sobre todo, de que nosotros estamos con el Espíritu. ¿Cómo lo haremos? En primer lugar es necesaria la oración e invocación constante del Espíritu en nuestra vida. Jesús dice que el Padre del cielo da el Espíritu Santo “a los que le pidan” (Lc 11, 13). Otro medio importante es la obediencia, es decir, la sumisión a la voluntad de Dios. El Espíritu Santo no puede obrar en quien está todavía aferrado a su voluntad; es preciso ponerse en las manos de Dios, en actitud de escucha, es decir, de obediencia. Un tercer medio es el amor hacia aquellos a los que se está enviado a anunciar el Evangelio. La experiencia cristiana es que Dios habla por amor. El que anuncia la Palabra debe amar a las personas como Dios las ama. El amor es el “soplo cálido”, el fuego espiritual que difunde la palabra y sabemos que el amor de Dios “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5, 5).

En definitiva, sólo con la fuerza del Espíritu Santo, podremos lograr que la Palabra de Dios se escuche por encima de todo el vocerío humano y sea capaz de “traspasar el corazón” de los hombres (cf. Hech 2, 37), como hizo el día de Pentecostés.

 

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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