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Cartas de los obispos

Carta del obispo de Menorca: «Anunciar que Cristo está vivo»

Queridos hermanos:

El núcleo fundamental del anuncio que cada cristiano tiene que realizar es que Cristo está vivo y que por ello es posible para nosotros establecer hoy una relación de amistad con Él. Para muchas personas, Jesús es un personaje interesante -puede que incluso sea un referente en su vida- pero es alguien que pertenece al pasado. Para ellos, Jesús sería uno de los grandes hombres de la historia, pero su aventura acabó en el Calvario. El gran descubrimiento al que nos abre la fe es que el Crucificado está vivo. Esto es lo que experimentaron María Magdalena y los discípulos en el día de Pascua y es lo que también nosotros podemos experimentar hoy.

Que Cristo está vivo es una de las grandes verdades que los hombres debemos escuchar una y otra vez y que nunca nos debemos cansar de proclamar. Ha escrito el papa Francisco: “hay que volver a recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive” (Christus vivit 124).

Si Cristo está vivo, entonces podemos escuchar su voz y sentir su amor. Ser discípulo suyo es, ante todo, dejarnos amar y tratarle como nuestro maestro y amigo. Lo primero en la fe cristiana es el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a nuestra vida (cf. Deus caritas est, 1). Si Cristo está vivo, entonces también podemos cantarle, orar y festejarle –como hacemos en la liturgia- no como quien mantiene el recuerdo de alguien del pasado, sino como quien celebra a Aquel que llena todo con su presencia invisible. Si Cristo está vivo, se abre un nuevo horizonte para el ser humano: la posibilidad de seguir su camino y vivir una vida nueva. “Jesús es el eterno viviente. Aferrados a Él viviremos y atravesaremos todas las formas de muerte y de violencia que acechan en el camino” (Christus vivit, 127).

Desde el comienzo los cristianos se dieron cuenta de la novedad que suponía afirmar que aquel que fue clavado en la cruz, ahora vivía para siempre. Pedro, el día de Pentecostés, proclamó sin miedo el núcleo de nuestra fe cuando dijo: “Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2, 36). Cada cristiano tiene hoy la misión de seguir anunciando esta buena noticia: que Cristo sigue vivo y que llena cada momento de nuestra vida de luz y de esperanza; que Él está con nosotros cada día, hasta que llegue el final de este mundo (cf. Mt 28, 20). No podemos callar. Hemos de gritar bien fuerte que Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre y por los siglos (cf. Heb 13, 8).

+ Francisco Conesa Ferrer
Obispo de Menorca



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